José Sasía, EL PEPE
Van para tres años que le sacaron la roja; se fue como vivió, a lo guapo. La noche previa de cuando lo «olivaron» me manifestó: «Mañana no vengas porque me dieron el alta». Fue la última vez que lo vi con vida, pero lo recuerdo permanentemente: su espíritu está asociado a cualquier manifestación deportiva que ocurra en el país.
Fue el hermano mayor de todos nosotros. Jamás brindó consejos inútiles, amparado en su rica y propia experiencia. Se manejaba con códigos de vida donde no cabían los renuncios fuleros ni solapados, indiferente total con alcahuetes y trepadores que pululan y entornan nuestra profesión; apenas una sonrisa cómplice para los que realizaran una acción solidaria con los ex futbolistas que permanecen alejados del relumbrón de las marquesinas actuales, marginados por un olvido doloroso.
El Omar Migues, el gato Silva, Julio Pérez, Roberto Correa y un sinfín más de mutualistas futboleros a quienes presidió con singular éxito, no ya como un líder, sino como un maestro virtuoso, un docente único, que mostró el camino, con una transparencia y claridad absoluta.
En la soledad de la redacción, me parece sentirlo, dejate de escribir giladas, estoy seguro que me diría, desmitifica la amistad con una liturgia religiosa, que sólo él entendía, la ejercía más allá de cualquier raciocinio dogmático, cuando alargaba el día con sus noches de bohemia, descubrió y también lo descubrieren, como amigos entrañables, el Polaco Goyeneche, el Negro Rivero, Zitarrosa, compartió infinidad de momentos con el Canario Luna, donde quedaron enganchados para siempre, con un sentimiento de hermandad que sólo ellos sintieron.
El Ipiranga fue su cuadro, Clarín su perro, con su mismo carácter, hosco, rechiflado, su murga Los Chiripitifláuticos, integró aquel equipo violeta de hombres con personalidades tan definidas: el Lobo Miramontes, el Loco Ferreira, el Oreja, su compinche de siempre, el Cholo Demarco, todos identificados con la misma grifa.
Más allá de resultados, de la técnica que desplegaban, de los torneos que disputaban, tracendieron, como referentes insustituibles, entre los futbolistas contemporáneos y admirados por posteriores generaciones.
Están de fiestas muchos de los ratones que mientras vivió el Pepe los tuvo confinados en sus cuevas, donde, con sólo otearlos, impedía que desarrollaran esa desaforada apetencia personal ecónomica y de poder, donde resultan los únicos beneficiarios, enterrando definitivamente a este fútbol que tanto queremos, pero que lo manejan los tradicionales rivales de los futbolistas, que se están haciendo un festín luego de la desaparición física del más grande defensor de los principios de los jugadores de fútbol. Pero el Pepe dejó la semilla plantada, que seguramente florecerá en cualquiera de estos pibes que hoy corren atrás de una guinda, para restablecer el orden, que impusieron los Pinos, los Enrique Castro, en la huelga del 48, alterado hoy en día por estos piratas modernos que nos abruman con sus soberbias determinaciones.
Un día me dijo: Me gustaría que me recordaran por cosas que siempre creí fundamentales, no porque le tiré tierra en los ojos al bobo de Pepe Santoro. Se te cumplió el sueño, la casa del jugador está en marcha, tú mujer Sheila, enarboló la bandera, SALVE PEPE, arriba los que tiran centros, ¿te acordás?
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