"Cara de fuego" de Marius von Mayenburg

Joven alquimista

Todos han contestado que nada: sus obras comienzan por desmontar toda ilusión. Es la frase desgarradora de Müller como Ofelia: «Retiro el mundo que engendré. Ahogo entre mis muslos al mundo que di a luz» o, como Hamlet, «Mi cerebro es una cicatriz. ¡Yo quiero ser una máquina!» Bernhard responde como un eco en «Plaza de los héroes» «…los seres humanos se matan siempre mutuamente / las personas casadas se matan siempre / la cuestión es saber quién será aniquilado primero…» (pag.65); y más claramente, «No tenemos en toda Europa más que hombres artificiales, que han sido convertidos por la escuela en hombres artificiales» (El sótano, p. 105). Si es dichoso el árbol, porque es apenas sensitivo, y más la piedra dura, porque ella ya no siente, nada mejor que una máquina para sobrevivir; sobre todo en un mundo donde el hombre máquina, el regido por el índice Dow Jones, el riesgo país, la sensación térmica y, ahora, la «confianza del consumidor», ya existe y, como Peer Gynt, es legión.

En esa tradición de verdades dolorosas, de confesiones sin vueltas, en ese levantar el velo de Maia está ahora el joven Marius von Mayenburg (1972), que agrega a todo una pizca de Beckett y buenas dosis de pensadores como Nietzsche (o Klages) o aún Cooper y Reich. «Cara de fuego» tiene la visión del mundo en imágenes comprimidas y eléctricas pero rítmicas, de Zarathustra, el sobrevivir enajenado de Beckett, la visión desoladora de la familia de Cooper, la percepción de la personalidad y de la familia autoritaria de Reich y Adorno.

Pero Von Mayenburg, además, es un trágico de una extraordinaria maestría y madurez como artista. No le ha sido preciso, como a Müller, desvelarse sobre los libros, rehacer a Brecht, parar de cabeza a los clásicos; ni, como a Bernhard, sumergirse en la contemplación de su ombligo.

Ha encontrado la tragedia en una familia común y vulgar, como luego lo hará en «Parásitos», con hombres y mujeres corrientes. Los personajes de «Cara de fuego» pueden salir de más de un cuento o telenovela local. Von Mayenburg mira a su alrededor, y así como a Marx, al pie de sus implacables ecuaciones económicas siempre le sale un muerto, a von Mayenburg no se le escapa un solo cadáver. Observa a los padres y mide su rigor mortis; aparecen los hijos, hechos a su imagen y semejanza, y ve que reflejan a los padres en un horrendo espejo deformante (como siempre, los hijos reciben los estigmas del Padre). No hay, en realidad, un conflicto, porque todos quieren lo mismo, sea que lo sepan, como Kurt, lo sepan a medias, como Olga o no lo sepan, como Paulo y los padres. Todos quieren la autodestrucción. Kurt no reacciona ante la imposibilidad de vivir: no quiere vivir la vida muerta de sus padres, pero sólo sabe romper las reglas. Lo primero que destruye es el tabú del incesto, pero no es suficiente. El próximo paso es el parricidio: tampoco alcanza. Es posible que el último de los hombre muera como Kurt. Hay una fascinación con el fuego, que recoge apropiadamente Goldstein en el programa con las atinadas frases de Bachelard. Ya interesaba el tema a Plotino, que declaró al fuego el único objeto hermoso en sí mismo, posiblemente el único objeto real del que cabe decir su perenne y fugaz belleza. El hombre busca la transformación, y nada como el fuego se transforma y transforma más, y más rápido.

Alfredo Goldstein ha dirigido esta obra en el tono exacto de la tragedia, sin concesiones. Podría discutirse, aunque la obra no constriñe al director con acotaciones rígidas, que sitúe de entrada a la obra en un registro muy alto, cuando podía esperarse una progresión, que se anunciaría por las inquietantes retrospecciones iniciales de Kurt, que van hasta su nacimiento, visión que reproduce en el desenlace, con una paralela explosión de luz y sangre; y él ha ido retrocediendo también, en tanto avanza en su carrera piromaníaca, sobre comportamientos cada vez más arcaicos. Pero tal como la presenta Goldstein, «Cara de fuego» mantiene todo su impacto, su horror clásico, su brillante escritura. Entre los méritos de la dirección debemos contar que, según nuestro recuerdo, por primera vez, el teatro uruguayo muestra adecuadamente escenas de sexo y desnudos, y habla de la intimidad física con radiante naturalidad, sin ese descuento del mohín pudibundo, sin el retintín irónico que, aun sin quererlo, suele envolver y hasta obliterar los efectos. El elenco, muy bien elegido, permite un gran estreno de los jóvenes Tort, Grabino y Temponi; pero también los mayores Celeste Villagrán y Luis Lage estuvieron en la misma gran altura de la obra.

 

CARA DE FUEGO, de Marius von Mayenburg, en traducción de Carsten Ahrenholz y Eva María Quijada. Con Alfonso Tort, Carla Grabino, Jorge Temponi, Celeste Villagrán y Luis Lage. Escenografía y vestuario de Hugo Millán, ambientación sonora de Fernando Ulivi, luces de Andrés González, dirección de Alfredo Goldstein. Estreno del 20 de Julio de 2002, Espacio Cervantes.

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