¿Nos quedamos sin el FONA?

Una de las noticias más celebrables para la cultura nacional, desde el regreso del país a la democracia, fue la creación del FONA, un fondo de promoción y respaldo a las producciones audiovisuales uruguayas.

Ese fondo fue parte de una compleja negociación que, en su momento, tejieron la Intendencia de Montevideo, el Ministerio de Educación y Cultura y las empresas a las que se concedió la parte mayor de la explotación de la televisión por cable.

Al paso de algunos años, y más allá de su origen, el FONA ha permitido no sólo mejorar la producción audiovisual sino también hacer verosímil, por fin, la idea de una industria cinematográfica autóctona. Poco a poco las repercusiones internas, y sobre todo externas, lo han ido confirmando.

Como consecuencia, hay varios actores cuya imagen ha recibido importantes réditos: los creativos locales –realizadores, técnicos, guionistas, etcétera– ahora reconocidos en mayor grado, las propias televisoras abordando la promoción de la cultura y el mismísimo país como productor cada vez más calificado de videos y películas. En otras palabras, los beneficios han superado largamente a las dificultades que tuvo este parto, a la inversión que ha sido necesaria y a ciertas descoordinaciones que, particularmente en la primer etapa, causaron un desgaste. Sin embargo, el FONA ha ingresado a terapia intensiva con pronóstico reservado.

¿Las razones? Bueno, hay al menos una, muy notoria, a la que se refieren constantemente quienes más deben aportar al fondo, y que al menos parece una simplificación: la crisis económica hace imposible que las televisoras sigan pagando las sumas en dólares que establece el convenio.

Dígase sin eufemismos: estas empresas han sugerido que no pueden seguir apoyando al FONA. Aducen no disponer de dinero suficiente.

La crisis es real. También lo son las dificultades por las que atraviesan los aportantes, aunque se sabe que ese sonsonete de «no tengo plata» a veces se sumerge exageradamente en la ficción y deviene mera estrategia de coyuntura. Pero, en todo caso, no hay argumento alguno que asegure que esto es blanco o negro. Entre el ayer ideal y este hoy comprometido bien puede mediar un ajuste que impida que todo se vaya al diablo. Será siempre preferible recortar el fondo que cerrar del todo la canilla y tirar por la borda cuanto de bueno se ha hecho hasta ahora.

Como hay una deuda acumulada de las televisoras que está apenas por debajo de los 300.000 dólares, es imperativo armar una financiación que les permita ponerse al día. Y como hay un convenio que establece montos en dólares para el futuro, que con seguridad ya hoy son insostenibles, es igualmente imperativo acordar un nuevo programa de aportes ajustado a la realidad.

¿Habrá que otorgar plazos especiales e incluso recortar lo que se debe? Es probable. ¿Habrá que reducir las cifras para los próximos años? Es probable. ¿Habrá que bajar de los dólares a pobres pesos uruguayos? Es probable.

Unos y otros –aportantes deudores y productores beneficiarios– están obligados a ver con claridad el objetivo: el FONA no puede detenerse, debe seguir.

Hasta donde se sabe, es la Intendencia de Montevideo la que ha asumido la responsabilidad de impedir que esto se caiga. Nadie ignora que cualquier negociación con las televisoras, y más cuando se apoxima otra campaña electoral, será compleja. Muy compleja. Pero hay que encararla sin dudar.

Lo parezca o no, es mucho lo que la cultura nacional aquí se está jugando. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje