La dura lucha celeste para llegar al Mundial nos vuelve a emocionar
Aplicado, por ende, en el fútbol nuestro de cada día y, sobre todo, cuando arribamos a las instancias que a todos nos convoca cuando está de por medio el combinado nacional.
Ni tanto ni tan poco.
Más o menos es lo mismo, pero no todo es blanco o negro, existen los matices y ellos también son aplicables en este negocio pasional y democrático que permite absolutamente todas las opiniones al respecto. De todos y cada uno de nosotros, sin importar profesión ni la actividad.
Pero no hay dos opiniones en el tema de la pelota y los once contra once.
Como Fierro se opina y está bien que así sea.
Todo viene a cuento por esta controversial actuación celeste, en este tramo de las Eliminatorias, donde jugando como local y ante rivales accesibles, de 6 puntos posibles sólo se acreditaron 4, con las connotaciones que ello genera en el futuro premundial.
Es fácil y de ingenio, si luego de la paupérrima exposición ante Venezuela se produjeron 4 variantes, incluido el arquero, es que surge el reconocimiento del técnico a una actuación anodina.
Luego llegó la goleada al impresentable equipo peruano, que hizo historia con el papelón de la media docena de tantos en su arco y una demostración futbolística que seguramente hubiera sido superada por una alineación amateur o de un cuadro de barrio.
Pero los males que, como siempre, se achacan al periodismo por sus críticas y en este caso a la mayoritaria disconformidad de los hinchas, que estuvieron ausentes en el Centenario, luego del empate del sábado, al cabo sacudieron la modorra y fueron gravitantes para el cambio de actitud y el resultado final ante los incaicos.
Pero el camino es largo y erizado de espinas, porque no alcanzará con lo que se logró el martes a la noche, sino que habrá que acreditar todos los puntos que faltan jugar en casa y rescatar unos cuantos en el exterior. La cuestión no será sencilla y se tendrá que sudar la gota gorda.
Perú pudo lo que nunca logró
Todo viene a cuento cuando todavía está fresco el contundente 6 a 0 celeste, que no borra los tragos amargos que en el añejo Campo Chivero nos hicieron beber los derrotados de hoy. Empezando por la inauguración del propio Monumento Histórico del Fútbol Mundial, que marcó el debut de Uruguay en la Copa Jules Rimet diputada en 1930, cuando Perú nos hizo la vida imposible y un gol agónico del Manco Castro nos dio la victoria por mínima diferencia.
A despecho de que no fuera por la clasificación a un torneo ecuménico, pero con la trascendencia de una Copa América, la disputada en enero de 1959 en Buenos Aires, nos dejó viendo visiones por aquel 5 a 3 de una escuadra peruana que superó a la uruguaya conformada con cracks de la talla de Pepe Sasía, Ambrois, William Martínez, el Gallego Taibo, Roque Fernández, Escalada, Lucho Borges, entre otros. Los de la banda roja presentaron una delantera soñada integrada por Oscar Gómez Sánchez, Miguel Loayza, Juan Joya, Alberto Terry y Juan Seminario y aquella noche ofrecieron un verdadero festival.
En 1981, ni el viento a favor de la obtención del Mundialito pudo evitar la vejación del 2 a 1, baile incluido con goles de Julio César Uribe y Guillermo La Rosa. El descuento de Waldemar Victorino no marcó la real superioridad exhibida aquella triste tarde por la visita.
En Lima fue empate y tuvimos el bochorno de la denuncia por un presunto soborno nunca comprobado, que al regreso obligó a la delegación íntegra, incluido el grupo de periodistas que había viajado a pasar por 18 y Yi para ser indagados.
Es obvio que está fresco el 3 a 1 de la era Fossati en su inicio, cuando el gol de Forlán nada pudo ante las conquistas de Nolberto Solano, Jefferson Farfán y Claudio Pizarro.
Sin embargo, el otro gran rival del Pacífico nunca pudo pegar el batacazo, aún Chile arribando en circunstancias harto favorables, como en el camino a México 86, donde le alcanzaba un empate para lograr el pasaje y dejarnos eliminados, luego de su victoria 1 a 0 como local.
Batista y Francescoli le pincharon el globo a los trasandinos y no les alcanzó con el gol de Aravena.
La última gran actuación celeste fue en el Mundial de 1970.
En México se obtuvo un honroso cuarto puesto, agigantando la labor de aquel equipo el paso de los años, en tanto pudo ser perfectamente el tercer lugar y, hasta la hipótesis de haber llegado a la final, de no haber chocado con Brasil en Guadalajara, en el épico cotejo que ganaron los norteños en el estadio Jalisco.
En las Eliminatorias, Chile se opuso al afán oriental con un empate en el duro partido disputado en Santiago, que finalizó con el placard en blanco y Uruguay con 10 jugadores por la temprana expulsión de Joffre Zubía, el 30 de julio de 1969.
La definición en Montevideo fue el 10 de agosto, ante 65.000 espectadores, con el Centenario pletórico de entusiasmo, agitando miles de banderas uruguayas y un apoyo ensordecedor al elenco compatriota.
Aquel equipo duro y experiente, conducido por Juan Eduardo Hohberg y con la preparación física del profesor Alberto Langlade, salió a la cancha con Ladislao Mazurkiewicz, Atilio Ancheta y Roberto Matosas, Luis Ubiña, Julio Montero Castillo y Omar Caetano; Luis Cubilla, Pedro Virgilio Rocha, Sergio Silva, Julio César Cortés y Rubén Bareño.
Chile, conducido por un profesional estudioso y de rígidos conceptos futbolísticos como Salvador Nocetti, estuvo integrado por Adolfo Neff, Gustavo Laube y Alberto Quintano, Juan Rodríguez, Roberto Hodge y Daniel Díaz, Fabián Olivares, Carlos Reinoso, Jaime Yavar, Leonardo Véliz y Marcos Hoffman.
El equipo uruguayo impuso la técnica y el temperamento de sus futbolistas para plasmar un claro 2 a 0, a través de las conquistas de Pocho Cortés y Rocha, el implacable Verdugo de tantas jornadas memorables.
Al cabo de la festiva tarde que selló el pasaje celeste, rumbo a México 70, donde fuera protagonista de primer orden, nos quedó en las retinas y la memoria la imagen de los jugadores que, de manera espontánea, caminando agrupados, se dirigieron lentamente hacia los cuatro costados del terreno.
Con los brazos en alto saludaron a la multitud que, de pie, brindaba una emocionante ovación al grito de ¡Uruguay!, agradeciendo el esfuerzo de los futbolistas.
Otro Verdugo, que no era Rocha sino el cordobés devenido a oriental por adopción, técnico en aquel momento, partícipe como jugador del partido del siglo ante los húngaros del 54 en Suiza, con su pequeño hijo de la mano, disfrutaba el placer de la victoria, impecablemente vestido frente al túnel viejo de la América.
Sin haber nacido en esta tierra, Juan Eduardo Hohberg defendió con honor y gallardía la gloriosa celeste, dentro y fuera de la cancha.
Compartí tu opinión con toda la comunidad