¿Quién le teme al arte teatral?
Lucía, una grave profesora de filosofía a punto de retirarse (Elena Zuasti) no soporta la prédica de su doméstica Gladys (Filomena Gentile), apóstol de la felicidad y la distensión. La profesora, de buenas a primeras, despide a la doméstica, pero súbitamente adopta sus exhortaciones, con un diálogo de ultratumba con un amor perdido. Gladys, víctima, literalmente, de violencia doméstica por parte de su compañero, que le deja un ojo en compota, pide a Lucía volver y hasta ocultarse en la casa de su ex patrona. Nadie más rápido para decidirse que Lucy, que ampara a la ex doméstica y la alberga con el agregado de su hija adolescente Chelita (Annabella Calisto), integrante de una banda de rock, más al día, aún, que su madre, sobre todo en materia de lenguaje. Se adivina el final es la conversión de la profesora a la música popular: le faltan unos segundos para empezar a bailar, liberada y feliz.
Esta mínima trama está poblada de peripecias inconducentes que distraen del tema de la saludable redención de la profesora gris por jóvenes con música. Hay un robo, una denuncia, una reconciliación, insistentes desplantes, que suponemos muy «en onda» de la adolescente e infinidad de frases de relleno sobre el cansancio de corregir escritos, el azúcar en el té o café y hasta sobre los valores literarios de «Madame Bovary», libro donde la profesora ha guardado mil quinientos dólares. El conflicto anunciado, que podría tener verdadero interés, se desvanece en la cháchara insustancial. La obra parece una fabricación circunstancial, destinada a llenar un bache de la programación: no tiene ninguna de las señales de un verdadero intento de creación artística, creación a la que se alude, como botella al mar o grito de auxilio, con el título, que nos recuerda simultáneamente a Flaubert y a Albee y su «¿Quién le teme a Virginia Woolf?». Si la profesora tiene en tanta estima a «Madame Bovary», a la que califica como la mejor novela que se haya escrito, marca un punto de comparación que, para esta pieza, es demoledor. Todo el esfuerzo y el rigor de Flaubert, que trabajó deliberadamente sobre materiales humanos tan o más pobres que los posibles modelos de esta pieza de Carlos Manuel Varela, seres nimios a los que transforma con su arte en gigantes de purísimo mármol, es el ejemplo de todo lo que le falta a esta obra: trabajo, reflexión, amor por el arte de escribir, culto de la sencillez y la sobriedad, orden, proporción, equilibrio, verosimilitud. Por cierto, no hay que proponerse ejemplos prácticamente inalcanzables; pero hay una seria responsabilidad de la facilidad, de los argumentos llevados al papel a vuela pluma, de la falta de crítica de las tramas, del descuido en el armado y la resolución que tienen una importancia negativa en la que los autores no parecen reparar. El espectador no entrenado en el teatro local al que se le presenta «¿Quién oyó hablar de Madame Bovary?» puede creer que el teatro «culto» es eso, y concluirá, razonablemente, que el teatro no es para él, que su mundo de elección son las heroicas imágenes de «Gladiador», «Corazón valiente» u «Hombres de negro». Se habrá perdido un espectador más para el teatro, que tanto dice necesitarlo y que tan adecuadamente lo ahuyenta.
Se espera que el crítico, aunque sea en las últimas líneas, hable de la interpretación. Elena Zuasti, que también dirige, y Filomena Gentile, ésta un tanto sobreactuada, son actrices de primera línea y no podemos evocarlas sin gratitud y admiración por su arte; pero es precisamente esta destreza profesional la que hace más evidente la insuficiencia del proyecto que sostienen. Existe para los actores la tentación de redimir un espectáculo desde su propio arte, que saben sería, de tener éxito, todo el mérito de la obra; pero es una de las más insidiosas tentaciones de Satanás.
¿QUIEN OYO HABLAR DE MADAME BOVARY? de Carlos Manuel Varela, con Elena Zuasti, Filomena Gentile y Annabella Calisto. Ambientación de Orlando Mmarabote, vestuario de Cristina Cruzado, iluminación de Martín Blanchet, dirección de Elena Zuasti. En «El Sótano», en el Carrasco Lawn Tennis, Eduardo Couture No.6401 Tel. 600 4312.
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