Agudo retrato de una tragedia
Múltiples son naturalmente los ejemplos de esta tendencia a la mercantilización de la tragedia, que ha recorrido el centenario itinerario del arte del celuloide.
Es que la violencia trasladada al cine siempre ha rendido jugosos dividendos, lo que ha sido asumido cabalmente por la megaindustria, que responde a la ley de la oferta y la demanda con productos habitualmente de alto presupuesto pero vacíos de valores artísticos. Otro aspecto censurable es naturalmente el mensaje no siempre tan subliminal, impregnado de heroísmo fácil, patrioterismo y catecismo proimperialista.
Hace algunos meses, se estrenó en Montevideo la nueva versión de «Apocalipsis ahora», el gran filme del cineasta Francis Ford Coppola, que con cincuenta minutos más de metraje que la producción original, confirmó que aún es un auténtico clásico.
Esta obra maestra, más allá del fuerte impacto provocado por la crudeza de sus imágenes que soslaya el frecuente pecado capital del efectismo, desnuda descarnadamente las pasiones humanas en situaciones límite.
Sin embargo, quizás uno de los últimos exponentes del cine bélico que nos sacudió por su intensidad dramática sea la memorable «La delgada línea roja», un terrible filme testimonial que logró reconocimiento internacional pero fue ignorado por Hollywood, pese a sus múltiples norminaciones al Oscar. Esta conmovedora cinta observa la tragedia de la guerra desde ambas trincheras, proponiendo una osada exploración de la condición humana y las pasiones.
Naturalmente, el cine europeo suele describir esas realidades con trazos radicalmente diferentes, que priorizan la peripecia vital de los personajes en detrimento del espectáculo meramente gastronómico.
Tras la extinción de la guerra fría que sepultó el mundo bipolar, otros conflictos aluvionales no menos lacerantes sacudieron a la humanidad. Uno de ellos fue precisamente la guerra fratricida acaecida en la hoy atomizada ex Yugoslavia, que fue recreada hace unos años en la magistral «Antes de la lluvia».
«El último día», filme ganador del Oscar a la Mejor Película Extranjera entre otros importantes galardones, recupera fragmentos del despiadado drama de un pueblo fracturado y enfrentado a sus propias contradicciones y ancestrales odios étnicos.
El cineasta balcánico Danis Tanovic construye un conmovedor fresco humano, a partir de la peripecia de dos soldados uno serbio y el otro bosnio que quedan atrapados en una trinchera en pleno frente de batalla.
Narrado mediante una mixtura entre lo documental y una estructura novelesca no exenta de apuntes de humor negro, el filme desnuda las pasiones humanas detrás del rostro grotesco de la violencia.
Capitalizando su propia experiencia como corresponsal de guerra en el corazón del conflicto, el creador bosnio manipula hábilmente los hilos de las emociones y los sentimientos de sus personajes.
En los primeros tramos del relato, en un amanecer con pinceladas de intensa poesía visual, la cámara impacta fuertemente los sentidos del observador con el virtual fusilamiento a distancia de un pequeño pelotón de combatientes.
Luego, la lente se traslada a los bastiones de ambos bandos, proponiendo un breve paneo de los primeros conflictos individuales del infierno global.
La acción transcurrirá, empero, en esa tierra de nadie (título original de la película), donde se encuentran los dos soldados enemigos y un tercero que creían muerto, que debe permanecer tendido en el suelo para que no detone una mina colocada bajo su cuerpo.
La historia se transforma, entonces, en un duelo de temperamentos, en que ambos protagonistas se reprochan mutuamente por el origen de la guerra, transformando al acotado espacio físico de la trinchera en un escenario de lucha por la territorialidad, tal cual sucede con el hombre desde las civilizaciones primigenias. El argumento «tienes que obedecerme porque yo tengo un arma y tu no», resulta de una elocuente contundencia.
Sin embargo, el realizador no se detiene en la mera observación de las conductas de estos dos atribulados soldados que dirimen su propia guerra privada.
El relato reproduce otros conflictos menos previsibles pero reales, en este caso de los cascos azules que integran la fuerza de paz de la ONU, que también se disputan el derecho a incidir sobre la realidad, ignorando, incluso, las órdenes de sus superiores.
El circo mediático con una legión de periodistas a la caza de la exclusiva en pleno campo de batalla, nos sugiere, sin eufemismos, que la tragedia de la guerra se ha transformado en una mercadería cada vez más codiciada.
La obra demuele los esquemas habituales del género bélico, proponiendo una narración de ritmo moroso y escritura despojada, en la que los gestos y actitudes suelen resultar más elocuentes que las palabras.
Mediante una escritura de trazos contundentes, Danis Tanovic trabaja adecuadamente las pasiones, emociones y afectos de los protagonistas, identificándolos como víctimas involuntarias de una confrontación absurda.
La fotografía, que enfatiza adecuadamente los contrastes entre la grandeza de los paisajes y la devastación, se suma a un reparto actoral sobrio y competente.
Todo ello conforma una obra madura, ambiciosa y desprovista de tonos discursivos, que exalta los valores y el espíritu humanista, sin renunciar a los apuntes críticos y al humor negro de trazo a menudo desmesurado. *
EL ULTIMO DIA. Origen: Bélgica, Bosnia, Francia, Italia (2001). Dirección, guión y música: Danis Tanovic. Fotografía: Walther van den Ende. Reparto: Branko Djuric, Rene Bitorajac, Filip Sovagovic, Georges Slatidis y Alain Eloy.
Compartí tu opinión con toda la comunidad