Garra sí, fútbol no

Las actuaciones de la selección Sub-20 en Ecuador son el comentario obligado de una afición que ya está extrañando el fútbol de los fines de semana y se prende al televisor como forma de satisfacer su deseo de acompañar a esas selecciones, una de las cuales, no hace mucho, nos brindara la más grande satisfacción de una década como la del 90, que fue pródiga en acontecimientos negativos para nuestro principal deporte. Contrastando con la actividad de la Sub-17, que ganó brillantemente en Brasil la Copa «Joao Havelange», invicta, con el goleador y el arquero menos vencido del torneo, los mayorcitos decepcionaron hasta ahora en sus dos presentaciones, por más que en la última salieron victoriosos ante los chilenos.

Colombia nos ganó merecidamente a través de un segundo tiempo en el que, luego de recibir el gol, los celestes se desarmaron denunciando carencias en todas sus líneas. Los «cafeteros» mostraron poco, pero con orden y un juego colectivo medianamente aceptable, nos impusieron la dura realidad de una derrota en el debut del sudamericano.

Lo de Chile fue otra cosa. La superioridad trasandina de la parte inicial fue absoluta, apabullante. El rojo fue un equipo compacto, que ocupó toda la cancha, que fue muy preciso en su intercambio de entregas, en corto y en largo, que invadió por los laterales, sobre todo por el izquierdo con esa maquinita de subir que fue Droguett, un hombre para el que Uruguay no encontró el antídoto en toda la noche. Un par de razones explican por qué no perdimos en ese primer tiempo. Algunas atajadas espectaculares de Schmidt y una dosis considerable de fortuna que acompañó al arquero compatriota cuando se equivocó en dos o tres ocasiones. Del otro lado, salvo un par de acciones individuales de Gutiérrez –mal rematadas– los celestes no crearon situaciones riesgosas para el arco enemigo.

El complemento fue diferente. Encontramos un gol en los minutos iniciales y desde allí no fue tan preciso el fútbol de los del Pacífico, mientras crecía el impulso anímico de los nuestros, aunque sin ser acompañado por la cuota futbolística que era dable esperar de muchachos que han probado tener buenas condiciones técnicas. Nuestro accionar fue desprolijo, individualista, decepcionante como fuerza de conjunto, sin apoyo entre las distintas líneas del equipo y con varios fracasos en figuras clave, como por ejemplo Olivera y Alvarez. El empate chileno nos complicó nuevamente y las pasamos feas, destacándose la firmeza de Meneses y Lima en la retaguardia. Pero vino el segundo con un tiro libre magnífico de Leguizamón y a partir de allí los minutos finales estuvieron cargados de amoción, por los intentos ya desesperados de los trasandinos y el esfuerzo sin límites de un conjunto que había sido superado abiertamente por su rival y defendía con uñas y dientes una victoria ante la que seguramente los entendidos de otros países no encontrarán razones para explicarla.

Chile ratificó su buen fútbol y su endeblez anímica para sostenerlo. Uruguay, a falta de ese primer rubro, demostró que le sobra espíritu de lucha y garra. Algunas veces eso alcanza, con ayuda de la suerte, pero el déficit narrado determina fracasos en la mayoría de las oportunidades. Mañana se nos opondrá Bolivia. Tal vez la victoria conseguida sirva para calmar la ansiedad que demuestra el equipo y entonces podamos apreciar su verdadero alcance. La clasificación está cerca, pero la mejoría es indispensable para pensar en metas más trascendentes.

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