El reino de la chanchada
Es el caso de «Videomatch», el programa del argentino Marcelo Tinelli, que acá vemos en diferido. Está absolutamente basado en las más repulsivas vulgaridades y apunta sobre todo a la exaltación del golpe y porrazo, del ridículo ajeno, de un machismo cavernario y de la mujer como objeto sexual.
Empero, tiene una audiencia creciente, es frecuente motivo de conversación en tertulias diversas y aun en las familias y varias de sus fórmulas, desde las gestuales hasta las estéticas y el lenguaje, se han «pegado» a productos autóctonos que no se distinguen por su originalidad y hasta al habla misma de la gente común.
Se ha dicho que el desarrollo de la civilización ha obligado a las sociedades modernas a apelar a tantas reglas que la ruptura de algunas, como si se tratase de una picardía inocente que nos permite aflojar el corsé, funciona al modo de una tentación contra la que no se puede. De ahí vendría ese vulgar disfrute que, en lo profundo de la mismidad, solemos hallar y seamos honestos intelectualmente hablando en primera persona en lo soez, en lo escatológico, en lo impúdico, en lo grosero.
Y es apelando a esta verdad incómoda de la condición humana que cierta televisión, usando mejor, abusando- de formatos burdos, se presenta hoy como «transgresora» y defiende la legitimidad de su propuesta, más allá, incluso, del mero éxito de rating y de su lógica consecuencia, la rentabilidad publicitaria.
Ahora bien, ¿hemos de conformarnos, así nomás, frente a esa influencia que se regodea en lo más pedestre, sólo por el hecho de que, escarbando, haya sacado a la luz algunas de las miserias interiores del hombre? Claro que no. Hay que dar pelea si es que queremos contribuir a la construcción de una sociedad mejor, más instruida, más culta y, por tanto, más libre. Cambiemos de canal, sabiendo por qué lo hacemos.
Cuando nos sometemos frente a tamañas trampas cuya esencia está en nosotros mismos, omitimos una verdad gravísima: las consecuencias son sociales.
Aldous Huxley decía que una mala obra de arte puede ser extraordinariamente dañina; ¡qué diría hoy acerca de estos «entretenimientos» que nos propina la caja boba! Según Huxley, en el hombre anida un impulso que tiende hacia un orden y un sentido que nos liberen de la perplejidad causada por la abundancia de influencias recibidas. Pero para alcanzar ese orden y ese sentido debemos enriquecer nuestra interioridad con un sistema de símbolos que procedan de la comprensión y la simpatía; podría decirse, y sería igual, que deben proceder de la tolerancia y de la benevolencia.
Si en cambio los símbolos proceden de la vulgaridad, y exaltan lo peor de la condición humana, el deterioro social será la consecuencia inevitable. Aceptándolos, habremos estado construyendo una sociedad no de ideas, no solidaria e inteligente, sino del más ramplón y sudoroso estilo tribuna Amsterdam.
Como hay una estrecha relación entre la intencionalidad de los símbolos y los hechos del mundo exterior que inconscientemente transferimos a nuestra mente, cambiar las cosas adquiere el rango de un imperativo moral.
Es tarea de cada uno, no sólo del crítico, y no es tarea sencilla. Use el control remoto, mi amigo; mire que el enemigo, a veces, nos hace reír mucho. *
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