Apuntes al Carbón

Hablemos de maestros

RUBEN OLIVERA

 

Como quien no quiere la cosa se nos viene el Mundial.

Está ahí, a la vuelta de la esquina.

Hablando del Mundial, surgen en la memoria, cuando el impacto mediático de la televisión todavía no existía en la medida actual, emisiones de programas radiales que acaparaban la audiencia.

Por originalidad y presencia de quienes los integraban.

Con Solé a la cabeza, fuera de concurso en los relatos, al igual que el famoso carro alegórico del café El Chaná.

Y con ejemplos como el de la desaparecida CX24 La Voz del Aire, perteneciente a la también fenecida Sadrep Ltda., junto a Radio Carve, donde estaba en el éter Tierra de Campeones, liderado por el inefable Dalton Rosas Riolfo.

Tierra de Campeones. ¡Vaya que una pléyade de ellos registraba la tal audición! Cracks y campeones que fueron base y ejemplo del glorioso fútbol oriental.

Léase el Mariscal José Nasazzi, el Vasco Cea, Cacho Vázquez, Guido Baztarrica, argentino de nacimiento y celeste de corazón.

Junto a ellos, periodistas de la talla de Adolfo Oldoine (Old), José Bachs, César L. Gallardo, Duilio De Feo, el Relator de la Victoria, por nombrar a algunos de aquellos monstruos que nos cautivaban, al margen de su aureola de leyendas vivas de las conquistas Olímpicas, Mundiales y de América, por la natural y sencilla humildad de sus esclarecedoras narraciones, opiniones y reflexiones ciudadanas, que iban mucho más allá de la pelota, un off side mal cobrado o un tiro en el palo.

Se constituían en verdaderas pinturas de la aldea a la que pertenecían o de los personajes, tradiciones y cultura, de los lugares visitados en todo el planeta, como protagonistas, relatores o comentaristas de innumerables eventos.

Que de ello se trata, porque en realidad no existe el periodista deportivo.

Periodista y punto

Polémica al margen, se es periodista y punto.

Para investigar, producir la noticia y el concepto posterior que la misma supone en todos los ámbitos, a despecho de que, en el medio de turno, se establezca una vertiente determinada en el trabajo diario. Y así es de recibo, que quien cubre la información de una gira del Presidente de la República no pase por alto la conmoción que una puntual competencia deportiva puede generar si lo sorprende en su camino. O viceversa.

Algo así como que Pelé pasara frente a las narices de un llamado cronista parlamentario y éste no produjera el registro periodístico del caso, justamente por eso, porque el personaje no pertenece a sus tareas afines del momento.

Hablando de Pelé, nos concurre un sentimiento muy especial, con referencia a los Mundiales y a la decisiva participación de «O Rei» en varios de ellos, sumado a una anécdota compartida con un compatriota ilustre ya desaparecido.

Marcelino Pérez, maestro en el periodismo, luego de ser un glorioso crack de nuestro fútbol, con una enorme trayectoria y acreditando títulos con la celeste, como el de 1935 en Santa Beatriz, como mejor de América, Campeón Uruguayo con Nacional y de Brasil con Vasco da Gama, junto a una destacada carrera como director técnico. Un palmarés imponente, aderezado por su don de gente, una presencia inalterablemente impecable y su estilo tan galano y castizo de comunicación.

Mundial de 1978, Mar del Plata, una de las sedes del Torneo, escenario de una cita concertada conjuntamente, para establecer la nota con el fenomenal futbolista natural de Baurú.

De la hora estipulada, 10 de la mañana, habían pasado 7 minutos, cuando apareció su inconfundible figura, seria y preocupada.

¿Motivo? Su falta de respeto hacia nosotros, por la involuntaria demora, agravado todo ello porque éramos uruguayos y, según él, su padre lo había convencido de la grandeza de esta tierra, porque sólo varones nacidos en ella podían producir la tristeza mayor sufrida por el pueblo deportivo brasileño, cuando Uruguay le arrebató la Copa Jules Rimet en 1950.

Pavada de ejemplo de ubicación y humildad, para estos tiempos donde reina la soberbia.

Claro, hablamos de Pelé.*

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