No somos una potencia, pero jugamos como si lo fuéramos
Culminó la primera rueda de las Eliminatorias y es hora de balance de lo actuado hasta ahora y de análisis sobre lo que el futuro le presentará a la selección compatriota. Mucho se ha conjeturado sobre los distintos aspectos que rodean la actividad de Daniel Passarella al frente del plantel. En general, sobre todo en la gente, el carisma del entrenador argentino ha hecho que lo suyo se vea con optimismo, incluso sin el rigor crítico con que se juzgó a técnicos que le antecedieron en el cargo. El entorno con el que se le protege –léase AUF y Tenfield– le facilita su trabajo ya que cuenta con una estructura que tampoco estuvo al alcance de sus colegas uruguayos en su momento. Por encima de esas realidades, sumamente importantes, está el resultado de la tarea del adiestrador y en eso se plantean discrepancias diversas, con algunas de las cuales coincidimos plenamente.
El estilo de juego
Uruguay tiene un plantel de segunda línea, según lo manifestó Passarella hace meses en una conferencia de prensa realizada en AUF. Eso no se discute porque es una verdad incontrastable que se demuestra partido a partido, local e internacionalmente. Pero el problema es que, a nuestro juicio, los celestes plantean y juegan sus encuentros como si fueran una potencia futbolística, haciendo que las diferencias a favor de los rivales –en la mayoría de los casos las hay– se noten claramente y se reflejen en el trámite de los partidos.
Si estamos de acuerdo en que nuestro nivel es limitado, no podemos jugar «de tú a tú» como dicen los españoles, ante rivales de jerarquía. Lo hicimos contra Brasil y nos salió bien, aunque debimos meternos en nuestro arco todo el segundo tiempo para terminar empatando. Lo repetimos el domingo frente a Argentina, que aún devaluada por ausencias trascendentes, es la mejor selección del torneo, y perdimos con justicia.
Ese estilo no es el uruguayo de toda la vida, que se afirmaba en una defensa fuerte y firme, apoyada por un mediocampo duro y solidario. El contragolpe era la vía de ataque utilizada con mayor frecuencia. Ahora ubicamos una defensa en línea en el fondo y delante de ella un volante, Pablo García, en la más absoluta orfandad porque quienes lo flanquean no tienen el espíritu que a él le sobra para matarse marcando a todo el mundo. El equipo queda desbalanceado y expuesto a las cargas adversarias que encuentran terreno y espacios para moverse con comodidad. Hace falta allí gente con oficio –al caso Fleurquin es una alternativa interesante– para repartir el esfuerzo, en la recuperación del balón y en solidificar el primer escollo para los delanteros enemigos. Otro punto de discordia es el ataque. Passarella ha utilizado últimamente a dos hombres, Recoba y Magallanes, que en casi toda su trayectoria fueron media punta, o enlaces, o lanzadores, como quiera llamársele a esa función. El resultado es que no tenemos –ausente Darío Silva por su lesión– quien hostigue permanentemente a la última zona de los rivales. Lo apuntado de la media cancha y la falta de contundencia arriba son los mayores males que padece el representativo nacional en cuanto a su conformación. Según nuestra manera de ver, el equipo no está bien estructurado y su manera de pararse en la cancha no es la más apropiada para sus actuales posibilidades, máxime teniendo en cuenta que hay valores esenciales que no pueden jugar por estar lesionados y que, evidentemente, faltan recambios de jerarquía –como lo admite el propio técnico– para disimular, aunque sea en parte, sus ausencias.
La marca en toda la cancha
Los celestes pretenden ahogar al enemigo con una marcación agresiva que se extiende a la salida rival desde el fondo de su terreno. Así sorprendieron a Argentina en los primeros 15 minutos, pero, y esto ha pasado en todos los partidos, a los muchachos nuestros no les da la nafta para mantener ese ritmo a lo largo de los 90 y es así que hay caídas de tensión que permiten que nos roben la pelota, con las dificultades narradas más arriba para recuperarla. Nos parece más racional tener un poco más de cautela, lo que no significa meternos a defender a ultranza resignando el ataque. No, lo que requerimos es un balance equilibrado, partiendo de la base que esa palabrita, equilibrio, es fundamental en la vida y que el fútbol es parte de ella. Vamos a esperar, a no dejar espacios como los que aprovecharon el domingo el «Piojo» López y Batistuta, hombres muy veloces, a los que le viene bárbaro que les den ventajas para sus piques demoledores. Cuando los adversarios crucen la línea central, allí sí, a apretarlos a muerte, con más gente con oficio, por supuesto. De ese modo, saldrá con mayor asiduidad para nosotros la posibilidad del contragolpe, que para ser aprovechado tendrá que tener la potencia ofensiva de elementos resueltos y agresivos, lanzados por especialistas, como Recoba y Magallanes, por ejemplo.
Actualmente se está quemando a un muchacho como Nicolás Olivera, haciéndole cumplir una tarea para la que sus medios físicos, y su concepción creadora del fútbol, no lo habilitan.
Comparando resultados
Tenemos 14 puntos y estamos quintos. Dos unidades menos que las que pretendía Passarella, que se manifestaba conforme con 16 al término de la ronda inicial. Ahora se viene lo más difícil, porque afrontaremos cuatro encuentros en el Centenario contra los equipos más fuertes, a los que deberemos vencer –menuda tarea– si pretendemos mantener posibilidades (Paraguay, Brasil, Colombia y Argentina, en ese orden). Deberemos salir a la altura de La Paz y Quito, además de visitar a Chile, Perú y Venezuela. Los dos primeros serán compromisos vitales porque los últimos resultados reflotaron la chance de Ecuador y Bolivia y si bien los otros tres parecen casi marginados del Mundial, no olvidar que los demás que los enfrenten también se beneficiarán de esa contingencia.
La comparación de resultados con las Eliminatorias anteriores tampoco da para ilusionarse con la campaña actual. En 1996 y 1997, contra Bolivia, Chile, Venezuela y Ecuador, de locales, recogimos los mismos triunfos que en el presente. Contra Paraguay y Colombia, como visitantes, perdimos igual que ahora. Ante Perú, en el Centenario, vencimos en aquella ocasión y empatamos en ésta. Frente a Argentina, en Buenos Aires, igualamos en el 97 y perdimos el domingo. Hay un desfasaje entonces de tres puntos, uno de los cuales se recuperó al empatar con Brasil en Maracaná –recordar que los norteños no participaron porque fueron a Francia como campeones del 94–, en el mejor resultado cosechado en el presente proceso. En consecuencia, estamos dos puntos abajo de lo que hicimos cuando no nos clasificamos para la Copa del Mundo del 98 y con un futuro preocupante para la muy difícil segunda rueda, no tanto por estas consideraciones sobre el puntaje sino porque no se ven en el juego del equipo aspectos positivos como para ser optimistas, al margen del elogiable e indeclinable empeño que la mayoría de los futbolistas pone en defensa de los colores que llevan en sus pechos, y del conmovedor apoyo de los aficionados, que llenaron siempre el Centenario y que invadieron en esta oportunidad Buenos Aires y el Monumental alentando frenéticamente al conjunto compatriota.
Cuando la capacidad es limitada, y el material disponible escasea, es preciso elegir bien y distribuir con criterio las piezas para adecuarse a las circunstancias, tomando los recaudos necesarios para no dar facilidades a los adversarios. Pensamos que esto es vital para no sumar una nueva frustración al alicaído fútbol uruguayo.
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