¿Y la autocrítica?

Matemáticamente no estamos eliminados –¿alguna vez escuchó o leyó ésto?–, pero lo cierto es que, si bien Perú y Chile están en el CTI, a nosotros Paraguay nos mandó a cuidados intermedios. Hemos escuchado declaraciones de los futbolistas celestes que tal vez sean aún más preocupantes que sus propios rendimientos deficitarios en la cancha. «En el primer tiempo debimos ganar por tres goles», «si seguimos así, con un poquito más de suerte nos clasificaremos», «lo importante es que creamos muchas situaciones de gol», «ellos llegaron una vez y nos convirtieron». Esas fueron algunas de sus aseveraciones. Realmente nos rebela la falta de autocrítica que demuestran, un síntoma que no puede llevar a la selección nacional a buen puerto. ¿Es que nunca aceptarán que somos de segunda o tercera clase en fútbol y que la mayoría de los demás equipos juegan mejor que nosotros? Tal vez piensen que la gente, que hizo un sacrificio brutal en épocas de vacas flacas para casi colmar el Centenario, no sabe nada de este deporte. Es otro grave error, que se suma a los que cometen reiteradamente en el terreno. El público uruguayo conoce el tema y no se le puede engañar con argumentos banales y sin ninguna consistencia.

 

Las verdaderas razones

La única verdad que explica el resultado es que Paraguay es mejor que Uruguay. Que aun jugando por debajo de sus posibilidades en el primer tiempo, se las arregló para minimizar el poder ofensivo celeste y luego, con una variante oportuna, pasar a controlar el trámite ante la desesperación y el descontrol de nuestros muchachos. Se habla mucho de las oportunidades de gol que desperdiciamos –tres o cuatro a lo sumo– pero se omite recordar que, además del gol, hubo varias equivocaciones de la defensa compatriota que estuvieron a punto de reportarle nuevas conquistas a los guaraníes. Pero eso no es tan grave como la diferencia de personalidad y de solidaridad mutua, que gravitaron sobremanera para la imposición de los visitantes. La selección celeste carece de esos atributos, fundamentales en la alta competencia, faltándole la identidad que hace tiempo tenían los representativos uruguayos, capaz de disimular carencias de otro tipo.

 

No perdimos por el juez

El árbitro español García Aranda fue un desastre, lo que no sorprende a quien ve habitualmente por televisión el fútbol europeo. Pero que no se crea, como algunos de los protagonistas expresaron, que fue por él que caímos. Nada de eso. En el primer tiempo nos perjudicó al dejar hacer tiempo a los paraguayos, sobre todo a Chilavert, y no sancionar faltas claras, cometidas como herramienta táctica para cortar los avances celestes, pero en lo disciplinario –aun aceptando que el meta guaraní «le tomó el pelo toda la noche»– nos favoreció no expulsando a Guigou, Montero, O’Neill y Olivera, que hicieron sobrados méritos para ver la tarjeta roja.

 

Entonces, señores, estamos donde estamos por «méritos» propios. Tenemos grandes carencias y debemos reconocerlas. Sin autocrítica, cada vez nos hundiremos más.

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