Apuntes al carbon
Los prejuicios, el racismo y la discriminación no son elementos del cual tengamos la exclusividad por estos lares. Ese patrimonio es universal o poco menos, siendo flaco el favor que se hace la humanidad en sí misma, cuando todavía, en pleno siglo veintiuno, no se ha resuelto el problema.
Para que ello suceda, basta con asumir que los demás sean diferentes, pero manteniendo las mismas posibilidades y oportunidades que cada uno pretende por su capacidad y talento.
Pero continúa siendo el «horcón del medio». Y vaya que molesta y fastidia los argumentos que intentan justificar el hecho.
En el transcurso de los siglos, se han dado infinidad de situaciones, la mayoría de ellas dramáticas, que envuelven los acontecimientos donde se ha intentado dirimir la monstruosa tesis de la discriminación.
Pero bueno es decirlo, surgen miles de anécdotas, donde los protagonistas han ingresado en el terreno del ridículo para establecer papelones históricos. Y es que en todos lados se cuecen habas.
Para muestra basta un botón.
Si vas para Chile
El concepto de latinoamericanismo está en pañales. Más allá de los discursos y las arengas de los políticos de turno, el espíritu bolivariano y artiguista existe, en la mayoría de los casos, de la boca para afuera.
Ni que hablar de fronteras abiertas o amplitud de miras hacia los pueblos. Allí están los indígenas, mestizos, negros y pobres, atomizados en cualquier lugar del mapa. Del Río Bravo hacia el Sur y de Tierra del Fuego al norte. Una tradición que se arrastra desde la época colonial. Por eso desconfiamos, con razón, cuando escuchamos hablar de fraternidad, hermandad de los pueblos y otras yerbas.
Por ejemplo, albores del siglo pasado, con el fútbol como explosión popular, cuando a través de nuestro compatriota Héctor Rivadavia Gómez, surge la Confederación Sudamericana de Fútbol en junio de 1916. De manera paralela, se dispone la disputa de la primera Copa América en Buenos Aires, sede del Congreso novel entidad, que marcaría la consagración de Uruguay como campeón invicto.
Hasta allí nada que sorprenda. Pero hete aquí que el certamen tuvo un hito donde se reunieron la ignorancia, la discriminación y el ridículo. Nuestra representación había goleado en el debut jugado en la cancha de Sportivo Barracas, repleta de aficionados, al combinado de Chile por 4 a 0. Aquella tarde brillaron, entre otras figuras celestes, Isabelino Gradin y Juan Delgado.
El primero de los nombrados, excepcional atleta (recordaman uruguayo y sudamericano de la época en 200 y 400 metros) poseedor de gran técnica y velocidad, resultaba imparable jugando por la izquierda del ataque oriental. Juan Delgado, técnico por excelencia, dominaba el medio de la cancha, clásico centre half, antecesor de la infinidad de cracks que le siguieron en nuestra rica historia futbolera.
Pues bien, terminado que fue el susodicho encuentro, sin nada anormal que ameritara alguna polémica, la delegación trasandina protestó el partido. ¿Motivo? Uruguay había incluido dos jugadores africanos y eso no estaba permitido. ¿Quiénes eran los «intrusos» llegados de aquel continente y acusados por los chilenos. Dos negros. Isabelino Gradín y Juan Delgado. La ignorancia supina de los delegados del «hermano país» no podía pasar por alto la «afrenta».
Claro, no se les podía ocurrir que en este lugar del planeta, hijos de nuestro Montevideo, nacidos en el Sur y Palermo, anduvieran afrodescendientes haciendo de las suyas con los tambores.
Y la pelota también. *
Compartí tu opinión con toda la comunidad