El regreso de Oliver Stone
Hay una idea de escritura visual que a Oliver Stone, desde Asesinos por naturaleza, parece no abandonarlo o en todo caso se le ha vuelto una obsesión de carácter formal: la estética de video clip o montaje rápido, de diálogos alterados por la propia información visual refiere más que nada a delatar lo que podría denominarse hiperrealidad.
O sea que Juliette Lewis y Woody Harrelson, los asesinos seriales del filme antes mencionado, están tan volados del mate que Stone apela al montaje rápido para mostrar crudamente la sensación de ‘bordelines’ en un escenario que ha devenido inmenso, aterrador ‘reality show’ al modo de los segmentos televisivos que tanto rating obtienen ya en todas partes.
Le ocurre, en su pesadilla personal, al personaje elaborado por Sean Penn en U-Turn y, desde luego, toda esa lógica reflexiva a partir de la saturación de las imágenes va a alcanzar su repotenciación en Un domingo cualquiera: el reality show del show con esos deportistas vueltos robots por naturaleza en el perímetro de un estadio, de un pan y circo de fin de milenio que evoca –desde el futuro ya llegó– a aquel filme de anticipación (o ciencia ficción) que venía a ser Rollerball, de Norman Jewison.
En Un domingo cualquiera, en su impresionante desarrollo del ‘reality show’ con imágenes rapidísimas y adrenalínicas, Oliver Stone trabaja la metáfora de la deshumanización. Su modo será estridente y sofocante en la sucesión infinita de secuencias con que articula su relato, pero no hay otra cosa que la urdimbre de la condición disidente, furiosa, que se niega básicamente a que «una imagen vale más que mil palabras», pero que se aprovecha de esa falsa o al menos polémica premisa para redondear su idea de individuos que se devoran a sí mismos por un minuto –ya no los quince de Andy Warhol– de gloria.
Por supuesto que, en esa dirección, Stone propone un espacio antiutópico, veteado por el caso y por la sensación de un vale todo que equivale no solamente a lo deshumanizante, sino también a la idea de decadencia sin épica ni ninguna otra forma de belleza, tan sólo el ser y estar de la contemporaneidad y sus senales de descomposición de la comedia humana.
Los personajes son deliberadamente estereotipos para que Stone pueda, entonces, enfatizar su tesis de un futuro corporativo o un ahora con senales o indicios muy palpables de esa situación de cuno apocalíptica: el entrenador mezcla de autoritario y tierno individuo al cual su eje vital es el signo de la victoria; la estrella deportiva que entra en todas para seguir su ruta ascendente (Jaimie Fox); por oposición, el astro en vías de retiro y con dignidad (Dennis Quaid); Camerón Díaz, la hija ultrambiciosa que quiere continuar el legado que dejó su padre al morir, una empresa billonaria llamada fútbol americano; Matthew Modine, el médico ya de vuelta de todo, que le inyecta a sus jugadores lo que pinte con tal que salgan al circo del reality show a matar.
O sea que Stone apela a todos los recursos que ha construido ese emporio de individuos o esa tribu del ahora, del aquí y ahora para componer un fresco provocador y revulsivo, abrumador y en consecuencia contestatario del estado de las cosas.
Las ‘steady-cam’ las utiliza como el elemento de escritura: ese vértigo desconsolante pero cada vez más expansivo y destructor es en lo que nos hemos transformado al pie de un milenio que parece tener potestades de un vale todo violento que ciertamente es la consolidación del imperio del vacío. Seduce y te mata o te ausenta inesperadamente o te reemplaza sin explicaciones o te revive mutantemente. Tremendo, sí. Pero es el mensaje desde la metralla visual que produce Oliver Stone para dejar constancia de su visión del mundo.
Un domingo cualquiera llama a practicar lecturas, y he ahí que haya tanta polémica.
El reality show debe continuar, y por ellos hay que hacer cualquier tipo de acrobacia corporal o emocional o incluso intelectual para que no se cambie ese globalizador estado de las cosas.
En pocas palabras: Stone deja constancia de que la idea de civilización versus barbarie sigue tan apegada al suceder de los incidentes humanos, como el casco de un jugador de fútbol americano pegado a su cuero cabelludo y a llegar –incluso destripando gente– a una meta, a la exhalación de la alienación colectiva. Contra ese mundo de imágenes saturadas es que Stone dispara sus propias imágenes saturadas. Una forma inteligente de senalar que los tiempos desangelados, corporativos, dominan por encima de aquellos climas libertarios. Y habrá que rebelarse o ser rebano.
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