Una acción civil de Steven Soderbergh
A partir de un suceso real, el reputadísimo cineasta Steven Soderbergh se atrevió al rodaje de «Erin Brockovich». Con roles centrales para Julia Roberts y el experiente Albert Finney, el resultado posee corrección narrativa, chispazos en el guión pero no llega a brillar.
Esa mujer está al borde de un ataque de nervios. Bajo los efectos del desempleo, divorciada y sin saber nada de sus dos ex maridos y con tres hijos pequeños, tiene que encarar una realidad que es todo un pelotazo en el rostro. No hay trabajo, y hay que alimentar a los chicos, zafar de la grisura y de las deudas. Del agobio de sentirse impotente y a la vez impotente ante el estado de las cosas.
Hasta que uno de esos días malos, terribles, al salir de una sus tantas entrevistas solicitando trabajo Erin Brockovich (Julia Roberts) sale disparada en su viejo automóvil y en un cruce colisiona con otro auto que venía a velocidad schumacher. Va a juicio y, su abogado (el venerable Albert Finney) le promete ganar el juicio por daños y perjuicios. Pierde.
Así que totalmente en la ruina financiera la Brockovich ya no sabe muy bien qué hacer y comienza a desmoronarse. Su mundo es el reino de los reveses, pero su empecinamiento no parece agotarse ni mucho menos. Por lo tanto decide instalarse en el pequeño bufete a trabajar por su cuenta con sus ropas insinuantes y baratas ante la mirada atónita de los empleados y del propio abogado que, después de una tensa discusión, opta por darle un sitio y una remuneración. Por algo se empieza.
Steven Soderbergh, el cineasta mayor de filmes como Sexo, mentiras y video, Kafka o El rey de la colina, entre otros, narra la extraordinaria peripecia de una mujer working class que finalmente al toparse con un expediente descubre que que en la localidad Hinkley, California, hay familias enteras que están padeciendo todo tipo de enfermedades, incluyendo algunas de carácter terminal, por beber agua contaminada por trióxido de cromo: el agua se fue colando subterráneamente en todo el lugar. Y esa agua siempre provino de una gran empresa a escala nacional como la PG & E.
Con estos materiales, Soderbergh se toma todo el tiempo del mundo para describir la historia de esta cruzada en pos de reclamar justicia para más de 600 personas afectadas por enfermedades tremendas. Y será Erin Brochovich quien se encargará, en fase indagatoria, de ir acumulando evidencias. Paso a paso. Robándole horas al sueño, a sus hijos cuidados por un sereno, atípico motoquero con Harley Davison (Aaron Echkart) que se enamora perdidamente de Erin.
Sodorbergh, fiel a su estilo de narración, construye un fresco por momentos árido y moroso donde la cámara básicamente persigue todo el tiempo las gestualidades, los impulsos de furia, de excitación y ansiedad que Julia Roberts le imprime a ese personaje obsesionado por permitirse ser útil a un puñado de gente indefensa y, al mismo tiempo, ver cómo su autoestima va creciendo a medida que todo el poblado confía solamente en ella para ganarle el caso a una poderosa empresa que niega absolutamente todo y que, en todo caso, quiere negociar y no ir a tribunales.
Lo cierto es que Soderbergh es demasiado puntilloso en el seguimiento y desarrollo de la anécdota y a la hora de metraje el rostro de esa dudosa actriz (aunque muy popular, desde luego) que viene a ser Julia Roberts puede agotar a los espectadores.
Hay una narración aplicada, secuencias de gran resolución dramática, afinada pintura de los ambientes cotidianos, pero allí está la señorita Julia arruinándolo todo. No es que esté mal: el personaje se la devora al punto que en definitiva la sapiencia de Finney soporta con dignidad el suceder de una historia de perfiles humanistas.
Eric Brockovich, el filme, posee las mejores intenciones. Pero Steven Soderbergh alarga demasiado las secuencias (aunque hay buenos momentos a partir de los diálogos) y todas las emociones que pretende el filme se vuelven un asunto anodino, sin impacto emocional. Una lástima.
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