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Roberto Carlomagno, el Señor de los Mares

Cuando tenía 18 años, los padres de Roberto Carlomagno le negaron el ingreso a la marina como voluntario, cortando así, lo que podría haber sido su posible carrera profesional; prosiguió de forma amateur, y hoy con 77 años, se convirtió en el timonel solitario con más millas náuticas del país.

Carlomagno, en uno de sus viajes en Porto Santo, del Archipiélago de Madeira, perteneciente a Portugal.

Cristóbal Colón tuvo mucha suerte”, afirma Roberto “Toto” Carlomagno cuando hace referencia al histórico navegante que descubrió América en 1492. “Llegó al Caribe en octubre: época de huracanes y corrientes fuertes”, comenta este veterano navegante de 77 años que cuenta con más de 50 travesías a mar abierto, siendo el timonel con más millas náuticas del país, aunque él confiesa no llevar la cuenta exacta: “Nunca las conté, pero si no soy él que tiene más, ando cerca”, revela.

Según cuenta, su adoración por el mar comenzó desde muy pequeño cuando iba con su padre a la playa, donde se quedaba contemplando el mar y soñaba con explorarlo. Fue entonces, que cuando cumplió los dieciocho años, se decidió por ingresar a la marina como voluntario. Les comunicó a sus padres la decisión que había tomado, pero ambos les negaron el ingreso entendiendo que era una carrera peligrosa para él. “Fue un golpe duro”, confesó Carlomagno, que pese a la negativa de sus padres, buscó alternativas que pudiesen acercarlo a su sueño de navegar. Con los años recaló en el Club Nacional de Regatas. Allí, comenzó remando botes pequeños por la bahía, pese a que algún hidroavión de la compañía CAUSA (Compañía Aeronáutica Uruguaya S.A) le pasaba ‘muy cerca’ mientras remaba. “Una vez uno me bajó tan cerca que me dio vuelta como un ‘zapato’. Terminé boca abajo en el agua”, recuerda.

Faial es la mayor freguesia del municipio de Santana, en las islas Madeira, Portugal.

Sus inicios fueron en Regatas, pero en el Nautilus Yachting Club fue donde aprendió a navegar a vela. Pasó algunos años navegando por las costas uruguayas, hasta que la vida lo cruzó con el Ingeniero Marcelo Cassiani. Este navegante sería su compañero de ruta durante varios años. Y además, sería la persona que lo motivara a realizar las grandes travesías náuticas. “Con él realicé mi primera gran travesía a la isla de Florianópolis”, indica. Después de varias travesías a islas de Brasil a través de un pequeño velero de tan solo nueve metros de eslora, llamado “Halcyón”, ambos deciden pasar a otra fase: cruzar el océano Atlántico y embarcar en Europa. Corría el año 1972, y todavía no existían los equipamientos tecnológicos; el GPS, los portátiles que contienen programas de meteorología o aplicaciones de navegación; sin embargo, prepararon el viaje con tiempo y solo fue decir “vamos”. Esa travesía transatlántica hacia España fue el puntapié de un sinfín de otras travesías por el mundo, recorriendo lugares inhóspitos; el archipiélago de Madeira, Cabo Verde,las islas de Azores, las islas Malvinas, el propio Mar Mediterráneo, y anclando también en los puertos del Caribe, Lisboa, Barcelona, entre otros. Concretó varios viajes por el océano Atlántico de norte a sur.

Por si fuera poco, en 1976 los dos navegantes logran el hito de dar vuelta al Cabo de Hornos, la zona austral de Chile tradicionalmente considerado como el punto más meridional de América. Se convierten en los primeros de la historia en realizar tal travesía en la navegación uruguaya.

El viejo y el mar

Con más de medio siglo en el mar, Carlomagno tuvo la oportunidad de atravesar el océano Atlántico en nueve ocasiones y en cinco veces lo hizo de forma solitaria. En la actualidad, es el único navegante transoceánico uruguayo que continúa realizando este tipo de travesías solitariamente. La dificultad para encontrar tripulantes en sus largos trayectos, y el espíritu aventurero que Carlomagno siente por seguir explorando el mar, hizo que encarara sus viajes en solitario. “Para realizar este tipo de travesías hay que tener tiempo, muchas ganas y una extrema dedicación. Con el paso de los años también fui adquiriendo más experiencia, por lo que, a veces no preciso hacer grandes esfuerzos físicos porque ya conozco el medio en el que me muevo”, sostuvo “Toto”. “Lo que no haces por fuerza, lo terminás haciendo por maña”, agrega.

Un velero ha llevado a “Toto” por más de mil millas náuticas. Se encuentra con su embarcación en estos días en el país.

La travesía solitaria más larga que registra Carlomagno es Gibraltar – Montevideo. En esa travesía llegó a estar 47 días en mar abierto, sin pisar puerto alguno. Cuando se le pregunta qué hizo todos esos días estando en el medio de “la nada”, él responde con mucha soltura: “disfruto mi estadía en el mar, cuanto más tiempo esté, mejor”, enfatiza como queriendo estar ahí en ese preciso momento. El resto del día lo emplea en tareas como cualquier otra; cocina, pesca, realiza el mantenimiento al navío, trata de descansar y se comunica con sus “amigos infaltables”: los radioaficionados. “Siempre a las 20h 30’ GMT (Tiempo Medio de Greenwich) tengo a varios amigos que se encuentran en la misma frecuencia y me acompañan en el viaje”, manifiesta con una gran sonrisa. “Con ellos charlamos de todo un poco; me preguntan dónde me encuentro en ese momento, cómo está el clima y hasta incluso ellos me dicen cómo estará el clima de acuerdo a mis coordenadas”.

