Fiascos espectaculares y otras muestras
De acuerdo a las noticias divulgadas por la Fundación Fidus de la Asociación de Escribanos del Uruguay, se crearía un nuevo espacio cultural en la Galería del Notariado, con renovadas propuestas en sus instalaciones y en la programación. Un proyecto multidisciplinario (una palabra manoseada y despojada de su significado) y un circuito cultural del barrio Cordón. El jueves pasado por la noche, la sala del teatro estaba repleta, con personas de pie en los pasillos y el hall de entrada, donde, en pantallas gigantes se podía seguir el acto. El lanzamiento de las novedades consistió en un video repetitivo y prolijo que no agregó nada a lo ya informado, con carencias en la individualización de las imágenes, intervenciones de varios oradores y un recital de tango que se extendió demasiado y, finalmente, inaugurar dos exposiciones. Una, de fatigosa lectura (era mejor hacerla en la cuidada publicación que se repartió gratuitamente), con paneles sobre algunas características culturales del barrio a cargo de diferentes autores, desde la seriedad de Jorge Abbondanza a la superficialidad mundana de Ramón Mérica, agregando las firmas de los arquitectos César Loustau y Juan Pedro Margenat y del director teatral Júver Salcedo.
Todo muy bien pero incompleto, con ausencias notorias, imperdonables. La investigación, a cargo de un numeroso equipo, quedó recortada incluso entre los más memoriosos. En realidad no hay nada nuevo. La galería y teatro del Notariado funcionaron muy bien, desde el comienzo y hasta hace un par de años, con la orientación eficaz de Nancy Bacelo, aquí silenciada con extraña unanimidad. Bacelo fue alma mater de la institución y desde la sala de exposiciones (que no nació como tal sino un espacio de lectura y descanso, teniendo al lado la biblioteca de los escribanos que, al parecer, volverá al lugar) dio a conocer jóvenes que hoy son reconocidas figuras del arte nacional (Eduardo Cardozo, Javier Bassi, entre otros). Destacar la fecunda y pionera actividad, multicidisplinaria, de Nancy Bacelo debió ser prioritaria. No fue así, sin embargo.
Tampoco en la ojeada al pasado figuran el collar de librerías (con destaque para la de Tarino, severa y servicial) y las pensiones de estudiantes del interior que concurrían al IAVA, el funcionamiento de la Biblioteca Nacional en la Facultad de Derecho, casi todas alineadas en las dos cuadras de Tristán Narvaja y zonas aledañas. En ese pasado cultural montevideano que, seguramente, no volverá. La movida incluía la Biblioteca Artigas Washington en una elegante casona pegada al hoy Banco de Crédito, varios cines en la ex-Sierra y por 18 de Julio (el cine París, los domingos de mañana albergó las funciones de Cine Universitario) y más allá existió la Galería Andreoletti donde se conoció al dibujante Prino del Castillo, muerto joven y velado en la misma galería, y casi enfrente, la redacción del semanario El Nacional (en 1953, con intención de competir con Marcha) donde se iniciaron en el periodismo Angel Rama, Carlos M. Gutiérrez, Luz Alvarado, el caricaturista Blankito, mientras la página de artes plásticas ostentaba el logotipo de Juan Pedro Costigliolo.
