"MEMORIA PARA ARMAR", EN EL TEATRO CIRCULAR

A la verdad por las máscaras

El teatro es el tribunal donde se revisan los procesos de la historia», escribió Schiller. Pero es también, y mucho mejor, uno de los lugares donde se hace la historia. La mayor parte de la historia que escriben hoy nuestros teatros, sea que lo sepan o no (y creemos que lo saben) es una historia de buena caligrafía, de conformismo y de sumisión. Le perdonaríamos a nuestro teatro su embeleso con el chiste y la tontería; cerraríamos los ojos sobre el éxtasis cataléptico que le produce la paralizante Gorgona de la boletería.

Todo esto pasaríamos por alto, si no mediara su ridículo respeto a una autoridad paralelamente ridícula. Prudentes, empeñados modestamente en sobrevivir, sacuden la cabeza y repiten el jingle de la pasividad, que tiene varias letras: la protesta es de más daño que provecho, no están dadas las condiciones.

A tal punto ha llegado la intimidación, que cuesta creer que la protesta, decir en voz alta por los que no pueden o no saben hablar, pero de modo que alguien oiga, en el país o fuera de él, sea considerada subversiva. Es sólo un medio de reforma. No hay que hacerse ilusiones: no es el comienzo ni la semilla de ninguna revolución. Debemos decir hasta que todos comprendan que llevamos la carga de un pasado oprobioso, del que no estamos en vías de liberarnos. «Los hombres son cómplices de lo que los deja indiferentes», escribió George Steiner. Pero el juicio de los cómplices, como el de los autores, será sólo armonizar la realidad con las normas vigentes.

Como siempre ha sucedido, como sucedió ejemplarmente con las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo, las mujeres fueron las mejores. Aquí varias de ellas, que penaron en Punta Rieles, cuentan una parte de esos años de sus vidas y no bien pasamos la hojarasca de los dos prólogos, uno en off y otro en acción, y aparece Oliver Luzardo explicando el funcionamiento de la picana, con un repeluzno de horror un viento de verdad renovó el aire de la sala 1 del teatro Circular.

Varios milagros se cumplieron. Sentimos que, al fin, llegaba algo de nuestras vidas a las tablas. Reconocimos nuestras formas de hablar en los parlamentos, exentos, a Dios gracias, de todos los modismos de la hora; sentimos que Memoria para armar redujo a polvo, sin proponérselo y por su sola presencia, a casi toda la opulenta y vacua cartelera local.

Son historias de horror; pero hemos vivido en el horror y hoy vivimos en el horror impune y hasta glorificado. Vivimos en el horror de tolerar lo intolerable y no es con medias tintas que la verdad debe decirse. La compilación y selección de textos, a cargo de Horacio Buscaglia, quiere domesticar este horror salvaje y baja la tensión con los esquicios de humor de la inspectora de Primaria y la guardiana supersticiosa. También baja el voltaje con la omisión de todo elemento ideológico, a tal punto que el espectador no uruguayo se preguntará por qué están presas esas mujeres. Si la idea es que no se debe hablar en voz alta de lucha armada, o que el público no soporta la verdad, «demasiado fuerte», como, por ejemplo, la violación de las mujeres ante sus maridos (perfección anticipada del «escrache» que no ha merecido aún el repudio de Brezzo) recordamos con Lichtenberg que convertirse en buey no es, todavía, suicidarse.

Sin embargo, los clásicos, olvidados en la increíble fascinación con Broadway o Buenos Aires, conocían mejor y mostraban mejor que nosotros «el zoológico infame de nuestros vicios». «Tito Andrónico» de Shakespeare, «La duquesa de Malfi» de Webster, «La tragedia del vengador» de Tourneur o «La Tebaida» del «dulce» Racine (donde mueren violentamente todos los personajes), logran por lo menos igualar, en ficciones que a su vez se fundaron en la realidad, al país en que vivimos, tan maravilloso como siniestro. Tal como están, los episodios pretendidamente cómicos, un homenaje que la tragedia rinde a la zoncera, tienden más que a equilibrar a restar fuerza a la obra; pero, privada de ideología y diluida, nada puede contra la fuerza arrolladora de la verdad.

Nada puede, en particular, con el esquicio, de antología, en que las presas recuperan el sentido de su cautiverio, recomponen un «nosotros», renuevan la lucha y enfrentan a sus carceleros con el silencio; y así Memoria para armar, aun luego del anticlimático epílogo, que sobra también, se erige airosa y triunfal sobre el dolor y la sangre, como la mejor obra de teatro del año.

«La ópera de la mala leche», de Tabaré Rivero, a la que recordamos varias veces a propósito de esta obra, también se estrenó en la sala de Rondeau y la Plaza Libertad. Le cabe al Teatro Circular el honor de reencontrarse hoy con su mejor tradición y a la vez con su mejor teatro. Dentro de la escena nacional, desde la ópera de Rivero hasta el presente no hemos visto nada mejor. *

MEMORIA PARA ARMAR, un espectáculo de Horacio Buscaglia sobre el libro «Memoria para armar uno», «La espera» de María Condenanza y recuerdos de Teresa Buscaglia. Con Natalia Acosta, Paola Venditto, María del Huerto Varela, Denise Daragnès, Laura de los Santos y Oliver Luzardo. Vestuario de Soledad Capurro, luces de Hugo Leao, espacio escénico de Osvaldo Reyno, dirección general de Horacio Buscaglia. Estreno del 5 de julio, Teatro Circular, sala 1.

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