FESTEJO. LOS AURINEGROS SE SACARON UNA ESPINA DE AÑOS

Una tarde teñida de amarillo y negro

Como no acontecía desde hace mucho tiempo, la organización del espectáculo previo fue excepcional, ya que se le brindó a los espectadores algo más aparte del partido que todos fueron a ver. Primero, la definición por penales del partido preliminar que disputaron equipos integrados por niños de once años vistiendo las camisetas de Peñarol y River Plate fue memorable.

Los chicos festejaron cada uno de los penales convertidos o contenidos como si hubieran estado jugando la final de una Copa Libertadores, por lo menos. Tras la definición, favorable a los carboneros, ingresó a la cancha -faltando media hora para el pitazo inicial- la comparsa C 1080, aportando el toque diferente a la tarde con su show de candombe.

El operativo policial que se implantó en la jornada fue importante y no se debieron lamentar hechos de violencia. Cerca de 800 efectivos se hicieron presentes en el Centenario y sus inmediaciones para garantizar la seguridad.

Lamentablemente, lo que no se controló fue la situación de reventa de entradas, la cual está penada por ley. Decenas de revendedores se hicieron presentes en las inmediaciones del máximo escenario uruguayo con gran cantidad de entradas que llegaron incluso a triplicar su valor original.

La venta anticipada de entradas se consideró durante la semana previa y generó polémicas así como también profundas molestias de parte del personal de recaudación. Este se quejó de la gran cantidad de entradas que se pusieron a la venta mediante los Abitab (cerca de 33.000) y de la desorganización que rodeó a la venta de localidades que se realizó en la Tribuna Olímpica.

Tras el clásico saludo en la mitad de la cancha y las fotos de rigor, inmediatamente corrieron rumbo al banco de suplentes de River Plate los delanteros aurinegros Fernando Correa y Fabián Estoyanoff; «Petete» saludó uno por uno a todos los integrantes del banco darsenero, especialmente a los funcionarios del club que lo vio nacer a principios de la década de los 90, mientras «El Lolo» se abrazó y dialogó algunos segundos con Juan Ramón, seguramente recordando su pasaje por el Fénix de unos años atrás.

Aparecieron tantas mascotas del lado aurinegro como nunca se había visto. Fueron más de doscientos los chiquilines que se metieron a la cancha con los jugadores, en el que seguramente fue un día que jamás olvidarán. Luego algunos pudieron volver a ingresar pero ya acompañados especialmente por algunos jugadores.

En la Tribuna y en la Platea América convivieron de manera pacífica -como debería ser siempre- los hinchas de ambos equipos sin que existiera división entre ellos; a lo largo de la final gritaron nada menos que ocho goles con la pasión propia de un partido de esta índole, sin que existieran en ningún momento la mínima provocación o gestos de subido de tono, ni los clásicos insultos que generalmente terminan en incidentes violentos.

El presidente darsenero José Tudurí expresó una gran molestia antes del partido porque no se cumplió lo establecido, en la medida que a su hinchada le correspondía media tribuna Colombes. Los hinchas aurinegros fueron ingresando y el cordón policial que separaba ambas parcialidades se fue «corriendo» hacia el lado de la hinchada darsenera, obviamente quedando en un rincón.

Carrasco fue un show permanente. Hizo gestos, gritó, insultó, se rió sarcásticamente de alguna decisión arbitral, gesticuló ante algunas situaciones, propias del Carrasco «prepsicocólogo». Incluso se «recalentó» con alguno de sus jugadores.

Antes de que llegara el cuarto gol carbonero, en la jugada en la cual el portero Biglianti tapó el tanto frente a Nathaniel Revetria, mientras Peñarol atacaba Carrasco se metió un metro en la cancha, increpó duramente al número ocho por no jugar la pelota al medio donde llegaba solo Urretavizcaya y enseguida llamó a Diego Silva para que ingresara. Al final terminó increpando a Diego Silva…

También cambió el look porque en el primer tiempo ingresó con saco y para el complemento se puso un sobretodo. La cábala no le resultó. Mario Saralegui, en las tiendas aurinegras, optó por ponerse el mismo gorro de lana con que estuvo en la goleada ante Rampla, donde también hizo cinco goles.

El pitazo final de Larrionda desencadenó un festejo interminable y la irrupción de los hinchas al campo de juego. Muchos se descolgaban del alambrado de la Amsterdam y caían a la cancha, aunque todavía debían sortear el foso. Pero no importó mojarse para estar con los jugadores.

El «Lolo» Estoyanoff optó por tirarse al agua y nadar en medio de una alegría que se tornó larga e interminable. Los hinchas permanecieron en la tribuna cantando, aplaudiendo y gozando por esta conquista tan largamente esperada.

Cuando el fervor es demasiado, poco es lo que se puede hacer para frenarlo. Así le pasó a las fuerzas del orden ayer, pues pese a que «descargaron» algún palazo eran tantos los hinchas que les pasaban por el costado que ni siquiera con un molinete les podían pegar a todos.

Los hinchas que se metieron al terreno, además de festejar hicieron de las suyas. Se treparon al travesaño de la Amsterdam, que cedió ante el peso, quedando con una curva. Además rompieron unos de los soportes de hierro de las redes y alguno quiso llevarse un recuerdo de las propias redes. Eso fue lamentable.

Para el compromiso de ayer Mario Saralegui no pudo tener en cuenta por lesión a Darío Rodríguez (desgarro en el aductor), Omar Pérez (esguince de rodilla) y Rubén Olivera (distensión en el recto anterior del cuádriceps derecho). Los últimos dos estarán prontos para las finales, mientras que Darío Rodríguez no tiene su presencia asegurada.

Peñarol finalmente pudo vencer en una final del Clausura luego de dos intentos fallidos. Uno de ellos fue ante Nacional en 1995 por penales y la otra la pasada temporada frente a Danubio, también desde los once metros. En dicha oportunidad Danubio logró el Uruguayo porque había ganado el Apertura. Marcel Román, ayer campeón con Peñarol, fue partícipe de la gesta franjeada.

Los jugadores carboneros no sólo celebraron en el terreno de juego y en el vestuario sino que prolongaron el festejo en una conocida parrillada de Punta Carretas. Allí compartieron un completo asado, el cual estuvo «condimentado» con cánticos y dedicatorias para el tradicional rival.

Simplemente, a modo de estadística, Mario Saralegui tomó al equipo en la 5º fecha y tras doce encuentros logró el título. Ganó la friolera de 11 partidos y perdió uno solo ante Liverpool.

En tanto Bueno fue el goleador aurinegro anotando con el de ayer 12 goles, quedando uno abajo del ex aurinegro Pezzolano, goleador del Clausura.

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