Con las muertes de Damiani y Ramos se cayó el Peñarol independiente
En nueve días el Club Atlético Peñarol vio cómo su Presidente, el contador José Pedro Damiani, y su representante en el Consejo Ejecutivo de la AUF en su calidad de vicepresidente, Juan José Ramos, dejaron de existir.
No es sencillo reseñar lo que el contador Damiani hizo por Peñarol. Sin duda alguna junto con Cataldi y Guelfi, fue de las figuras más señeras en la vida institucional mirasol.
Damiani siempre habló de la importancia de las economías saneadas, pero también obtuvo títulos.
Y quizá lo más cuestionable es el final de su ciclo al frente de la entidad aurinegra. Allí su ego lo enfrentó con el Grupo Casal. Y si bien la sociedad con dicho grupo le había permitido llegar al quinquenio, la lucha por el poder resultó ser fratricida, con Peñarol y su parcialidad como grandes damnificados.
Diez días antes Juan José Ramos, un adalid en la lucha por la cristalinidad en el fútbol, nos había abandonado.
Con Ramos en la AUF se terminó de gestar la corriente que llevó a Figueredo a dejar la AUF. Con Ramos en la AUF los clubes fortalecieron su posición frente a los intereses de Tenfield.
Pero mas allá de su rol de vicepresidente, su presencia significó ser un «órgano testigo» contra las claudicaciones permanentes de la dirigencia.
Ramos y Damiani constituyeron los iconos de la propuesta electoral del «Peñarol independiente». Uno por convicción, el otro por ego. Uno en el convencimiento de un luchador social, el otro en su credo financista.
Mas allá de lo razonable de un «Peñarol independiente» en el contexto de un fútbol uruguayo todo que no lo es, culminó un ciclo, un abanderamiento de una institución gloriosa y señera que se embarcó en la «madre de las batallas» con su ex socio.
El fútbol uruguayo no será el mismo sin ellos; el Peñarol de sus amores tampoco. Le faltará la calidez de Juanjo y la claridad de Damiani, el manejo y poder de maniobra de Juanjo y la obstinación del que no tiene nada que perder como el contador Damiani.
Al fútbol le faltará ese empuje de dos personas que amaban su institución y deseaban un cambio, mas allá de las diferencias radicales políticas, ideológicas y etarias; ambos soñaban con un fútbol uruguayo con instituciones saneadas y con un Peñarol como buque insignia.
Quiera Dios que con estas dos desapariciones físicas no muera esa línea de pensamiento que pueden hoy tener otros protagonistas, pero que parece cada vez más debilitada pues el poder hegemónico gana espacios. *
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