En cada uno de sus viajes, Carlomagno tendrá un repertorio de anécdotas. Algunas buenas y algunas no tan buenas que él prefiere no contarlas, y sí contar aquellas que le producen satisfacción. “Sí yo cuento las feas después nadie quiere hacer navegación y mi objetivo es todo lo contrario: quiero que la gente se acerque más a la navegación y se anime a disfrutarlo”, explica con una risa picarona, mientras señala que “las tormentas, la piratería en el altamar o mismo la presencia de tiburones, pasa mucho por la “fantasía de la gente”. “Cada uno con su librito; en mis años de navegación por el Atlántico nunca sufrí un saqueo, aunque reconozco que esa práctica se puede dar más en el océano Índico. Pero, eso de que el mar está lleno de tiburones, no te la llevo. En toda mi vida habré visto uno o dos, pero nada más. Se ve que a mí ni los tiburones me quieren”, dice en tono jocoso.

La travesía solitaria más larga que registra Carlomagno es Gibraltar – Montevideo. En esa travesía llegó a estar 47 días en mar abierto, sin pisar puerto alguno.

Respecto a las tormentas que debe sortear un navegante, este veterano explica que “por lógica”, en la navegación no existen acontecimientos rápidos. “Ninguna tormenta te viene así ‘de la nada’, yo no las conozco”, subraya. En cambio, señala que lo que sí debe hacerse es anticiparse a los acontecimientos. Carlomagno dice que hay una cantidad de variables que anuncian el deterioro del tiempo. “Cuando empieza a bajar el barómetro, ahí ‘guarda’ porque se puede venir algo”, afirma. En ese sentido, apunta a la importancia de planificar con tiempo la ‘hoja de ruta’, sabiendo qué época del año es más propicia para navegar a ese destino que se quiere ir. “Al Caribe hay épocas en la que no se puede ir porque son más factibles los huracanes, pero hay otros tiempos que son más estables, de vientos más tranquilos. Entonces, cuando uno dice ‘me voy’ a navegar… son listas y listas interminables de cosas que hay que chequear meticulosamente para saber si está todo bien. Ahí, tenes asegurado un gran porcentaje enorme de éxito en la navegación”, asegura.

Hoy en día, la tecnología para los navegantes es una herramienta de gran ayuda para perfeccionar la hoja de ruta. “Negar la tecnología actual sería muy quijotesco, ahora todo es mucho más fácil que antes”. La tecnología da exactitud, dice Carlomagno. “Sí estás acá –muestra un vaso de agua en la mesa- sabes que estás ahí exactamente y no en otro lado”. De todas maneras, él confiesa que todavía utiliza las predicciones astronómicas para guiarse. “Yo me inicié en la época que no había nada, donde se navegaba a través de las predicciones astronómicas, que también vale decirlo son muy precisas. Pero, es verdad que a veces hay condicionantes que la limita; por ejemplo, un tiempo nublado que no te permite ver los astros, ¿y ahí qué hacés?, bueno allí se estima”, sostiene. “Si vos llevas un determinado rumbo a una determinada velocidad, puede haber algún desvío por algunas corrientes, aunque sería mínimo, entonces podrías calcular tu posición de acuerdo a la última en la que estabas”, aclara.

La importancia de la familia

Una cuestión que Carlomagno la considera fundamental para cualquier navegante que quiera realizar travesías largas, es el apoyo familiar. “Te diría que es la prioridad número uno”.

Vos podes tener el mejor barco con todos los complementos, pero sino tenes un entorno familiar que te apoye, estas muerto”, dice. “Si no fuera por ellos no estaría acá contando mi historia”. Carlomagno se casó con su señora esposa hace 53 años, tuvieron dos hijos y ahora se le sumaron los nietos. Muchas veces su familia lo acompañó en sus viajes más cortos, cuenta.

“Siempre a las 20h 30’ GMT (Tiempo Medio de Greenwich) tengo a varios amigos que se encuentran en la misma frecuencia y me acompañan en el viaje”.

Toto” como se lo conoce en su ámbito más cercano, reside en el departamento de San José, y durante toda su vida combinó sus tareas del campo con el mar, argumentando que ambos lugares se le parecen mucho. “En los dos ambientes tenes distancia. Tu vida no está limitada por una pared o por una calle. Tenés libertad de poder desplazarte y sus soledades son las mismas; en ambos lugares debes arreglártelas solo”, señala, mientras se pasean personas por el Yacht Club Uruguayo -lugar dónde fue pactada la entrevista- que lo saludan, se preocupan por su salud y le solicitan consejos sobre sus proyectos de navegación. Él se siente querido y respetado por sus pares, a los cuales agradece ese cariño y les aconseja que debieran explorar más los mares. “Los bromeo a veces diciéndole que todavía creen en la antigua teoría del horizonte sin fin, en el cual, el barco llegaba hasta cierto punto y luego se caía al precipicio”, como forma jocosa de decirles que pueden ir más allá de Montevideo a Punta Del Este y viceversa.

Ya con varias millas recorridas en su haber, y estando casi seis décadas en contacto con el mar, este veterano avisa que todavía le quedan muchos lugares por conocer y se ilusiona con nuevos proyectos. “¡Tengo 77 años! Mientras la salud me lo permita quiero seguir viajando. Si a mi edad no tengo proyectos estoy con las patas en el cajón. Siempre miro para adelante”, concluye.

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