El día en que Superman se vistió de Nacional
Fue una noche larguísima, como esas a las que tendremos que acostumbrarnos dentro de unos meses cuando se juegue el Campeonato del Mundo en Corea y Japón. Hasta tierras niponas, precisamente, el Club Nacional de Fútbol había llegado en su condición de Campeón de América, para enfrentar a su similar de Europa, el PSV Eindhoven.
Para la crítica especializada, y para el mundo futbolístico en general, el equipo compatriota llegaba solamente para cumplir con el compromiso, ya que de ninguna manera podría siquiera plantearle lucha a su rival, que bajo la tutela de la firma Philips, se había convertido en una potencia que nucleaba a una verdadera selección internacional. El campeón del país de los tulipanes reunía en sus filas a los mejores jugadores de la selección holandesa, a varios destacados del representativo belga, y a dos refuerzos sumamente cotizados: el volante danés Soren Lerby y el supergoleador brasileño Romario.
El equipo tricolor que saltó al campo del Estadio Nacional de Tokio aquella madrugada, formó con Jorge Seré en el arco; una línea final compuesta por Tony Gómez (tomó en la final el lugar del lesionado Carlos Soca), Felipe Revelez, Hugo De León y José Luis Pintos Saldaña; «El Vasco» Santiago Ostolaza, Jorge Daniel Cardaccio y el melense Yubert Lemos en la mitad de la cancha; y los delanteros Ernesto «Pinocho» Vargas, Juan Carlos De Lima y William Castro. A su frente, en la multiestelar oncena rojiblanca aparecieron Van Breukelen en la valla; el «Diablo Rojo» Eric Gerets, Koot, Ronald Koeman y Hientze (luego ingresó Valckx) en defensa; Vanenburg (después Gilhaus) Soren Lerby, Van Aerle y Ellerman como centrocampistas; Wim Kieft y Romario en línea ofensiva.
Contra los pronósticos
Una vez más, la legendaria historia de David y Goliat parecía volver a escena, cuando apenas a ocho minutos de iniciado el encuentro, el doloreño Santiago Ostolaza ganaba de cabeza en el área adversaria y ponía el sorpresivo uno a cero, en contra de todos los pronósticos.
Con ese gol tempranero, y con una estupenda actuación bajo los tres caños del arquero Jorge Fernando Seré, bautizado «Superman» por los aficionados albos debido a sus vuelos en busca del balón, el equipo uruguayo sostuvo la diferencia en el tanteador durante buena parte del encuentro, soportando los embates del «herido» superequipo holandés.
Para colmo de males, hasta el árbitro del partido, el colombiano Jesús Díaz Palacios, empujaba al elenco charrúa bajo su arco, protagonizando una nefasta actuación para los intereses tricolores, dejando pasar por alto un clarísimo penal en favor de los orientales. Ya cerca del final, a los 75´, el conjunto de la multinacional logró el empate mediante tiro penal, convertido por el «baijinho», que tuvo un entredicho con el arquero tricolor luego de que la pelota diera en la red.
Durante los noventa minutos, la superioridad del equipo multinacional no había resultado tal, y la agonía se estiraba treinta minutos más: Nacional no aguantaría el alargue, pues la superioridad física de los europeos era muy notoria.
En el segundo chico, faltando diez minutos para el final, Koeman puso arriba al equipo europeo, en medio del delirio de la multitud que poblaba las tribunas del Estadio Olímpico. Pero los uruguayos no estaban vencidos, contra viento y marea lucharon hasta el último aliento, hasta que en la última jugada del partido, el juez colombiano da corner para Nacional cuando debía cobrar saque de meta (Carlos Muñoz, en su relato para Radio Carve, decía que Díaz Palacios «tiene cola de paja»).
El arachán Yubert Lemos levantó pasado al segundo palo, y otra vez el «Vasco» Ostolaza les ganó a todos por arriba, empatando el encuentro y provocando la locura de la hinchada tricolor en la madrugada montevideana.
