Piedritas bajo la almohada
HUGO ACEVEDO
En ese estado recurrentemente definido como inconsciente en que todo parece estar en reposo, afloran ángeles, querubines pero también tenebrosos demonios. El sueño es descanso, pero también evasión e incluso pesadilla.
Ese estado aparentemente inanimado dispara todas nuestras fantasías, aún las más insólitas e inverosímiles, pero también nuestros dramas, culpas y pérdidas irreparables. Podemos regresar a la infancia o precipitarnos a la muerte.
Sin embargo, en algunas situaciones límite, el sueño en plena vigilia puede resultar una terapia contra la angustia, una catarsis para emerger del abismo del dolor y sobrevivir.
En «Piedritas bajo la almohada», el narrador uruguayo Mauricio Rosencof propone un profundo ejercicio humanista, sintetizado en dos conmovedores cuentos cuyos protagonistas son niños. Sin embargo, es una lectura quizás más recomendable para adultos que para incipientes lectores.
La particularidad de ambas narraciones es que los pequeños que son naturalmente personajes de ficción- son hijos de presos políticos durante la dictadura.
El relato titulado «Cuentos para las lágrimas de una niña» nos invita a compartir la realidad- fantasía de una pequeña niña llamada Inés, que debe soportar en su inocente infancia la lacerante experiencia de la ausencia de su padre.
El autor, que padeció prisión como rehén del autoritarismo en condiciones infrahumanas, apela a toda su magia literaria para diseñar el territorio existencial de esta atribulada pequeña, que busca en su fantasía la evasión a la angustia.
La pluma de Rosencof humaniza la tragedia, apelando a numerosas metáforas para situar al lector en una dramática dualidad: la candidez de la infancia de Inés y la despiadada aberración de la violación de los derechos humanos de su progenitor.
Así, el creador alude la prisión e incomunicación sin mencionarlo, recurriendo a la novedosa imagen literaria de un imaginario viaje a la helada Groenlandia.
La apelación al frío sugiere, en este caso concreto, la representación de un estado de aislamiento y el tiempo congelado por el confinamiento en condiciones infrahumanas.
Mauricio Rosencof, como en obras precedentes («Memorias del calabozo», «El bataraz», entre otras), recuerda que «dialogaba» con sus compañeros a través de golpes de nudillo en la pared de las inhóspitas celdas. Imposibilitados de interactuar en un espacio común y comunicarse como seres racionales, los prisioneros inventaron un código sonoro que les permitía quebrar las impenetrables barreras del aislamiento.
A través de los sueños y los mitos instalados en la imaginación, el autor demuele las distancias físicas impuestas por los verdugos entre la niña y su confinado padre.
La ficción actúa, entonces, como un disparador de emociones individuales, tanto en el caso de la niña como en el de su padre.
En esta historia, el adulto existe y sobrevive gracias al amor de la pequeña.
Para mitigar el sufrimiento de la ausencia de su querido progenitor, la niña experimenta la fantasía como si fuera real. En ese contexto, el autor apela a numerosos personajes rescatados de la literatura infantil como Bambi, Dumbo o a mitos como Papa Noel, proponiendo que la inocencia es un patrimonio a preservar más allá de las fronteras del drama.
Rosencof parece sugerir que aunque la vida no es un cuento, la fantasía suele ser indispensable para sobrevivir en los momentos de mayor angustia.
El repertorio no se agota naturalmente en la mera alusión a los personajes míticos, ya que la infancia también suele estar poblada de otras realidades que constituyen parte del proceso de aprendizaje de los pequeños, como, por ejemplo, los juegos, los paseos, el circo y el zoológico. Todas son experiencias gratificantes se incorporan al imaginario de un niño y a la memoria perpetua de un adulto.
La alegoría de Pulgarcito resulta de un contundente trazo testimonial, que está naturalmente asociada a la necesidad de dejar algunos rastros que orienten a quien está lejos en el momento de regresar a casa. Al reemplazar las migas de pan por piedritas, se logra consagrar la fórmula infalible que permite recuperar la esperanza de sobrevivir.
En este conmovedor cuento, afloran las primeras «Piedritas bajo la almohada» que permitirán soñar con un mundo diferente, sin padres presos por sus ideas y convicciones, injusticias ni prepotencias autoritarias.
La segunda narración, sugestivamente titulada «El planeta de color naranja», nos sumerge en un universo igualmente onírico pero no menor sugerente y aleccionante.
El protagonista de esta historia de ficción elaborada a partir de la materia prima de una cruda realidad arrancada de nuestro pasado reciente, es el pequeño Gabriel.
Mauricio Rosencof nos convoca a compartir el diario privado de este pequeño, cuyo padre permanece confinado e incomunicado por el único «pecado» de expresar libremente sus ideas.
Este relato contiene, a su vez, otros múltiples relatos, que reproducen las vivencias, los sueños y las irrefrenables fantasías de un pequeño quebrado por la angustia de la separación del ser querido, que naturalmente no alcanza a comprender.
El planeta color naranja es la suprema quimera de este atribulado infante, que construye un mundo propio físicamente distante de su cotidianidad, que es naturalmente imaginario.
Rosencof mixtura la fantasía con los ideales, ya que el planeta reproduce todos los sueños Gabriel, en los que naturalmente está presente su confinado padre.
El autor apela a nuevas y elocuentes imágenes literarias, que sugieren obviamente más de una reflexión. Cuando Rosencof refiere al tránsito que marca la evolución del color verde al naranja, representa ciertamente el ciclo vital del fruto, desde su estado inicial a la madurez y la plenitud.
En este juego de colores aparentemente ingenuo, el escritor esboza una novedosa tesis del cambio, cuyo propósito es demoler una realidad lacerada por la angustia.
Alternando páginas del diario privado del niño con cartas del padre, el narrador sigue construyendo fantasías plagadas de sugestivas metáforas.
Como antes comparó la prisión con la gélida Groenlandia, en este caso la prisión es asociada a un naufragio. Para sobrevivir, se debe nadar en un encrespado mar de autoritarismo hasta alcanzar finalmente la orilla de la ansiada libertad.
Sin renunciar a un lenguaje coloquial despojado de trazos dramáticos, Mauricio Rosencof propone no tan subliminalmente reflexionar sobre temas que trascienden a lo meramente cotidiano, como el presunto silencio de Dios e incluso hasta la muerte.
El propio payaso que suele constituir el regocijo de los niños, comporta también una imagen de singular contundencia, ya que simbólicamente representa la eterna dicotomía entre la alegría y la tristeza.
«Piedritas bajo la almohada» es una obra situada en la frontera entre la literatura infantil y el ejercicio testimonial, en la medida que mixtura la fantasía con la tragedia de un terrible tiempo histórico que, por sus graves secuelas, aún ocupa un espacio en el imaginario colectivo.
El autor apela a su reconocido talento para humanizar aún las situaciones más terribles y pesadillescas, producto de un proceso de decantación emocional de su propia experiencia personal de confinamiento en las bastillas del autoritarismo.
Soslayando todo golpe bajo, Mauricio Rosencof reconstruye minuciosamente el universo de sueños, mitos, fantasías y leyenda de dos niños que debe enfrentar la angustia del silencio de sus mayores y el despiadado drama de la injusticia y la humillación.
Ronsencof apela a su reconoc
ido talento de cuentista sin renunciar a su discurso de denuncia, logrando construir una obra tan conmovedora como testimonial, en un tiempo histórico de renovadas angustias, agudas perplejidades e incertidumbres. *
(Editorial Alfaguara)
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