ARTE

Documenta XI: una frustración esperada

La elección de Okwui Enwezor como director de la Documenta XI suscitó el entusiasmo inicial y el aplauso casi unánime de los países no europeos. Era la primera vez que un estadounidense (aunque nació en Nigeria, se formó y vive en Nueva York) asumía la responsabilidad del más importante certamen internacional de arte contemporáneo. No es pues una personalidad representativa de las culturas tercermundistas, como algunos, ingenuamente, creen. Formado en literatura y ciencias políticas, con curadoría en una de las bienales de Johannesburgo, ya desaparecida, sin credenciales como crítico o historiador de arte, era inevitable, desde el vamos, el largo camino hacia el fracaso. Los artículos publicados en distintos países (algunos más virulentos en Italia, otros más sinuosos y ambiguos en Alemania, muy directo y demoledor de Jean-Christophe Ammanm, exdirector del Museo de Arte Moderno de Frankfurt) no reconocieron como positivo su empeño de cuatro años de labor.

De todas las documentas esta fue, para el asiduo, regular visitante, la de menor atractivo y compromete seriamente su futuro prestigio. Aunque hay que coincidir que las bienales (Venecia, Lyon o San Pablo) ya no son tan atractivas como antes. Se advierte una fatiga en la pesada organización de estas instituciones que intentan abarcar demasiado sin advertir que la situación mundial cambió. Quizá la menos afectada es Lyon, más concentrada en sus propósitos temáticos como la ejemplar dedicada exclusivamente al video y las instalaciones. En cambio, la osadía de la Feria de Arte de Basilea, con el espacio dedicado al sector experimental (Unlimited) se convirtió en el punto de referencia inevitable para conocer la situación actual de los creadores, el encuentro más abierto a los nuevos lenguajes en un ámbito de pujante energía que dura apenas una semana.

La Documenta XI se mantiene cien días. Los talentos de Harald Szeemann (en 1972) y Catherine David (1997) marcaron su espíritu inconformista e innovador, Jan Hoet (1992) lo consiguió en parte y logró, sin embargo, salir airoso en la edición novena. No se puede decir lo mismo de Enwezor, un hombre que demostró sus grandes limitaciones para entender el fenómeno estrictamente artístico, imbuido de una ideología trasnochada.

El plan de Enwezor fue la concepción en cinco actos o plataformas (el término ya fue incorporado en exposiciones montevideanas) que se dispersó por varios continentes antes de recalar como broche ilustrativo en Kassel. En 2001 empezó en Viena el coloquio sobre Democracia, un proyecto inconcluso, siguiendo el pensamiento de Habermas, el segundo en Nueva Delhi al mes siguiente, Experimentos con la verdad: justicia tradicional y procesos de verdad y reconciliación, la tercera plataforma fue un encuentro cerrado en la isla caribeña de Santa Lucía acerca de lo criollo y la cuarta fue una discusión sobre los procesos económicos y urbanísticos en cuatro ciudades Freetown, Johannesburgo, Kinshasa y Lagos, que tuvo lugar en esta última capital. Con un equipo de cocuradores o consultores (Carlos Basualdo, argentino radicado en Nueva York al igual que el español Octavio Zayas, de la revista mallorquina Atlántica que tiene como colaborador a Enwezor, Ute Meta Bauer, Susanne Ghez, Sarat Maharaj y Mark Nash) el enfoque fue políticamente correcto sobre problemas sociales, culturales y políticos en un mundo poscolonial, seleccionando obras por su belleza y su energía, conceptos tan controvertidos como difusos. Lo que menos le interesó fue la situación social, política y de contextualización cultural del arte en un mundo globalizado. En vez de partir del arte, se hizo al revés. La quinta plataforma dificilmente ilustró la propuesta que, queriendo ser abierta y amplia, resultó más elitista que antes.

Esa dispersión geográfica de las discusiones no fueron accesibles sino a públicos locales (las fotografías enseñan una raleada asistencia) y la afirmación de que la mayoría de las obras fue hecha para la Documenta XI es un engaño: El argentino Víctor Grippo las expuso incluso en el Museo Blanes, el uruguayo Luis Camnitzer (hace 40 años en Estados Unidos) con obras anteriores y según un testigo, expuesta en la Bienal del Whitney, los dibujos de Louise Bourgeois recogen varias décadas de realización, las fotografías de Bernd & Hilla Becher están fechadas en 1971-73, el proyecto de Constant es muy conocido desde los años setenta (y aún antes ya en Brasilia), la instalación de Hanne Darboven proviene de 1997-98. Habría que tener un poco de prudencia en las declaraciones y no utilizar las estrellas del arte internacional como un anzuelo o pretexto para un acontecimiento que necesariamente, tiene que registrar la actualidad y no cristalizarse en el pasado.

Como de hecho es la visión del director y numerosos participantes. Hay un aire vetusto en el entendimiento de la realidad social y política como si desde los años sesenta y setenta nada hubiera transcurrido, como si los sistemas de tortura y colonialismo no hubieran tenido desplazamientos más sutiles y aberrantes que los aquí se muestran como documentos y sin imaginación creadora. Abundaron en exceso las fotografías (todas de excelentes calidad, como es de suponer) y los videos informativos, terriblemente aburridos en una internacional, y sin la intención etnográfica recuperativa de la cultura esquimal del grupo canadiense en sus numerosos monitores que crearon un corredor de convivencia inusual en su variedad operativa.

La Documenta XI se modificó pero no para mejorar. Inclusive su presunta incorporación de artistas del tercer mundo es una farsa y sigue siendo tan paternalista y eurocéntrica como siempre, aunque se revista de ropajes aperturistas. Por lo menos las anteriores no intentaron engañar sin especular con espejitos de colores.

No hay peor cuña que la del mismo palo y el nigeriano Enwezor (afrodescendiente, un eufemismo hipócrita empleado actualmente para nombrar a los negros) afincado en Manhattan, lo demostró fehacientemente.

Y sin embargo, para críticos y artistas, tuvo un enorme interés por la presencia de individualidades que se diferenciaron de los dogmatismos ideológicos que se trazaron.

Quienes pudieron viajar y no lo hicieron quedaron inhabilitados para opinar no sólo sobre la Documenta, obviamente, sino sobre varios aspectos del arte de hoy que, por extensión se suscitaron en en los diferentes locales y parques de Kassel.

Los catálogos (son tres, una guía breve y suficiente, a la que se agregan dos pesados volúmenes, uno de excelentes fotografías y otro que nadie leerá y sin el sentido que le dio Catherine David al suyo que todavía, junto con la organización, sigue siendo un referente insuperado).

En la primera de esta serie de artículos, se publicó un recuadro de las personalidades y revelaciones de la Documenta XI. Que ahora se repite para que el lector fije nombres que importan. Sobre algunos de ellos habrá que insistir. (Tercera de una serie de notas sobre un viaje a Europa). *

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