No terminaba más
El destino de la Copa Intercontinental se decidiría desde el punto del penal; el «cuco» tulipán no había podido con los uruguayos, que depositaban en las manos de su arquero toda su confianza, mientras que los europeos se sentían seguros de la capacidad de Van Breukelen, que miraba altivo, desafiante, provocador, a cada uno de los futbolistas que tenía a su frente.
Otra vez el líbero Koeman fue infalible en su remate, lo mismo que el melense Yubert Lemos; en el segundo remate europeo, comienza a surgir la figura del arquero tricolor que se queda con el remate de Kieft, pero Carreño desperdicia su oportunidad y todo quedaba como al comienzo. Gilhaus manda el balón al fondo de la red, e inmediatamente «El Indio» Morán le pega muy desviado, dejando a Nacional en desventaja; Romario vence otra vez a Seré, y «El Pato» Castro también convierte, descontando para los charrúas.
Tocaba el último tiro de la serie para los del viejo continente, en los pies de Lerby, uno de los que «bailó» a Uruguay en el Mundial de 1986: si convertía la Copa y el título se iban para Eindhoven, pero allí comenzó el show de «Superman» que voló para detener el esférico y devolverle el alma a todos los nacionalófilos. Tres a dos estaban abajo los tricolores, que debían convertir su último remate para empardar la serie y pasar a definir «mano a mano». La responsabilidad era enorme, pero el encargado de ese remate era el capitán Hugo De León, quien con la cara interna de su pie derecho mandó el esférico a chocar contra el fondo del arco.
Ahora sí, era al todo o nada, un remate para cada uno. Ellerman, De Lima, Valckx y «El Zorro» Revelez convirtieron consecutivamente sus chances, mientras que Seré voló una vez más para quedarse con el disparo de Gerets; «El Chango» Pintos Saldaña tenía la Copa en sus pies, pero para estirar la agonía estrelló su disparo en el travesaño, haciendo trizas la ilusión de los hinchas parquenses.
Todo arrancó de nuevo, Koot y Ostolaza cumplieron desde los doce pasos: no se terminaba más, parecía que hacía un siglo que se estaba jugando la final, pero una vez más, la última de la noche, el arquero tricolor volvió a volar para atajar otra vez, ganándose más que nunca el apodo de «Superman», emulando al mítico superhéroe, que esa noche se vistió con los colores de Nacional.
El final de la historia es conocido por todos; el último penal que le quedaba a los blancos lo ejecutó Tony Gómez, de derecha, a la izquierda del golero, y enseguida comenzó el enloquecido festejo, que seguiría con sus compañeros, el resto de la delegación, 18 de Julio, Avenida Italia, y las principales arterias de capital e Interior del país.
Por segunda vez en su historia, y contra todo los pronósticos, Nacional volvía a ganar la Copa Intercontinental. Nuevamente, era el Campeón del Mundo.
Ese día jugó dos partidos
El hecho que seguramente pocos recuerden es que ese mismo día –en horas de la tarde– Nacional había tenido que jugar también por el Campeonato Uruguayo, ante Central Español, cayendo por dos a cero en un encuentro donde puso en el campo a los futbolistas que no viajaron a Tokio y a varios jóvenes de Tercera División, ya que no se postergó ese cotejo, como suele hacerse ahora.
Vale recordar que además de los nombrados, en el plantel que se coronó en Japón también estaban Mario Alles, Martín Lasarte, Enrique Saravia, Carlos Soca, Héctor Molina, Mario López, Sergio Olivera y Alejandro Chilindrón. En el equipo que quedó en Montevideo aparecían, entre otros, Aníbal Paz, Sergio Maristán, Carlos Torales, Jacinto Cabrera, Carlos Silvera, Julio Lancieri, Luis Rivero, Daniel Fonseca, Tomás Silva, Hugo Guerra y José «Pepe» García.
Curiosamente, como podrá apreciarse, en esta página histórica de Nacional, aparecen el recientemente desvinculado técnico
Hugo De León y dos candidatos a sucederlo, Carreño y Ostolaza. En el comienzo de aquel lejano 1988, había quedado libre, y fuera del plantel tricolor, un mediocampista de marca, cuyo nombre quizá le suene familiar: Julio Ribas. *
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