El cielo puede esperar
MARCELO BUSTAMANTE
Después de recorrer el país presentando su último disco Buena Suerte, Hasta Siempre y de actuar recientemente junto a los Ataque 77 en el Teatro de Verano con motivo de celebrar los 12 años de la Factoría, Buitres tenía la casi obligación de variar el menú para cuando tocara en la sala Zitarrosa. Gabriel Peluffo lo había anunciado: «Vamos a tocar temas que están un poco olvidados». Así fue.
En un teatro colmado, con las entradas agotadas, el grupo se sacó las ganas de reflotar algunas canciones que hacía varios años no interpretaban. Resucitaron el disco La Bruja, el segundo de su producción. «El amor es un perro del infierno», un rocanrol cuadrado que supieron tocar con frecuencia, sonó con algunas variaciones a la versión original, recordaron «Natalia», incursionaron en el blues al iniciar el segundo set de temas, con «Al salir el sol», y continuaron con «La Ultima Canción».
La Bruja, tal vez sea el disco más experimental y que pasó desapercibido dentro de la carrera de esta banda, el que tiene el sonido de Los Estómagos y donde incursionaron en diferentes estilos, como el blues, el pop y el clásico rocanrol. La nostalgia «estomacal» tampoco estuvo ausente en un teatro que tuvo la participación de numerosas parejas con 3 o 4 décadas de vida. «Frío Oscuro» y «Solo» fueron una muestra de su prehistoria.
Pero los temas que quedaron en el «rincón de las arañas» no fueron sólo esos. Evocaron sus orígenes con «Llorando por vos» y la pandense «Mujeres que fuman», y presentaron a sus nuevos fans adolescentes, «Todos tienen algo que ocultar, incluso John Lenon y su Yoko Mono», del año 1995, sobre la que el propio Peluffo aclaró, «seguramente no es de las más conocidas pero está buena».
En el repertorio incluyeron dos de las tres canciones que no fueron editadas por el grupo, sino hasta que introdujeron en su recopilación El amor te ha hecho idiota, digamos «Final» y «Trece Palabras».
El público de Buitres, que no está acostumbrado a verlos en teatros, debió contenerse para no hacer «pogo» frente al escenario. Luego de un inicio en el que una decenas de personas se abalanzaron, inmediatamente fueron contenidos, y rápidamente comprendieron la diferencia de tocar en un teatro de Verano, un gimnasio o hacerlo en una sala como la Zitarrosa. Sin embargo, la mayoría no aguantó quedarse sentado en la butaca y observaron el espectáculo parados, coreando, cantando, y «agitando» en una buena.
Lo del viernes por la noche fue prueba de la madurez del público, muy jóvenes en su mayoría, y que sólo hace rechazar el preconcepto sobre la relación del rock con la violencia. Todo bien, todo legal. En cuanto al espectáculo, el talón de Aquiles lo tuvo tal vez la elección de temas poco interpretados en vivo. La memoria de Peluffo le falló en «Ya no saben que decir», canción de Rantifusa. Minutos antes advirtió con el tema «Se ha perdido una mujer» que esperaba que no le pasara lo mismo que en el teatro de Verano, cuando tuvo un desliz en la letra. En el resto nada que decir. La cancha le sobró al cuarteto que en la ocasión fue de cinco por la inclusión del tecladista, y después de hacer saltar a la barra con la pegadiza «Buitres» (El cielo puede esperar), «El Instrumento», «Te llevo en el sentimiento», quedaron bien con los futboleros, terminaron el recital interpretando «No te puedo matar», adoptada por los hinchas de Peñarol, y «Cada vez te quiero más», identificada con Nacional.
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