Crisol se impuso en la Copa de Oro maroñense y 24 horas después repitió en Las Piedras
El Gran Premio de Honor es sin duda alguna una de las carreras de más rico historial de nuestro turf, aunque lamentablemente desde hace casi dos décadas se redujo la distancia de 3.500 a 2.800 metros. Cosas de los tiempos modernos…
En 1922 ganó el legendario Stayer con apenas tres años cumplidos, en 1928 y 1929 «pegó doblete» su hermano Sprinter y la misma hazaña la logró Misurí «el león de La Gávea» en 1933 y 1935. Bueno es recordar que Stayer, Sprinter y Misurí eran todos de pelaje tordillo. En 1938 venció el fenomenal Mascagni y un años después «el sin par» Romántico floreó cómodamente delante de Albo.
El 7 de diciembre de 1941, las cosas no estaban realmente para carreras de caballos. Los titulares de la prensa de enormes proporciones traían una sola y más que inquietante noticia: «Fulminante bombardeo japonés a Pearl Harbor… Estados Unidos contestó declarando la guerra».
Pero el mundo seguía rodando y en Maroñas el potrillo Profano presentado por Alberto Miliaderrotaba esa misma tarde a los mayores Polar (4 años), Germinal (5) y Joe Louis (8).
En el 51 Negrete señaló el tiempo récord de 3’38″4/5 y dos años después lo batió otro pupilo de Félix Amado Gómez, Mundo, que marcó un quinto menos, es decir, 3’38″3/5, récord que permanecerá inamovible.
Pero también hubo otro Gran Premio de Honor casi anecdótico, cuando en el año 1959, fue ganado por Crisol.
Robusto zaino por Artero y Cruzada, era un caballo del montón, vencedor de apenas tres carreras tras numerosas salidas a la pista. Pero un día «Lito» Rodríguez algo le debe de haber descubierto y decidió tenderlo, quizás recordando su origen, como que su progenitor fue un destacado fondista. En Las Piedras corrió una prueba sobre dos kilómetros y cayó batido apenas por el modesto Che Bartolo, pero a las pocas semanas en un hándicap largo maroñense –cargando bajo peso– superó al tordillo Refranjo mediante espectacular atropellada en 2’24″3/5 para los 2.300 metros. Por supuesto que ese sólo antecedente no alcanzaba para correr a peso por edad el Gran Premio de Honor y por ello cuando apareció anotado los catedráticos se sonrieron…
Pero está visto que las carreras se corren en la pista.
Neptuno punteó en todo el extenso recorrido y cuando en la recta final «vino a robarlo» Solaz –con aire de perdonavidas– sacó a relucir la garra y sus condiciones de stayer y rechazó la embestida del hijo de Uranio. La prueba parecía definida a favor de los pingos de don Alberto Milia, cuando a media cancha y como una tromba atacó Crisol.
En cuatro impresionantes zancadas dejó atrás primero a Solaz y luego a Neptuno y se cortó en ganancia ante el estupor de toda la afición y el delirio de los hinchas del hombre de los milagros: Rogelio Tomás Rodríguez, el popular «Lito».
Apenas 24 horas después alistó en Las Piedras en los 2.000 metros del Gran Premio Sebastián Fiorito, en lo que parecía una aventura disparatada.
«El Lito se volvió loco» fue el comentario general. Pero un rato después muchos se agarraron la cabeza porque Crisol atacó en la bajada con la fuerza de una aplanadora y terminó ganando por demolición, piloteado nuevamente por Oscar Domínguez.
Esa misma tarde se corrió en Las Piedras el Gran Premio Jockey Club y también lo ganó «Lito» Rodríguez con su pupila Pinaza (Cuatrero y Pimpinela) a 14.70 por cada dos. Es decir que entre domingo y lunes, el famoso preparador de Pampita, Tranquilo, Harken y tantos otros arrasó con los dos clásicos en Maroñas y en el escenario limítrofe.
Pero justo es recordar también que Crisol nunca más ganó.
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