Apuntes al carbón
La historia nació el primer día de marzo de 1932. Albores del profesionalismo y muerte del amateurismo.
A despecho de que los gurises siguieron jugando por la camiseta. Y no es un eufemismo, en tanto y cuanto han mantenido una convicción, casi una religión, emparentada con la diversión y el juego, a despecho de que siempre se juegue para ganar.
Pero no a cualquier precio. Para estos tipos el fin no justifica los medios. Si no llegamos al gol circulando la bola, tocando y tirando paredes, adosados de algún caño o una pícara jopeada, no vale.
¡Atento estudios! nadie desprecia un frentazo de pique al suelo o la captura de un centro metiendo un parietal para cambiarla de caño y engrupir al arquero de turno. Está en el reglamento y se grita el gol.
Pero se disfruta a pleno de la otra manera. Higiénica salida, tuya y mía, cambio de frente, pase en velocidad para el desborde por la raya, centro, toque y gol.
Y si no sale empezamos de nuevo. Pare lateral, hacia atrás y otra vez el circuito en marcha.
Pero también se marca. Con todo, como antes y a veces más que antes. Como el primer día de marzo de 1932.
Será por eso que la mística impone el jolgorio dentro y fuera de la cancha. Este cuadro nació en carnaval y vaya que fue histórico.
Sucedió cuando la pluma genial del Hueso Pérez escribió un himno que mantiene plena vigencia a través del tiempo.
La retirada era de Asaltantes con Patente pero la cantó todo el país.
«Un saludo cordial, lanzan los Asaltantes…»
De ese carnaval nació el Danubio Fútbol Club. Porque siempre será «el» Danubio, tal vez para recordar el origen de su nombre, vinculado al río que transita suelo magyar y desde donde llegaron los Lazaroff para afincarse en estas tierras.
Y la mención a Miguel y Juan, estrecha en abrazo imaginario, a todos los fundadores del club de la franja, incluido un vate maravilloso como el Choncho, que además de lucir la albinegra alguna vez, mantuvo la pasión y la volcó en temas futboleros fantásticos, con especial dedicación, como no podía ser de otra manera, a «el» Danubio.
La leyenda fue rodando por las calles de la Unión, la Curva de Maroñas, el empedrado y los tranvías que rumbeaban hacia el Hipódromo, «junando» los aprontes de los pingos en las frías mañanas o en tardes de gritos en el Palco y la Perrera, cuando con la de seda, se daba algún «mangazo» de cuatro cifras en la pizarra.
Y los asados en los studs. Y los Saltimbanquis del Loco Pamento, que voceaba los diarios y «boxeaba» al que se metiera en la cancha con los «atorrantes» que la «rompían» en el verde césped. O campitos pelados, eso era lo de menos.
Así se forjó «el» Danubio. Cuadro de guapos que hizo la pata ancha en cualquier cancha y barrio que marcara la puesta en escena.
En la Extra, Intermedia, Primera B y desde el arribo a Primera A.
Improstituible vocación por jugar al fútbol. Divertirse y darle alegría a la gente.
Cuna de cracks
Y así pasó con los Olivera, Martínez, Lazaroff, Maceiras, Correa y Argenti; Rivera, Lezcano y Manghini; Auscarriaga, Romero, Burgueño, Bentancor y Cruz.
La pelota anduvo mansa y sobona por los pies de Oscar Daniel Melgarejo, Lito Silva, Desevo, Sagastume, Omar Fernández, Araquem De Mello, el Negro Tomás Rolan, Piolín CIncunegui, Sergio Santín, el salteño Correa, el Padre Popelka, los Perrone, Juan Pedro Ascery, el Zurdo Daniel Torres, Horacio Franco, el Porteño Pederzoli o Ernesto Lazzatti, el Pibe de Oro. Dogma que acunó a los Rubén Sosa, Berrueta, el Rata Dalto, la sapiencia «afrancesada» de PIerino Lattuada. Los quites de TIto Rivero, César Vega o el Yeye Alaguich.
Y surgen a borbotones más figuras que ostentaron la marca en el orillo como el Zurdo Viera, Roberto Roo, Jorge Caraballo, el Pollo Olivera, Recoba y esta última generación de los «Nacho», Risso y González, Anchen, el Bola Lima, Báez, Jadson Viera, Gargano, Juan Manuel Olivera, Guillermo y Sergio Rodríguez.
Y tantos otros que se escapan en la repentización de la frágil memoria.
Y hay una historia de arqueros como Banana Maceiras, Bardanca, Miguelito Bazzano, Ariel «Tingo» Pintos, Mario Thul, Seré, Zeoli o Barbat.
Y al cabo los títulos, que se agregan como una inveterada costumbre.
En el siglo XXI, todavía en pañales, ya suman varios. Apertura 2001.
Uruguayo 2004. Apertura 2006. De la mano de los técnicos que como Krasouski, Pelusso y Matosas interpretaron el modo de vida de esta gente. La de «el» Danubio que, sin embargo, mantiene en el Olimpo onomatopéyico de la celebración, el año 1988 cuando de la mano de Ildo Maneiro ganó todo lo que se disputó en la temporada, incluido el Torneo Competencia y el Campeonato Uruguayo, para cerrar un ciclo extraordinario ubicándose entre los cuatro mejores equipos de la Copa Libertadores.
Al ritmo de candombe del Pompa Borges, el talento de Polillita Da Silva, el ida y vuelta de Edy Suárez, la presencia de Moas y Kanapkis, alegrando las tardes domingueras y llenando el fútbol las cachas.
Así se ha constituido la historia de este cuadrito de barrio que hoy luce pantalones largos. A nivel deportivo e institucional.
Amenazando con seguir cultivando flores nuevas de romances viejos, con la pelota y la gloria.
Nació el primer día de marzo del 32. En pleno carnaval. Por eso, cuando Danubio juega es una fiesta.
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