La nueva mística rusa
Fueron los que emigraron quienes mantuvieron los cantos de la fe, los cánticos litúrgicos. Para conocerlos se debió recurrir a los registros de los coros rusos en París, los de la catedral ortodoxa rusa, de la iglesia de San Sergio o aquel otro que dirigía Feodor Potorjinski.
En algún momento, después de la muerte de José Stalin, el sello estatal soviético Melodía registró la música sagrada hasta el siglo XVIII, como una especie de recuperación histórica. Pero no hubo excesos, claro.
El desmembramiento de la URSS, a comienzos de los años 90, produjo no sólo cambios políticos. Además del acompasamiento con los hábitos de consumo occidentales –el acceso de Pepsi Cola al largamente anhelado mercado soviético, un local de McDonald’s en Moscú que era el centro de reunión de los jóvenes–, todo un repertorio musical diferente comenzó a transitarse. Una nueva estética, en esencia prerrevolucionaria, pero con los cambios de fin de siglo, que obligaba a replanteos no solamente formales.
Y de esos cambios es una buena muestra esta gira de una parte de la importante –y numerosa– orquesta sinfónica de Radio Moscú, del Coro de Cámara de Moscú. Las obras que antes componían sus repertorios –los infaltables Chaicovski, alguno de los Cinco– fueron sustituidas por música religiosa rusa, pero también la de Vivaldi –su Gloria–, Pergolesi –el Stabat Mater–, Mozart —Vesperæ solennes de confesore, IK 339, y el Requiem IK 626–, Schubert –la Misa Nº 2— y la Liturgia de San Juan Crisóstomo, de Rajmaninof.
En el programa inaugural del Centro Cultural de Música –el martes 11, en el Cine Plaza– los resultados fueron previsiblemente dispares. El director orquestal Saulius Sondeckis no consiguió más que cumplir con requisitos formales en el encantador Divertimento IK 136 de Mozart o en las partes de acompañamiento de las Vesperæ y del Stabat Mater de Pergolesi. Los rendimientos de méritos más relevantes fueron sin duda los de algunos solistas –especialmente la soprano Lolita Semenina, el bajo Boris Chepikov– y ese excelente coro dirigido por Vladimir Mirin.
Los que esperaban escuchar a la gran formación de Radio Moscú según sus mejores tradiciones, y en el repetorio destinado a exaltar la fibra nacionalista rusa, pueden haber quedado decepcionados. Oírlos, en cambio, en obras aparentemente reservadas a directores como Nikolaus Harnoncourt, Peter Schreier, Colin Davis –en el caso de Mozart– o los consagrados Paul Colléaux o René Jacobs –en Pergolesi– es un desafío, otro más, de los tantos huesos duros de roer que esta nueva Rusia debe enfrentar.
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