EL VIEJO DEFENSOR. EL EQUIPO QUE ROMPIO LA HISTORIA DEL FUTBOL URUGUAYO

La cometa de la Farola voló más alto que ninguna

Cuya lectura establecía que así como se dio vuelta el proceso bipolar del fútbol uruguayo, también se podía dar vuelta la historia del país.

Un país que experimentaba una de sus instancias más dramáticas, en el momento más duro de la dictadura, pero se abrazó al símbolo de aquella gesta victoriosa de un núcleo de jugadores, liderados por el profesor José Ricardo De León genio y figura de la hazaña.

Vaya que costó y hubo de esperarse casi una década, para «desfacer el entuerto» y volver a respirar aires libertarios y republicanos, pero lo que logró Defensor en la cancha, conquistando el Campeonato Uruguayo tras derrotar por 2 a 1 a Rentistas, fue templando los espíritus y alimentó la esperanza.

La Cometa de la Farola voló más alto que ninguna, hizo trizas la historia, puso su marca en el orillo y supimos todos que, a partir de ese día, ya nada sería igual y empezaba un tiempo de cambio.

La camiseta color «mortaja» había ganado su primer título oficial de la era profesional.

 

Las olas y el viento de Punta Carretas

El 15 de marzo de 1913, la loca aventura de algunos «irresponsables», que así se les tildó por quienes formaban su entorno, produjo el nacimiento de los «tuertos» de Punta de las Carretas, que tuvieron sus primeras correrías tras la pelota, sobre la rispidez de la antigua rambla, lugar no muy propicio porque además de las piedras que raspaban rodillas y destrozaban los talones, se debía sortear la influencia del viento y las olas en las duras jornadas invernales.

De hecho, el primer escenario se afincó detrás de la Cárcel, con vetustas casillas de madera y chapas de zinc a modo de vestuario, con el uso de camisetas casi negras, de tono violeta oscuro, porque a la hora de adquirirlas en el comercio de turno, eran las únicas que se consiguieron y, por descarte, la indumentaria pasó a ser con ese tamiz casi funerario para el gusto de los rivales.

Nicolás Podestá fue el primer presidente del novel club de barrio, que tenía un líder natural con destino olímpico como Alfredo Ghierra, junto a Pedro Curcio, Juan Molinari y Epifanio Torres.

Ellos fueron trasmitiendo el fuego sagrado, de los corazones que estaban forjando, quizá sin saberlo, a una institución símbolo del fútbol uruguayo.

El único ojo de la farola que está incrustada como la proa de una nave, en el Río de la Plata, acaso le haya dado el apodo, por aquello de los «tuertos» y fue iluminando el largo sendero rumbo a la utopía. El camino estaba marcado y había que transitarlo en busca del destino.

 

Niña del  Parque Rodó

La dinámica del tiempo hizo lo suyo y la «viola» aterrizó en el vecino Parque Rodó, donde encontró su lugar en el mundo, con la canchita en bajada hacia el «río grande como mar».

Campo de juego convertido en estadio, a través del hilo conductor de los Franzini, con la génesis en la conducción de don Luis, prolongada luego a través de sus hijos Julio César y Jorge.

Con la presidencia del Cholo se quebró el bipartidismo, vaya símbolo en tanto Jorge, luego de la obtención del primer Campeonato Uruguayo, le dio continuidad a la consolidación institucional y deportiva.

Cuadro de ingenieros, también los tuvo en la presidencia con el pasaje de Landoni y Eduardo Arsuaga, por ejemplo, hasta este presente de Fernando Sobral, exitoso hombre de empresa al timón del flamante campeón. Pero si de dirigentes hacemos referencia, vale mencionar la jerarquía de Eduardo Rocca Couture, integrado en su momento, a la alta dirigencia de la Conmebol y la FIFA, como también lo fuera Omar Porciúncula, en épocas donde nuestro fútbol marcaba con énfasis su presencia política en el ámbito internacional.

 

Que el letrista no se  olvide de los cracks

Pero al cabo, la verdadera historia se escribe en la cancha, donde con tintes imperecederos quedan impresas las conquistas que sustentan a la gloria.

