El público estropeó la fiesta
Una vez más, el espíritu destructor de unos pocos fue suficiente para empañar lo que debió ser una gran fiesta del público montevideano, que de manera multitudinaria se acercó a la zona de la Terminal Tres Cruces para hacer «el aguante celeste» durante toda la noche, esperando la hora del partido.
Más de veinte mil personas respondieron al llamado de los organizadores del espectáculo, que buscaron una manera original, sin precedentes hasta el momento en nuestro país, de que la noche transcurriera lo más rápido posible, de la mejor manera, hasta que a las seis de la mañana todos estarían expectantes del comienzo del encuentro ante los australianos. Pero lamentablemente, cuando la fiesta debía estar en pleno apogeo, la violencia se apoderó de la escena y todo derivó en un caos casi indescriptible.
La idea era brillante
La iniciativa de la empresa Tenfield, organizadora del espectáculo, encontró una estupenda respuesta en el público capitalino, que literalmente colmó la explanada de la Terminal, junto al monumento a Rivera, además de la «Plaza de la Bandera» y la propia Avenida Bulevar Artigas. La propuesta resultaba tan novedosa como exitosa, basada en la presencia de varios grupos de la movida tropical, que amenizarían durante seis largas horas una noche espectacular en cuanto a las condiciones climáticas, con un cielo totalmente despejado y una temperatura que invitaba a pasar la noche al aire libre.
En pantalla gigante se transmitían las actuaciones de los grupos, intercaladas con imágenes de la masiva concurrencia bailando, cantando y saltando, entonando varias veces el «soy celeste… soy celeste»; todo coordinado bajo la conducción del carismático Omar Gutiérrez, que contaba con la compañía de los periodistas Jorge Piñeyrúa y Marcos Bitete.
Cuando cerca de la una de la mañana, el grupo Bataola sucedió en el escenario a NG La Banda, haciendo bailar a la gran mayoría de los presentes, y seguramente también a muchos de los que seguían la transmisión desde sus hogares o sus lugares de trabajo a través de los tres canales privados, todos los presentes en esa zona neurálgica de la ciudad coincidíamos en la brillante idea que habían tenido los organizadores del evento, permitiendo a todos quienes querían –o debían hacerlo– esperar el partido despiertos, ofreciéndoles una opción que algunos no supieron aprovechar.
«Están rezarpados»
Mientras avanzaba la madrugada, decenas de personas seguían arrimándose hasta el centro de la cita, donde miles de uruguayos disfrutaban de esa espectacular noche de «aguante celeste». A esa hora, miles de neuronas hacía rato que se habían ahogado entre el alcohol y la droga, y el ambiente comenzaba a «ponerse espeso», despertando la sensación en muchos que en algún momento podía generarse algún incidente.
Nadie pensó que los problemas que se generaron podían alcanzar las dimensiones que finalmente tuvieron; el reloj ya había marcado las dos de la mañana cuando de pronto empezaron las corridas y se escucharon disparos, generando el «desparrame» humano. En cuestión de minutos, la fiesta había dado paso a saqueos en los comercios de la zona, robos en vehículos, uno de los cuales terminó incendiado, y una serie de destrozos inexplicables.
Mientras intentaban alejarse de la zona (transformada en campo de batalla a esa altura) personas de todas las edades asistían azoradas a la hecatombe que estaban presenciando: «Están rezarpados, andan a los chumbazos, yo me rajo de acá», alcanzó a decir un joven de unos dieciocho años, mientras miraba nervioso hacia atrás, buscando escapar a los disturbios.
«Pararon a un loco que iba en una camioneta, se le metieron adentro, la destrozaron y le sacaron la ropa. Tuvo que escaparse corriendo en bolas, para que no lo mataran…», «ni se les ocurra cruzar para aquel lado, están todos zarpadísimos, esto termina mal…» eran algunas de las frases que se escuchaban de boca de algunos de los que intentaban alejarse de la zona más conflictiva.
Estamos creando un monstruo
Todavía sin salir de su asombro, cuando ya había pasado más de una hora de los hechos más violentos, Miguel, un empleado de un supermercado cercano a Tres Cruces, en conversación con LA REPUBLICA reflexionaba acertadamente: «En Australia están hablando desde hace días de que somos casi unos salvajes, y nosotros no hacemos otra cosa que darles pasto a las fieras.
Esto va a recorrer el mundo en horas, y la imagen que estamos dejando es patética.»
Lo de anoche en Tres Cruces preocupa, teniendo en cuenta las edades de la mayoría de los responsables de convertir este espectáculo en algo bochornoso; muchos de ellos no concurrieron a disfrutar de la velada, sino directamente a hacer su negocio. Así como más de veinte mil personas intentaron disfrutar de la noche, cien o doscientos fueron directamente a robar, a destrozar, y algunos de ellos lo hicieron armados.
Preocupa saber qué grado de violencia está alcanzando nuestra sociedad, que se manifiesta en cualquier ámbito donde se reúne mucha gente, sin importar si se trata de un partido de fútbol, un recital musical o un acto político; sea lo que sea, muchas veces está terminando mal.
Alguien deberá explicar qué es lo que está pasando, para que ni siquiera seamos capaces de festejar un triunfo tranquilamente, en paz, sin violencia, sin actos vandálicos. O que ni siquiera seamos capaces de pasar una noche juntos, expectantes, haciendo el «aguante celeste». *
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