Los jugadores también cumplieron
Acompañando lo que debería ser la fiesta del pueblo uruguayo, la jornada dominguera despertó con un cielo especialmente celeste en todos los rincones del país, también en Maldonado, donde el plantel de la selección charrúa vivía las últimas horas previas al trascendental segundo partido ante Australia.
Cuando los futbolistas uruguayos miraron hacia arriba a medida que se iban levantando, uno a uno pudieron ver cómo hasta las condiciones atmosféricas se asociaron a la fiesta, vistiendo el cielo con el color de la camiseta de la Selección Nacional.
A las diez de la mañana los jugadores celestes se reunieron por primera vez para asistir a la charla técnica del técnico Víctor Púa, la última en este durísimo camino que insumió dos años, que tendría apenas un «repasito» en el vestuario del Estadio Centenario.
Exactamente en el mediodía dominguero, el menú celeste estuvo compuesto por sopa de verduras, torta de jamón y queso y ensaladas varias, como segundo plato spaghettis con salsa y estofado de pollo, y duraznos en almíbar de postre.
Luego del almuerzo, la mayoría de los jugadores eligieron caminar y conversar alrededor de la piscina, mientras esperaban la hora trece, prevista para la partida desde la Posta del Lago. Realmente multitudinaria resultó la despedida del reducto esteño, donde casi ciento cincuentas personas se reunieron, junto a casi setenta autos, para saludar al grupo oriental que iniciaba su camino hacia Montevideo.
«La gente cumplió, ahora les toca a los jugadores»
Pintada en una sábana, la leyenda recibió a los jugadores en su llegada al Estadio Centenario, exigiendo que llegaran al resultado necesario para llegar a Corea y Japón. Atrás ya habían quedado los ciento y algo de kilómetros que separan a Maldonado de nuestro máximo escenario deportivo, recorriendo también por última vez un itinerario a lo largo del cual se vivieron momentos emocionantes, realmente tocantes.
La presencia de los hinchas celestes al costado del camino realmente estremecía, haciendo complicada la tarea de la Policía de Tránsito, que se veía desbordada para contener a la gente en su afán por saludar, alentar y tocar a los futbolistas.
Una vez más, como lo hizo a lo largo del largo y penoso camino celeste hacia el Mundial, «la gente» cumplió, con su presencia y con su aliento a los muchachos que dirige Púa. Ahora, con esa sábana pintada, la responsabilidad se la trasladaban a los jugadores.
Las agujas del reloj apenas habían traspasado las dos y media de la tarde, cuando el ulular de las sirenas desató la locura en la conjunción de las tribunas América y Amsterdam, donde una verdadera multitud se agolpó para recibir al ómnibus que traía a los celestes hasta el Estadio.
Eran exactamente las catorce horas, cuarenta y cuatro minutos y cincuenta segundos, cuando el moderno bus llegó al Centenario, en medio de un recibimento imponente del público oriental, al ritmo del «soy celeste, soy celeste». Los primeros rostros que pudieron ver los aficionados fueron los de Alejandro Lembo, Pablo García y Alvaro «Chino» Recoba, además de Diego Alonso, que se dedicaba a besar y revolear una camiseta, cantando al son de la multitud.
Hasta el chofer sufrió
No podía ser de otra manera tratándose de una selección uruguaya: hasta para que el ómnibus entrara a la zona de Platea América sufrimos. Resulta que la flamante unidad –la número 128– fue estrenada por los celestes para este partido en este tipo de traslados, y al ser un poco más ancha que las que normalmente se utilizan, no entraba por el portón de hierro que precede a esa zona.
Por más que la destreza del conductor realizó una maniobra, el móvil no pasaba, y fue necesario que se alejara de la zona para volver a intentar en otro ángulo, demorando el ingreso de los futbolistas al Centenario.
Una vez superado el inconveniente, que hizo sufrir «hasta en eso» al público presente, comenzaron a bajar uno a uno los celestes para dirigirse a los camarines, el primero fue «El Canario» Pablo García, al que siguieron Diego Alonso, Fabián Carini, Alvaro Recoba, Gianni Guigou, «El Chengue» Morales, Paolo Montero, Mario Regueiro, Gonzalo De Los Santos, Diego Pérez, Gustavo Munúa, Joe Bizera, Guillermo Giacomazzi, Gonzalo Sorondo, Adrián Berbia, Javier Chevantón, Darío Silva y Nicolás Olivera (los únicos tres que saludaron a la afición), hasta que Federico Magallanes, Jorge «Polilla» Da Silva y Víctor Púa cerraron la fila.
El golero mirasol Adrián Berbia fue el único que volvió atrás en sus brazos, regresando a la puerta del camarín buscando a alguien, para luego hacer un reconocimiento del campo de juego, junto a Alonso, «El Chengue», los Darío, Sorondo, «El Ruso» Pérez y Chevantón.
Luego lo conocido, lo de siempre, a calentar y vestirse para salir a la cancha, quizás pensando en aquella sábana pintada de negro, que exigía más que pedir. Y allí estaba, cuando a las cuatro menos cinco los suplentes se dirigieron al foso, y un minuto después el capitán Paolo encabezó la fila celeste hacia el centro del campo, seguido de Carini y Recoba. En la Amsterdam, pintada de negro, la sábana que decía «La gente cumplió, ahora les toca a los jugadores».
Todos la vieron, por eso solamente les quedaba entonar el himno, sacarse la clásica foto y cumplir.
Ellos también
Ya estaba, nada de goles de visitante que valen dobles, gol de oro ni penales; tres a cero y a otra cosa.
Por eso Diego Pérez se acercó a la ventana para hacer ingresar por allí a un niño, para que presenciara la fiesta de cerca.
La gente esperaba la salida de los futuros mundialistas por la misma puerta por la que habían ingresado, pero la mayoría eligieron salir por otros lugares, preferentemente por la que corresponde al Centro Médico. Los que asistieron a la conferencia de prensa directamente ni siquiera volvieron al vestuario.
Pero los que salieron por el portón correspondiente a la Platea América ya no vieron la sábana pintada de negro; desde el primero en salir, hasta Alejandro Lembo y Diego Alonso, que fueron los últimos en irse, dejando solo a Paolo Montero dentro del camarín, ya que quedó duchándose, pudieron verla.
Había desaparecido. Por si no lo recuerda, decía: «La gente cumplió, ahora les toca a los jugadores.» Ya no tenía motivos para estar ahí. Los jugadores también habían cumplido. *
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