Esto dejó de ser un cuento, directamente pasó a ser una leyenda…
Sí para traernos un supuesto triunfo de Bolivia, debemos permanecer 30 días en la capital del antiplano, imagino que cuando tengamos que enfrentar a Holanda o a Alemania, tendríamos que establecer una «estación futbolística» en Europa, por lo menos con un año de antelación.
La incoherencia es tan habitual en las decisiones fundamentales que toman estos «sabios» que dirigen nuestro fútbol, que 50 millones de dólares son más que 80 de la misma moneda y donde Javier Chevantón, con 30 goles queda sin chance de una convocatoria más que lógica a nuestro combinado. Mientras tanto la desesperanza cunde en nuestra afición, que ve cada vez más lejana la posibilidad de la clasificación.
El anuncio de otra renuncia de nuestro entrenador, ya excede los límites de lo aconsejable. Por lo que seguramente un empate entibiará la tensión; un triunfo por supuesto, lo transformará en leyenda y la derrota traerá aparejado el alejamiento del entrenador nacional.
Al lector que me tilda de pesimista y amargado, también le diría que el sayo de angustiado me queda a medida y por supuesto me gustaría vivir en ese país de exuberantes deportistas, de magníficos y conotados entrenadores, de jugadores de fútbol con un porvenir resuelto económicamente.
Pero la realidad me marca que vivo en un país donde los deportistas exceden las 12 horas laborales, donde el entrenador debe calibrar el esfuerzo, donde la bio-mecánica del deporte moderno –que mucha veces es la ventaja– en nuestro país es inaplicable. Los invito a presenciar una práctica de mi equipo, a participar de la misma, a ver el trabajo artesanal de dirigentes, entrenadores que aunados por la fibra de hierro de los jugadores, es el único sostén de este glorioso fútbol oriental.
Pero lo que sí duele, es que estos operadores modernos, a quienes tanto alaban y de quienes estamos tan distantes, proceden de nuestras mismas raíces, pueden andar con plata en mano, pero están cada vez más lejos de la gloria y sus consecuencias.
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