Desde Londres: SE PALPITA UN CHOQUE ESPERADO POR LOS INGLESES

Nunca caminarás solo

«Nunca caminarás solo» se lee a la entrada del coliseo del fútbol liverpoolense, en la ciudad natal de los Beatles melenudos.

En Liverpool, los nombres sagrados de cientos jugadores son más famosos que los cuatro genios musicales.

Es que así es el fútbol en esta ciudad. Hombro con hombro y con el trasero contra el cemento, este deporte le pertenece al pueblo, a los fanáticos y a sus jugadores. Desde el número uno de la selección nacional hasta el botija que recién empieza a pegarle a la redonda en la calle Penny Lane o el baldío de Strawberry Fields.

En su generosidad que no conoce límites el público inglés le otorga a los dirigentes y jugadores de fútbol todos los derechos de explotación del deporte. Solo a cambio de ganar. Para poder sonar. Pero ganar, hay que ganar. Sino, el público empieza a cobrar.

Este año, Inglaterra es la favorita para llevarse la próxima Copa del Mundo. Con hombres como el modelo masculino Beckham, como el agente secreto Lampard, como el niño prodigio Rooney, parecería que no podía ser de otra manera. Pero, como con los uruguayos de hoy, no siempre fue así.

Los «cracks» de la redonda inglesa ganan US$150,000 dólares por semana, sin contar esponsores, publicidad televisada y premios. Son más famosos que los actores de Hollywood. Porque, al final, los actores solo marcan tarjeta en la fábrica de sueños. El futbolista es el sueño, con ojos abiertos y la boca gritando gol, de 60 millones de ingleses.

No siempre fue así. En la temporada 2001, Inglaterra casi pierde la clasificación para el mundial de Korea-Japón. Con el orgullo nacional tambaleante, los dirigentes del Football Association se dieron cuenta de que sus propias cabezas estaban en juego. El pueblo amenazaba con tomar las oficinas por la fuerza y digitar al técnico y jugadores ellos mismos.

Es que la famosa «gallina de los huevos de oro» acababa de empollar un maloliente escremento. Inglaterra acababa de perder en Wembley un partido definitorio para la clasificación. Había que encontrar una solución. Y rápido.

El técnico Sven Goran Ericson fue contratado in extremis para salvar un orgullo nacional que se deslizaba rápido hacia la alcantarilla y de ahí a los caños de aguas servidas debajo del estadio de Wembley. Porque fue en el último partido de la antigua estructura que Alemania le ganó 1-0 a los ingleses. No podían haber caído más bajo. Ni los fantasmas moribundos de Londres 66, ni Bobby Charlton, ni Moore los iban a salvar de la vergüenza nacional.

El fútbol inglés nunca había caído tan bajo. El técnico Keegan presentó su renuncia indeclinable al día siguiente.

Sven Goran, con todos sus defectos y errores, hizo lo imposible. Clasificó a Inglaterra para ese mundial y ahora acaba de hacer lo mismo para el de Alemania 2006. Por esa hazaña el técnico sueco se va a retirar con una abultada cuenta bancaria de más de 35 millones de dólares, amasados en cinco años. Así es el fútbol inglés, también. Así es la generosidad del pueblo cuando gana.

A este escenario llega Uruguay hoy. Destrozado y vencido por la caída frente a unos australianos que todavía andaban desnudos y descalzos, cuando Uruguay ya era campeón mundial y utilizaba los primeros botines con tapones en las gramillas del mundo.

Pero el año pasado se dieron el lujo de insultarnos con un marcador que, recordarlo, da vergüenza. Un 1-0 miserable. Fue un resultado que solo sirve para matar esperanzas. Fue un resultado solo para hacernos sentir desnudos en nuestro deshonor. En Alemania 2006, Uruguay será el único ex campeón mundial que no estará en la lista de largada. Este es, apenas, el último improperio.

El match Inglaterra-Uruguay como antesala inglesa al próximo mundial es por demás simbólico. Los ingleses, millonarios, estrellas, favoritos.

Los uruguayos pobres, vencidos, perdidos. Pero el fútbol no es cuestión de plata solamente. Es también cuestión de ideas y de vergüenza. Durante treinta largos años los dirigentes de la asociación inglesa no se daban cuenta de que la falla, no estaba en los jugadores sino en la inteligencia estratégica de sus técnicos y la entereza de sus dirigentes. Pero, ¿cómo corregir la inteligencia estratégica cuando quien decide tampoco la tiene?

¿Cómo corregir ese caldo de corrupción donde todos tenían la gallina de los huevos de oro apretada por la garganta? Sólo cuando se cae bajo. Muy bajo.

Lo que Sven Goran Eriksson le dio a la escuadra inglesa, no fueron martingalas para ganar siempre a la ruleta, ni jugadas secretas que solo el entendía, ni tratados teatrales de Ibsen adaptados al punto penal, ni manuscritos de alquimia futbolera, ni conversaciones angelicales.

Trajo lo que siempre le faltó al coach inglés: un módico entendimiento de la estrategia moderna. A final entendieron: el fútbol no es solo cuestión de un pelotazo largo y de un pique al vacío, al vacío de las ideas. También hay que saber pensar y tener imaginación. El coach de hoy tiene que ser un mago, un político, un estratega militar, un diplomático, un padre.

Este partido entre Inglaterra y Uruguay en el estadio de Anfield es mucho más importante para los celestes que para los ingleses. Es hoy que nos tenemos que mirar para adentro o saltar al abismo, ese de que ya no somos los que éramos. El abismo de las viejas ideas, componendas y soluciones. Nada funciona, nada sirve, todo se rompió.

Solo el futuro es lo único cierto. Porque a ese vamos a tener que jugarlo nosotros. Todos. Gritemos al cielo también entonces: «Nunca caminarás solo». Con el pueblo atrás, soñando y gritando gol. *

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