Las intenciones son muy buenas, pero…

La Asociación Uruguaya de Fútbol realizó el lanzamiento de los festejos de sus cien años. Un hecho más que trascendente un acontecimiento que supera todo. Muy en particular, por toda la gloria internacional que el fútbol de este pequeño país logró acumular en un siglo de vida.

Logros que deberán merecer de la FIFA una atención, un reconocimiento internacional que realmente se haga sentir, que trascienda y repercuta tal y como se lo merecen las conquistas obtenidas por el fútbol de un país de apenas tres millones de habitantes. Es de suponer que los festejos programados tengan el respaldo que le permitan a la AUF darles el brillo esperado. Pero de este lanzamiento quiero expresamente detenerme en una frase del discurso del presidente, Eugenio Figueredo, quien señaló que «hay que profesionalizar el fútbol a nivel directriz, se terminó la época en que para dirigir las instituciones se buscaban empresarios con tiempo y con capacidad para poner una firma y obtener un crédito en un banco. El fútbol debe ser tratado como una empresa. Es necesario tener una gran creatividad para dirigirlo».

Palabras más, palabras menos, tal la síntesis de sus expresiones, y, por sobre todas las cosas, la realidad del año 2000.

Una realidad que aún no ha sido comprendida por la mayoría dirigencial o no ha querido ser comprendida. Los temores albergados días atrás para el comienzo del Torneo Apertura, en función de las tremendas deudas de la parte mayoritaria de las instituciones, se han ido disipando. O por pago o por refinanciación, se va a cumplir el reglamento, sólo que para ello no ha sido necesaria demasiada imaginación. El dinero, es obvio, proviene de una única fuente: la empresa que posee los derechos de televisión y adelantos a cuentas de posibles transferencias. Los recursos genuinos son extremadamente limitados. Es que por ingresos sociales o recaudaciones obtenidas no se logra empatar el partido. Sólo las transferencias pueden culminar un balance con números positivos. Y el 80% de los clubes difícilmente pueda acceder a transferencias que les cambien la historia. Por ende, lo de Figueredo me parece lírico, mientras la ley no permita el ingreso de grupos económicos que vean en el fútbol una empresa rentable. Si no se pueden pagar salarios de técnicos, futbolistas, funcionarios, cómo se va a poder pagar un gerente general, un gerente deportivo, un gerente de Marketing, etc. Se me ocurre que para lograr las transformaciones de las que habla Figueredo se necesita un cambio legislativo, que acaso se pueda dar luego de la creación del Ministerio de Deportes, pero que hoy me sigue pareciendo distante. Con las intenciones seguiremos estando como estamos.

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