Otros hechos merecían ser recordados por insoslayables. La muerte de Arbelio Ramírez luego de la concentración multitudinaria para escuchar al Ché Guevara en la explanada de la Universidad, los talleres de Marco A. López Lomba y Armagedón, la casa de la familia Barradas y el pintoresco flaneur Antonio de Ignacio, hermano del genial pintor, que paseaba su vestimenta negra y corbatón al tono por el barrio. El paraninfo de la Universidad fue un centro cultural importantísimo desde los tiempos de María Muller, por donde desfilaron poetas y escritores (León Felipe, Albert Camus, Nicolás Guillén, el exquisito espectáculo Improntu isabelino de Arturo de Despouey, las conferencias de Julio Payró y Jorge Romero Brest, recitales de música y canto popular que convocaron a un público numeroso y constante). Más moderado en sus alcances pero fructífero, fue el Anglo, con exposiciones, ciclos de cine, teatro, música y conferencias. Los teatros El Galpón de la calle Mercedes y El Tinglado también movilizaron la cultura barrial. Hay que agregar museos monográficos privados y otros semanarios que allí nacieron como extensión de los estudiantes del IAVA. Subsiste, todavía, el enorme mural de Miguel A. Battegazzore en la pared del Cuartel de Bomberos que, junto a otros murales, no figuran en el mapa de Lucía Pittaluga. Hay mucho que investigar en el terreno patrimonial en un barrio que tuvo un brillo excepcional y que es muy difícil ahora igualar con el deterioro y comercialización de la Plaza de los Treinta y Tres, un ejemplo impar del deterioro y mal gusto urbanístico de la ciudad comandada, nada menos, que por un intendente arquitecto.
El lanzamiento del Espacio Cultural Multidisciplinario no es nuevo, aunque cambien los nombres y una programación que no se dio a conocer, ni los plazos en que se cumplirán. Hubo más cáscaras que nueces. Quizá hay buenas intenciones, pero iniciar un proyecto con tango y una exposición referida a los años sesenta, independiente de su alta calidad, parece suavemente recostado en el pasado. En cambio, era más procedente traer para el público la trayectoria del Estudio 5 y la personalidad capital de César Barañano, responsables del propio edificio del Notariado, con una visión de su obra, o presentar un panorama de los nuevos y plurales lenguajes. Además, el espacio de exposiciones, por razones de seguridad, no es adecuado para obras de excepcional valor, mientras cuelga, desabrida y mustia, una obra primeriza de Agueda Dicancro, que no se corresponde (ni fue pensada) con el espacio y que es propiedad de una firma comercial. Faltó la alegría de un proyecto vital, auténticamente renovador.
Diez cuadros de Jorge Damiani
En la larga y fecunda trayectoria de Jorge Damiani (1931), el período de Nueva York, de principios de la década del sesenta de Nueva York, donde vivió tres años en usufructo de la beca Guggenheim, es sumamente valioso. En el momento en que el pop y op sustituían al expresionismo abstracto y el arte conceptual irrumpía con vigor, Damiani, muy ligado a los residentes uruguayos (Fonseca, Alpuy, Augusto Torres), cayó bajo el influjo del informalismo matérico triunfante de Tapies. No pudo evitarlo. De cualquier manera supo darle un sesgo personal y de indudable originalidad incorporando elementos propios (en el empaste, la tonalidad, los referentes iconográficos, la composición). Una situación, que luego confirmaría, de tensiones entre la libertad y el determinismo, entre la soltura formal y la solidez material, entre la envoltura onírica y el anclaje en la realidad. Los diez cuadros elegidos, pertenecientes a la colección del artista, tienen una unidad de elaboración en esos años delimitados entre 1960 y 1965, con un refinado tratamiento en la manipulación de la materia, en el color (grises, ocres dominantes) que el paso del tiempo supo enriquecer (las grietas que surcan la superficie) con nobleza y vigencia estética. Es que en esa década definitoria, lo acompañaron con similar talante estético, Agustín Alamán (el más próximo por su origen español), Barcala, Espínola Gómez, Spósito, Nóvoa, Ventayol Pavlotzky, Montani, Ramos, Gamarra e Hilda López. Juntos, atraparon el espíritu del tiempo en gestación, dramático (el blanco y negro no fue solamente una sensibilidad local sino de aceptación mundial) como un anticipo de lo porvenir, especialmente aquí, en Uruguay.
Solidez pictórica de Rodrigo Flo
La obra de Rodrigo Flo en la sala Carlos F. Sáez es un refugio de calidad en el desolado ambiente nacional.
Pinturas y acuarelas de los Ã
Compartí tu opinión con toda la comunidad