Los uruguayos en la Libertadores
La presencia del Santos Futebol Clube dejó desparramados un montón de apuntes.
Más allá de la nostalgia que rememora a Dorval, Mengalvio, Coutinho, Pelé y Pepe. Pavada de delantera. Delantera sí, porque a pesar de situarnos en la década del 60, aquel equipo de Villa Belmiro no sabía de volantes ni carrileros, punta o media punta, ni hablar de marcadores. Todavía manejaban denominaciones tales como puntero, entreala o centro delantero, por no decir wings, insider o centre forward, y como tales actuaban.
A favor de una exquisita técnica, precisión, velocidad y certeza a la hora de encarar y definir en el área rival.
Pero no todo era el «dolce fare niente», porque supo tener un arquero de la talla de Gilmar, bicampeón del mundo, al igual que el zaguero Mauro o Zito, un centre half de novela, táctico por excelencia capaz de realizar la cobertura de un defensor superado en su última línea e ir a terminar la jugada siguiente en el arco de enfrente.
Como en la Final del 62 en Santiago de Chile convirtiendo el segundo gol ante Checoslovaquia. Y todo hecho al tranco fiel al axioma de que la pelota corre más rápido que el jugador.
Sí, por supuesto, con Pelé estaba robado, por algo fue artífice de la primera consagración mundial de scracht, con apenas 17 años, y el antecedente de haber debutado a los 16 con la verde amarelha.
Formidable futbolista dotado para cumplir cualquier tarea en el campo de juego. Incluso marcar, como lo hacía, aportando una enorme cuota de generosidad y solidaridad para el equipo, para luego abrir el libro y conducir a sus compañeros en función del toque, paredes, moñas y una voracidad increíble por el gol. Sentido de la ubicuidad, formidable cabeceador, capaz de utilizar de manera natural ambas piernas para driblear o pegarle a la pelota. Encima guapo y hasta malicioso para enfrentar a rivales malintencionados. Grande entre los grandes el garoto nacido en Baurú, joya de aquel equipazo que era el Santos.
Estos son otros López
El fútbol en general pasa por una crisis de valores y por ende, de calidad.
Dejando de lado la mediática promoción que se realiza a diario de lo que sucede en la vecina orilla, por ejemplo, que parece estar a enorme distancia del fútbol nuestro de cada día, pero que al cabo no tiene tanta diferencia.
Diferencia que existe en los ingresos de los jugadores, a favor de ellos, claro, pero que siendo en algunos casos siderales, no se refleja en la cancha. Por algo en la Libertadores, por ejemplo, Nacional y Defensor Sporting han sido superiores a Vélez y Gimnasia, y así por el estilo, los tricolores ante el Inter «gaúcho».
Sin embargo, a despecho de que éstos son otros López, debemos admitir que todavía queda camino por recorrer, para instalarnos definitivamente en la gran vidriera de este fútbol profesional universal devaluado. Y no es una contradicción.
Si bien seguimos siendo fundamentalmente exportadores, no podemos dar el salto cualitativo que nos ofrezca la gran actuación adosada de resultados, a nivel de clubes o selección.
Existen conceptos elementales que todavía no se han aprendido.
Lecciones que pareciera nunca se dieron, dicho esto sin desconocer carencias que seguramente jamás desaparecerán, aunque es bueno saber que de la mano de muchas de esas falencias, nuestros jugadores impusieron la fuerza de su temperamento, orgullo y amor propio, para la gestión de hazañas inigualables.
Claro, afincadas en el talento de esos futbolistas, sumado a un gran sacrificio y elemental disciplina, capaz de superar los mayores escollos.
A pesar de las dudas, tampoco estaría mal abrigar una esperanza en tanto que velan armas para acometer la disputa de la Copa América y las Eliminatorias para el Mundial de Sudáfrica.
En una de esas ¡quién le diga!, mire que soñar no cuesta nada. *
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