Tres minutos para el infarto
Por Julio Cifuentes (Enviado especial a Tacuarembó)
Va a ser muy difícil poder vivir otra vez un partido como este; tan difícil como resulta intentar trasmitir lo que se vivió en la tarde del Goyenola. Sensaciones tan intensas, tan encontradas, tan cercanas en el tiempo y el espacio, que llevan las pulsaciones a mil por minuto y te dan la sensación que el corazón está a punto de escaparse por la boca. Así vivieron los hinchas del equipo local el partido ante los tricolores, contagiando esta emoción a los visitantes e incluso a muchos de los que pensamos que ya no era posible emocionarse así con un encuentro de fútbol.
El juez del partido Sergio Komjetan mira su reloj y hace una seña al cuarto árbitro José Gijón, indicando que se jugarían tres minutos de descuentos. En ese momento, cuando se llevaban jugados noventa, un delantero del equipo tacuaremboense (Tatap) cae al borde mismo del área, el árbitro pita la falta y el sonido del silbato despierta la tribuna, que palpita en esa jugada la posibilidad del tanto que le diera la victoria ante el equipo capitalino. Como por efecto de un mágico y gran resorte, los pobladores de la tribuna principal saltan y comienzan a desplegar al viento sus banderas rojiblancas, en un movimiento unificado, compacto, del que nadie pudo abstraerse, que realmente hacía erizar.
Era todo expectativa, con la gran ilusión de vencer, pero la pelota disparada por el «Pocho» Acosta se estrella en la barrera y las ilusiones se desvanecen. Para colmo, un minuto más tarde el boliviano Limberg Gutiérrez consigue el balón por la derecha, amaga y engancha dos veces, y levanta un centro perfecto para que el camerunés Pierre Webo en paloma la mande al fondo de la red. Detrás del arco, una buena cantidad de hinchas de Nacional enloquecen con el triunfo sobre la hora de su equipo, ante un rival linajudo, metedor, querendón como pocos. Y ahí, los mismos que se ilusionaban hace un minuto con el triunfo, sentían el pecho vacío porque todo el esfuerzo caía en saco roto: ver las caras de los tacuaremboenses en ese momento partía el alma, porque no merecían perder, y porque habían puesto tanto corazón en esos noventa minutos de fútbol, que merecían alguna recompensa. Mientras unos se miraban a otros buscando alguna explicación a lo que vivían, cuando volvieron su vista a la cancha, tan solo un minuto más tarde, se encontraron con que uno de sus muchachos, enfundado en una camiseta rojiblanca, un tal Olveira, vencía el esfuerzo de Romay y marcaba el definitivo empate a dos goles.
Si la tristeza de sesenta segundos atrás partía el alma, esta felicidad de ahora se contagiaba… saltaban, reían, se abrazaban, y a más de uno se le escapaba una lágrima mientras gritaba «Â¡El Tacua nomá!». Te daban ganas de festejar con ellos, de abrazarte con ellos, de ser partícipe de la alegría de esa gente, que tan solo siete días atrás vivía la angustia de tener sus casas totalmente inundadas.
Pero toda moneda tiene dos caras… aquella tristeza del minuto noventa y uno era festejo de la hinchada tricolor, mientras que este gozo equivalía a bronca y decepción de los fanáticos de Nacional. Después vino otro pitazo del juez del partido, pero éste marcaba el final, después de tres minutos – apenas ciento ochenta segundos en los que se vivieron todos estos estados de ánimo.
También hubo un antes
Fueron tres minutos tan intensos, que resulta imposible no detenerse en ellos, pues todos los que vieron el cotejo entre los dos punteros del torneo solamente hablan de esta parte del partido. Durante los noventa, el partido ya había sido emotivo. El dueño de casa fue mucho más ordenado en la primera mitad, basado en la excelente tarea del volante Diego Rariz, muy bien secundado por «Coco» Leal, en la tarea de contención del elenco del Parque Central. Cuando conseguía el esférico, Ruben Acosta y el duraznense Cor (que se retrasaba varios metros en la cancha) armaban las jugadas que llevaban peligro al arco de Romay; el mediocampo tricolor no acertaba en la contención, y por los laterales, fundamentalmente por el sector de Adalto, Tacuarembó imponía su mejor juego.
Nacional, pese a las constantes indicaciones que impartía De León desde el banco, no encontró nunca su mejor fútbol, a pesar de que intentaba una y otra vez perfeccionar su tarea cuando el balón pasaba por Coelho o por Varela.
Ni Tatap ni Martínez eran bien habilitados por sus compañeros, por lo que las acciones sobre los arcos también se hacían escasas. Las jugadas de los dos primeros goles, fueron de las pocas llegadas que ambos tuvieron en la primera parte.
Aciertos en los cambios
En los segundos cuarenta y cinco la característica se mantuvo; el técnico tricolor movió sus piezas dando ingreso a Webo, el boliviano Gutiérrez y Ruben Da Silva, y lo mismo hizo el «Chueco», colocando a Rosa, Bruschi y Olveira. Ambos acertaron con sus cambios, Limberg fue el gestor del segundo albo, y Olveira concretó el empate para los de la tierra de Gardel.
Nacional mejoró bastante su producción en el segundo tiempo, insistiendo en la habilitación por los laterales a Sánchez y Varela, por lo que el partido se tornó algo más abierto, pero siempre manteniendo la característica de un encuentro parejo, en el que ninguno de los dos dominó ampliamente a su adversario, y solamente la voluntad del equipo local, fundamentalmente cuando llegaron los últimos 10 minutos desniveló en algo la balanza.
El partido no fue bueno en la faz técnica, pero la emotividad del mismo lo hizo sin duda alguna uno de los mejores encuentros de los últimos tiempos.
El empate fue un justo resultado, aunque a los parciales tricolores les resulte fastidioso que les hayan igualado nuevamente en los descuentos, como ocurrió en Paysandú. Los locales se fueron con el gusto dulce en los labios, con la tranquilidad del deber cumplido, con la satisfacción histórica de haber jugado un encuentro en su tierra siendo punteros de un campeonato uruguayo, y fundamentalmente, con el recuerdo imborrable de los tres minutos más intensos de su vida.
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