Chávez, Randall, Leonard, Tapia, Sacco, Ballas… constituyen lista sin fin

Cuando nadie podía suponer que habría un boxeador capaz de derrotar al mexicano Julio César Chávez, el promotor Don King sacó de su galera a un “tapado”, Frankie Randall, conocido como “el Cirujano”, por la precisión con que solía manejar sus manos.

Randall se instaló en los primeros planos del boxeo universidad pero poco después se desbarrancó raudamente, víctima del uso abusivo de alcohol y drogas. Estuvo preso durante 17 meses y cuando recobró la libertad aseguró que era un hombre nuevo, que es la manera en que algunos se autoengañan para tratar de convencer a los demás de que sólo fue un susto.

Lo cierto es que en sus dos últimas peleas, ante rivales de ínfima calidad, Randall demostró que no le queda nada de su antiguo esplendor. Había perdido con Oba Carr, en Las Vegas, sin presionar jamás a su adversario, y ahora acaba de perder en Italia con un peleador de tercer nivel. El Randall que perdió con Piccirillo no hubiese servido ni como “partner” para Chávez y ese gravísimo deterioro debe achacarlo a las drogas. Como él, también Chávez hipotecó su inmenso prestigio en noches interminables que le sirvieron para perder el hogar y una fortuna equivalente a lo que ganan 1.000 mexicanos a lo largo de sus vidas en trabajos bien remunerados. En pleno apogeo, JC (máximo ídolo azteca) se atrevió a concurrir a una audiencia presidencial con López Portillo acompañado por un tal Gutiérrez, capomafia que luego sería asesinado en un ajuste de cuentas entre narcotraficantes. Gutiérrez no le puso el revólver en la espalda para que lo llevara ante el Presi: estos sujetos manejan métodos más caballerescos. “O me llevás o no te proveemos más drogas”, le habría dicho, y no preciso demasiada imaginación, conociéndolos como los conozco, para imaginar que la frase concluyó con otra mucho más cortita: “Vos elegís”…

¿Ciudad feliz?

De Ubi Sacco, el marplatense que perdió todo (hasta la vida) en el altar del vicio, ya se ha escrito demasiado, como de Gustavo Ballas, que llegó a asaltar taximetristas con un revólver de juguete, para proveerse “polvo”.

Cuesta creer que un boxeador tan cerebral, inteligente de veras, cayera en la redada, pero cayó, como otros miles.

Me fatiga (y deprime, realmente) seguir mencionándolos. Pienso en John Tate, en Joe Louis (a quien su propia esposa llevó a internar en un manicomio, luego de soportarlo durante años, ya que la droga lo volvía muy violento), en Sugar Leonard (la broma le costó el divorcio y lo convirtió en una piltrafa, barrido del ring por Camacho) y en tantos otros.

Me pregunto qué irá a pasar con Johnny Tapia, que estuvo preso por comercializar droga y también la consumió. Dicen que está recuperado y ojalá sea cierto, pero se puede dudar, viéndolo actuar. No sólo por esa inscripción omnipresente en su pantalón de pelea (“Mi vida loca”) sino por sus trastornos de conducta, tan frecuentes.

Pero más que nada pienso en Oliver McCall. Esclavo de las drogas, se autorizó su combate revancha con Lennox Lewis, con el título del Consejo Mundial de Boxeo en juego. No lo impidió Sulaimán, que tanto habla de “proteger al boxeador”, ni lo desautorizaron las autoridades de Nevada. Tampoco actuó en su favor el empresario Don King, quien mandó al sacrificio a un hombre enfermo que interrumpió su tratamiento en un centro especializado para enfrentar a un rival temible. Hay una lección moral en todo esto, y deseo expresarla con el mayor énfasis: los periodistas no estamos para asordinar la gravedad de los problemas que aquejan el deporte. Cuando alguien, en este caso Don King (por quien siento un especialísimo afecto) incurre en un hecho altamente reprobable, es mi obligación marcarlo. Le guste o no, es su problema. Pagaría por ver que todos actuáramos en consonancia, para que esta noble profesión siga siendo eso: una tarea por la cual vale la pena jugarse entero.

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