YATASTO

Gran Premio Municipal de 1953 fue el mejor de toda su larga y rica historia

Lo ganó Yatasto: «Semidiós equino, auténtica gloria de la raza pura sangre». De tal forma lo definía Doncaster, el máximo escriba burrero.

Para casi la totalidad de «los escribas burreros» de los años cincuenta y para el aficionado en general, jamás existió un campeón de las pistas que tuviera las facultades corredoras, la categoría y la grandeza de Yatasto. «Semidiós equino, auténtica gloria de la raza pura sangre». De tal forma lo definía Doncaster y la frase no puede ser más elocuente, para dar una idea de lo que pensaban de Yatasto «sus fanáticos» y aun quienes no lo eran.

Pero los que tuvimos la suerte de ver en acción al coloso del stud maroñense Atenas, en el inolvidable Gran Premio Municipal de 1953, por supuesto que nunca olvidaremos la formidable máquina de correr que era el hijo de Selim Hassan, pero no pensamos entonces, ni tampoco hoy que han pasado cincuenta y seis años, que haya existido alguna vez un racer invencible.

Es que el propio Yatasto se encargó de demostrarlo, cuando fue superado por Branding y Sideral en el recordado Carlos Pellegrini de 1952, finalizando tercero a cuatro cuerpos, aunque es cierto que en esa carrera influyeron factores extra turf. Leguisamo fue amenazado de muerte antes de la carrera, por los peronistas (Jorge Antonio), dueños de Branding. Pero también Cidade Jardim (San Pablo), el fenómeno mordió el polvo de la derrota, pero esa tarde Leguisamo quiso ganar por «knock out», estando el súper caballo muy sentido, pese a lo cual temerario y tremendo esfuerzo, lo aniquiló y terminó cuarto de Gualicho, Fort Napoleón y Panther, en la que resultó ser la primera derrota del gran pingo, aunque por cierto que con muchos atenuantes.

Por ello, siempre hemos creído que no existieron ni existirán los caballos invencibles. Sloop lo fue en el Uruguay, pero nunca salió al exterior. Aquí sí, nadie le ganaba, ni el mismísimo Yatasto.

Tras el hecho del «Pellegrini» don Juan de la Cruz, «el hacedor» del fenómeno, el que lo cuidó durante casi toda su campaña, decidió entregarlo a su propietario, el cual lo responsabilizó de la derrota. Para el Cr. Augusto Sbárbaro, Leguisamo lo paró en aquella fatídica tarde. Fue entonces que Yatasto cambió de techo y pasó a alojarse en el stud de Don Nicolás Ojeda. Ese detalle contribuyó a aumentar la expectativa que había despertado su participación en el Gran Premio Municipal de Maroñas. Era la primera vez que el defensor del stud Atenas, iba a ser presentado en público bajo «la batuta» de su nuevo preparador.

La prensa de la época dividió sus preferencias entre Yatasto y El Aragonés. Este último, un hijo de Ramazón y La Chú, al cuidado del platense José María Boquín, ostentaba «un currículum de primera».

Vencedor de Sideral, en tiempo récord para los 2.400 metros en San Isidro, también había ganado por un campo el «Dardo Rocha» en La Plata y anteriormente en su campaña de potrillo, se había dado el lujo de batir por dos veces a Branding y luego lo había escoltado en el Derby palermitano. La carrera prometía pues, resultar un «mano a mano» entre los dos campeones argentinos, porque nadie podría pensar sensatamente, en las posibilidades de los maroñenses Liberty, Cayena, Inah, Lirio y El Califa, ante semejantes rivales (tres buenos caballos, una excelente yegua y otra excelente potranca). Pero lo que hizo en carrera Yatasto, superó los cálculos del más optimista de sus fanáticos. No bien se dio puerta franca al lote, el hijo de Selim Hassan tomó decididamente el comando y haciendo correr de firme en todos lados, estableció un dominio tan rotundo y apabullante, que sus adversarios parecían «pingos de calesita», frente al fenomenal descendiente de Yucca. Recordamos que en los primeros tramos intentó seguirlo Lirio, mientras Yatasto recorría el primer quilómetro en 1’1″4/5 sobre terreno alterado, aparentemente sin el mínimo esfuerzo. Luego tomó la posta Liberty, que allá por la milla se ubicó segundo y trató de acortar diferencias «poniendo el alma» en cada brazada. Fue un esfuerzo inútil, como que el noble hijo de Castigo «se fue a baraja» al llegar a los mil finales, en tanto que las agujas de los relojes marcaban 2’2″3/5 para los primeros 2.000 metros y el pupilo de Ojeda continuaba «su vuelo ingrávido», como si aquello fuera un simple floreo para estirar los músculos. Por entonces, el turno del El Aragonés había llegado… El hijo de Ramazón, exigido firme por Leguisamo, en pleno codo pasó rápidamente al segundo puesto y una vez pisada la recta final, intentó acercarse al líder. Por un instante (el cronista que le había apostado, lo gritó), dio algunas esperanzas a sus partidarios, pero fue sólo un espejismo, porque bastó que Ruben Quinteros le ajustara las riendas a Yatasto, para que el gran caballo arrancara a correr como si recién hubiera largado, poniendo en escena, el último capítulo de su «impactante show». Por casi cuarenta metros, terminó imponiéndose Yatasto sobre El Aragonés, que a su vez superó por igual distancia a los pingos orientales, quienes lucharon bravamente por el tercer puesto, que a la postre le correspondió a Inah. El defensor de la caballeriza Atenas, recorrió los tres quilómetros en 3’4″3/5 sobre cancha pesada (había llovido con intensidad la noche anterior). El récord de la prueba está en poder de Uranio, que en 1948 cargando 54 quilos, señaló 3’4″2/5, aunque en pista liviana.

«Y Dios tomó un puñado de viento creando con él un hermoso caballo y le dijo, tu volarás sin tener alas, tu serás el sabed, el amo de todos los otros animales y el caballo se lanzó al espacio». No sabemos si Yatasto sería aquel pingo de la célebre leyenda árabe, ni tampoco nos atreveríamos a afirmar que fue el mejor caballo argentino, pero sí fue un súper campeón de las pistas, que aquella tarde de marzo, hace ya cincuenta y seis años, nos brindó un espectáculo inolvidable. Siempre hemos sostenido que en el apasionante tema del turf de antaño, las comparaciones resultan injustas y que es imposible afirmar con certeza «que zutano fue mejor que mengano». Pensamos sí que nuestro elevage también produjo verdaderos fenómenos, basta con mencionar a Romántico, Mascagni, Bizancio y nuestro ídolo Sloop.

Con esos cuatro le podríamos correr a cualquiera… Aunque «ese cualquiera» fuera el legendario caballo de la famosa leyenda árabe.

 

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