EL "POLLO" OLIVERA AUN DEBE GANARSE A LA HINCHADA
Pero pobre del que caiga en desgracia y no entre con el pie derecho. En el fútbol, donde la pasión del hincha se torna irracional, es donde mayor gravitación cobra este elemento, en el sentido negativo de las cosas, generando condicionamientos para el protagonista y el entorno donde se toman las respectivas decisiones.
Ni que hablar de lo templado que debe ser el carácter del implicado, para superar esas instancias, que es obvio producirán fisuras en el ánimo del actor.
Vaya lo enunciado, para tomar la referencia directa de un futbolista que está pasando por «las horcas caudinas», si de simpatías, feeling o química con quienes están en la tribuna se trata.
Rubén Olivera, el número 10 de Peñarol es un caso típico.
Y sin ningún ánimo de comparaciones, surgen rápidamente imágenes de futbolistas de otrora, de mayor predicamento, trayectoria y títulos que el nombrado, que sin embargo tuvieron resistencia de su propia hinchada, que llegaba al rechazo a través del insulto y los silbidos, apenas el individuo tomaba contacto con la pelota.
Léase exponentes de la talla de Vladas Douksas o Víctor Espárrago, en su primera época, defendiendo a Nacional o el Seleccionado nacional.
Lo mismo se aplica al mismísimo Juan Alberto Schiaffino, crack indiscutido en la historia del fútbol universal, pero que supo tener detractores por sus actuaciones en Peñarol o con la mismísima celeste con la que se consagró Campeón del Mundo.
El mismo tratamiento que, en su momento, recibieron Pablo Forlán y Pedro Virgilio Rocha.
En todo caso, nada novedoso lo que acontece con el ex danubiano, que no marcó la cancha desde el comienzo a su favor, producto de algunas actitudes y su bajo rendimiento, pero es indudable que posee atributos como para ponerse al público en el bolsillo.
Pero no hubo romance a primera vista y la hostilidad se fue acentuando en el marco de la magra campaña aurinegra en el ciclo Matosas.
Que se ha revertido con la seguidilla de victorias, pero parece no alcanzarle al hincha para renovar el crédito con el delantero que arribó desde el súper profesionalizado Calcio.
Todo ello a pesar de lo expuesto en los últimos partidos, incluida la prodigación que no mostró en otros juegos, pero asomando en tramos su buen manejo, habilidad, potencia y panorama para habilitar a sus compañeros.
Como lo reiteró ante Fénix pero sin el condimento del gol.
Ante los de Capurro marró en situaciones propicias, pero a la hora del sacrificio y del trabajo corporativo, cuando los aurinegros quedaron con un hombre menos en el campo, tuvo un tránsito mayor al habitual, robó balones y hasta se tiró a los pies del rival para frenarlo.
No es poca cosa para quien es acusado de no brindar la necesaria cuota de sudor y de lucha. Más allá de que a un talentoso de sus características es preferible exigirle un mayor volumen de elaboración de juego, llegadas al área de enfrente y contundencia a la hora de definir.
Al cabo, esta cuestión se solucionará de una sola manera, con goles, que cambian antipatías por aplausos y euforia.
Será bueno para Peñarol y, por qué no, para la Selección, en el largo y duro camino hacia Sudáfrica 2010.
Rubén Olivera será el arquitecto de su propio destino. Dependerá de sí mismo, para escribir la historia que lo vuelva a proyectar hacia la fama o lo sepulte en el ostracismo deportivo.
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