Defensor la fue forjando desde la presencia de Ghierra, uno de los inventores de la Vuelta Olímpica, en Colombes, pero también pudieron serlo los integrantes de un cuadrazo que, a fines de los 40, cerca estuvo de alcanzar la utopía y salir campeón con Julio Barrios, Cacho Vázquez y Riobó, Young, Mañay y Chagas, Guitarrita Píriz, el Loncha García, Clavarés, Sarro o Piangelúa y el Oreja Ferrés.

También estuvo aquella suerte de Primer Campeonato nacional denominado Copa Artigas, donde los violetas lograron el título de manera brillante. Fue en 1960 donde tallaba la formación de Radichi, Esteban Alvarez y Clímaco Rodríguez, De Souza, Malinowski y Miramontes, Román, Rosas, Riolfo, Hernández, Willy Píriz (El Chato, hijo de Guitarrita) y Ferrés.

El Oreja, zurdo él, amurado a la punta izquierda, capaz de jugar hasta los 42 años, ir y venir desde San Ramón y una tarde de setiembre del 57, meterle 4 goles a Peñarol como si tal cosa.

Pero hubo próceres, antes y después, que brillaron además fuera de fronteras y vistiendo la celeste.

José Sasía, el Pepe entrañable e inolvidable, generoso y solidario, Cholo Demarco, Bocha Lagomarsino, el Loco Omar Ferreira, Sergio Bismarck Villar, el Sapo impasable igual que Ricardo Pavoni, el Jorobado Hamlet Tabárez, Daniel Bartolotta, Juan Maldonado, el Flaco Gassire. Quién podrá olvidar la volea de Gerardo Miranda que durmió la guinda entre las redes del arco de Herrera y Reissig, frente a Nacional, para celebrar el Uruguayo del 87 conducidos por Raúl Möller o las apiladas de Marcelo Tejera, rulos al viento, liderando el cuadro de Juan Ahuntchain, devenido a técnico luego de dar la vuelta olímpica siendo infranqueable zaguero del campeón del 87.

Después fue tiempo de sequía, que debió interrumpirse en 2005, cuando se compartió el primer lugar del torneo, pero no se jugaron las finales tras el escandaloso arbitraje de Méndez en el Parque Central, en el Nacional-Rocha de triste recuerdo.

Casi 17 años pasaron del último Uruguayo ganado, pese a que hubo Aperturas o Liguillas ganadas. Pero a un histórico se le reclaman cosas grandes.

La gloria arribó de la mano del Polilla Da Silva, que mostró la hilacha del estratega en su madurez humana y profesional. Ganó el Apertura, la Tabla Anual y el Uruguayo, invicto en las finales.

Sin William Martínez, Alvaro González, el Pelado Cáceres, Cristian González, el Mono Pereira, Sorondo, Semperena, Carlos María Morales y alguno más que se fue entre el primer semestre y esta etapa.

Con una gran actuación en la Copa Libertadores y la Sudamericana.

Dando paso al inagotable manantial de grandes prospectos que es el Complejo Pichincha, aparecieron los Chino Navarro, Vila, Amado, el Zurdo Lamas, Viudez, el Flaco Risso, Pablo Pintos notable volante metido a cerrar laterales por ambas bandas, más allá de ser lujoso repique de «Sarabanda», imitando a la clase de los negros ilustres que tuvo el fútbol uruguayo, emparentados con la fiesta del tambor. Léase José Leandro Andrade, Víctor Rodríguez Andrade, Isabelino Gradín, Juan Delgado, Guillermo Escalada o el Pocho Cortés.

Al cabo sumamos a los Ariosa, el propio capitán Martín Silva y el aporte superlativo de los Marchant, Gaglianone, Jairo Castillo o Seba Fernández.

Jugó 32 partidos, ganó 22, empató 4 y perdió 6. Con 69 goles a favor y 35 en contra, alcanzando un total de 70 puntos sobre 96 disputados.

Una campaña brillante que va del brazo y por la calle con la gloria.

Por eso volvió la vuelta olímpica al revés.

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