Memorias de un crack
Una historia simple y llana preñada de grandeza. Imagine el humilde barrio del Cerro, en Rivera, muy cerca de la frontera que separa a la capital norteña de Santa Ana do Livramento.
Con la fanática influencia que, por su propio peso estratégico e idiomático, ejerce esa zona de un país tan gigantesco y poderoso como puede ser la República Federativa del Brasil.
En ese entorno fue creciendo nuestro personaje, cuando despuntaba la década del 50, con todas las sensaciones generadas por la más grande hazaña futbolística producida en un Mundial, como fue la de Maracaná, vivida a través del relato de Solé y con toda la locura de un festejo interrumpido porque la frontera fue cerrada. Sabia y prudente medida, que seguramente evitó más de un incidente, ante la euforia que ganó a los nacidos de este lado de la línea divisoria.
Interrumpidos los festejos es un decir, porque «íbamos a la escuela, entrábamos y salíamos, nadie pasaba lista y seguíamos el jolgorio. ¡Todos eh! directores, maestras, alumnos, padres, vecinos. Valía todo y eso duró, por lo menos, una semana».
Y según él, allí comenzó su romance con la celeste, camiseta que lució orgulloso y ganador por todo el continente, a despecho que el inicio fuera en su Rivera natal, a través de una familia de deportistas por antonomasia, que hacía verdadero el axioma de que mente sana es cuerpo sano.
Y es que los Etchechury siempre se destacaron por condición propia en el deporte.
Durmiendo con la celeste
Alber se dio el lujo de ser bicampeón con la Selección Departamental de Fútbol, siendo su técnico en los antiguos certámenes del Norte y, posteriormente, como monarca del Interior.
Wilmar fue uno de los futbolistas más habilidosos que se integró el profesionalismo, fundamentalmente en la década del 60, cuando pasó por Danubio y tuvo brillantez en el Peñarol dueño de títulos como el de Campeón Uruguayo, de América y del Mundo.
Y Albertino, nuestro personaje, fue uno de los monstruos del atletismo oriental, rubro en el que han resaltado figuras que pusieron bien en alto nuestros pergaminos, a través de una historia que nos habla de los Isabelino Gradín, Andrés Mazzali, López Testa, Walter Pérez, Viterbo Rivero, Fermín Donazar o Darwin Piñeyrúa.
«Desde aquella inolvidable jornada del 16 de julio del 50, mi sueño era lucir esa gloriosa camiseta, pero nunca pensé que en vez de la pelota sería a campo traviesa y usando zapatillas con clavos».
La primera vez que tuvo la celeste en sus manos, fue previamente a los Juegos Rioplatenses de 1958, donde fue campeón en 1.500 metros llanos y 3.000 con obstáculos. «La noche anterior la planché y la puse debajo de la almohada, aunque igualmente dormí poco».
Ganador durante 10 años consecutivos de la tradicional Travesía de las Américas, en otras tantas oportunidades fue Campeón Nacional, al margen de actividades a nivel clubista donde obtuvo el galardón de mejor en innumerables eventos. Campeón Sudamericano en Río de Janeiro en las mismas categorías.
En los Juegos Panamericanos de San Pablo, 1963, fue medalla de bronce en 3.000 metros vallas.
Prioridad por los niños
A pesar de ser distinguido en toda Latinoamérica como uno de los mayores exponentes de la disciplina, no siempre las tuvo todas consigo, si de los estamentos dirigentes hablamos, por su inveterada costumbre de ir al frente, para reclamar por las necesidades y obligaciones a cumplir, en el trato con sus compañeros de selección o en delegaciones que viajando al exterior, no eran contempladas en el mínimo de consideración, en función de la representación que ostentaban.
Por ello se le pasaron varias facturas, como aquella del 25 de agosto de 1964, día de la inauguraicón del estadio Luis Tróccoli, donde en el entretiempo de aquel histórico cotejo donde Cerro goleara a River Argentino por 5 a 2, debía efectuarse la prueba que, supuestamente y de oficio, designaba a Ulises Usuca para concurrir a los Juegos Olímpicos en Tokio. Pero lo que intentaba ser sólo un trámite se convirtió en dolor de cabeza, ante la amplia imposición del riverense, quien pateó el tablero con su victoria pero se quedó sin viajar a Japón. Resulta que en arbitraria decisión, se adujo falta de rubros por parte de los dirigentes de turno. Hecha la ley hecha la trampa. Hoy la vida de Albertino Etchechury transcurre en función de una prioridad: los niños.
Desparramado su afecto, eso es obvio, en primer lugar con su familia, luego está su tarea profesional en el Pereira Rossell, donde cumple funciones como Enfermero Intensivista, en la Emergencia Pediátrica de la Unidad de Reanimación y Estabilización, donde se percibe claramente el afecto que prodiga en una tarea tan especial.
Por último, suma responsabilidades para con la gente menuda, como presidente del Fútbol Infantil del Club Nacional de Fútbol.
Memorias de un crack.
Albertino Etchechury.
Pueden pasar inadvertidas para la mayoría, pero tenemos la obligación de traerlas a la luz, para ser justos con quienes tanto han hecho para prestigiarnos y hacernos disfrutar, con victorias casi milagrosas de una camiseta celeste, acunada en un país muy pequeño pero de corazón enorme.
Como el de este riverense de ley. *
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