El romance del Chino, la pelota y la celeste
Imagino el orgullo de quienes ven en Recoba un jugador de todas las épocas, la celeste le queda pintada y trasunta unas ganas de defenderla que nos emociona. Con ese golazo que le hizo a este «club de amigos Húngaro», nos reconforta, pues no importa el rival, es capaz de reiterar la misma maniobra en el San Siro, Wembley o el mismísimo Maracaná. Cuando escuchamos conceptos como los que manifiestan ¡qué es jugar bien!, decimos que es esto. Dos jugadas excepcionales, plenas de virtuosismo y contundencia, bastaron para confirmar que la calidad y la eficacia son totalmente compatibles.
Si hubiéramos jugado con algo parecido a un equipo de fútbol reafirmaríamos los siguientes conceptos. Darío Rodríguez se puede llevar la camiseta Nº 6 para su casa, pues no vemos quién le puede disputar el puesto. Luego de una gran actuación, Alonso juega con una sorprendente energía. Es un jugador de la vieja estirpe oriental, sacrificado, no se amedrenta ante marcas personales, tampoco si le doblan o triplican la misma, busca su destino más allá de la parada del bondi. Nuestro capitán observa la misma actitud cuando enfrenta al linajudo Milan, que cuando le toca jugar contra este club de pescadores de Hungría. Por último, la confirmación o la deducción de que Passarella encontró para el arco de Uruguay el golero que tanto anhelamos desde hace bastante tiempo.
Todo la manifestado en esta nota no significa que obviemos el tipo de rival que nos tocó enfrentar. Si tuviéramos la certeza de que este es el fútbol que va a desplegar nuestro conjunto, diríamos que estamos en el camino de una segura clasificación. Pero mientras las alternativas deportivas a enfrentar sean estas, están atentando contra la inteligencia de todos los que estamos vinculados al fútbol. La duda que se nos presenta es la siguiente: o son unos coliflores los que pactan estos partidos, o por el contrario están pasados de vivos.
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