Armenia, la devastada y reconstruida

La ciudad denominada Armenia, es la capital del departamento de Quindío, el más pequeño de Colombia. Sin embargo fue una de las ciudades que más sufrió las consecuencias de los imponderables de la naturaleza, un terremoto en el año 1999 que la destruyó parcialmente. Lamentablemente los fenómenos naturales no saben de extracción social, y afectó principalmente la zona más humilde, pues sus consecuencias más graves se vivieron en la parte sur de la ciudad. Y como en casi todas las ciudades de Colombia, se dividen en estos dos puntos cardinales que indican el estatus de la gente. En el norte por lo general, salvo dos o tres casos puntuales, están las zonas residenciales, los mejores hoteles, restaurantes y los clubes sociales más importantes. En el sur, como dice el maestro catalán Serrat, que también existe, se encuentran las zonas de trabajadores y los marginados socialmente. Aquí que no es la excepción, el terremoto se sintió con furia y destruyó barrios enteros, la zona del abasto y varios «tugurios», «cantegriles» como los llamamos en Uruguay. El barrio Brasilia, ubicado en las cercanías del Estadio Centenario, era un lugar habitado por trabajadores, generalmente obreros de las industrias que aquí se encuentran, pero fue uno de los más afectados y devastado totalmente.

La ciudad fue reconstruida e inmediatamente se trazaron planes de viviendas de emergencia para los sobrevivientes.

Los miles de damnificados que quedaron en la calle sin nada, hoy viven en pequeñas viviendas prefabricadas que fueron instaladas en las cercanías del lugar, en los alrededores del estadio. Aparentemente era una solución transitoria, pero aún hoy no apareció otro plan alternativo. Nuevos barrios se formaron con estas «casillas» de madera y techo de cinc, pintadas de un color ocre. Bajas, insoportables de habitar debido a las altas temperaturas que calientan las chapas, por lo que es muy común ver a la gente con sus niños sentados afuera, en el pedazo de terreno que les toca, que apenas alcanza a un cuadrado de dos metros de lado, restando el predio que ocupa la «casa». Como las habitaciones son muy pequeñas, el hacinamiento es grande y por lo general las familias numerosas, hacen que la gente deba optar por tener algunas pertenencias colgadas del lado de afuera, una chueca mesa, un taburete y una bicicleta sin ruedas. Las calles aún son de tierra y suben y bajan las elevaciones del terreno muy ondulado. Es la tragedia misma, que parece golpear a los que menos tienen.

Además, luego del terremoto, con industrias, empresas y pequeñas empresas destruidas, estuvieron dos años prácticamente con la actividad paralizada, e incluso algunas luego nunca volvieron a abrir sus puertas. Reinó la desocupación y con ella las consabidas consecuencias de incremento de la delincuencia y prostitución de jovencitas. Lo que cuesta asimilar es que la mayoría era gente que tenía trabajo y su único capital era la propiedad de la finca, de material y humildemente arregladas a su antojo y necesidad, que a su vez les daba la tranquilidad de llevar dignamente la situación económica del país, mientras tuvieran trabajo.

De repente, como en un cuento imaginario, la naturaleza los borró del mapa de Armenia. Los que sobrevivieron ahora luchan solamente por comer y mantener esa vida, que según ellos, la tienen gracias a Dios. *

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