El hombre de la esquina rosada en el Circular

Entre cortes y quebradas

Le interesó a Borges, una vez más, el tema de la identidad: el vertiginoso momento en que el más taura entre todos los tauras, Rosendo Járez, reconoce que tiene miedo, sobre todo de sí mismo y pasa a la velocidad de la luz de guapo mandón a una sombra. Este drama de despersonalización, de la pérdida de la identidad, tan visible en el «Poema conjetural», cabe en la pregunta de Edipo: «¿Quién soy?» (en el caso de Edipo-Borges, si soy americano o europeo, si de España o de Inglaterra, si hombre o hijo, si amo a la mujer o a la madre). El cuento no deja fuera de la pregunta al Corralero, Francisco Real: manoseado y vejado cuando entra, se transforma en un instante (Hyde a Jekyll) en el amo y señor, al conjuro de dos o tres frases rotundas. También padece esta dialéctica el Oriental, a quien primero aparta Real de un manotón, como si fuera una mosca, para pasar luego de Hyde a Jekyll. La ejecución de la idea no está entre lo mejor en Borges: la veta frívola del autor gustaba demasiado de los enigmas policiales y quiso plantear un módico misterio, cuya solución puso sobradoramente a la vista, en las primeras líneas, cuando el Oriental dice que sólo trató a Real tres veces en la misma noche. El enigma policial interfiere con el tema de la identidad o, por lo menos, los dos temas no se articulan sino que se estorban mutuamente y desdibujan sus efectos.

La adaptación teatral de Aisemberg no es afortunada. Un cuento es un cuento, y los ejemplos de exaltación de cuento a filme o a teatro son desoladores. Por ejemplo «Los asesinos» de Hemingway sigue siendo superior al fatigado filme; «La dama del perrito» de Chéjov es pura pérdida de tiempo y, más cercanamente, «El elogio de la nieve» de Hugo Burel padeció con el teatro; «Hombre de la esquina rosada», un cuento que se lee en diez minutos, no puede ser llevado a una hora y diez minutos sin el concurso de un buen escritor. Tanto en el caso de «El elogio de la nieve» como en el caso de «Hombre de la esquina rosada», el método de la adaptación fue tan simple como ineficaz: rellenar y rellenar entre bostezos, casi con lo que sea, confiado en que Dios proveerá y que el cuento sobrevivirá por sus propias fuerzas.

Pero en ninguno de los dos casos sucedió así. Todavía, la errónea y mal llamada adaptación de «El elogio de la nieve» es superior a la de «Hombre de la esquina rosada». En la adaptación del cuento de Borges, el desafío, que no tiene más motivo que el amor propio, que un loco jugarse la vida porque sí, por las puras ganas de pelear, es presentado como una venganza largamente meditada, propia de los novelones de Eduardo Gutiérrez o de los filmes de Hollywood en que un jovencito busca (y luego extermina) a los temibles asesinos de su padre. Real, que en el cuento es el coraje por el coraje mismo, en la adaptación es un siciliano vengativo, como decía Macedonio Fernández de Martín Fierro.

Esta desviación del modelo original no es lo más grave. La mala calidad del relleno y su extensión son los gravámenes que más devalúan al espectáculo. Comienza el espectáculo, pasa una hora y la historia de Borges todavía no ha empezado, desatentada la narración con charlas de boliche. El texto es rico en lugares comunes y sabiduría convencional, como «La vida es una sola y hay que sacarle provecho», o «es como quien debe una cuenta y sabe que se la van a cobrar» y aun el principio, irrefutable desde Parménides, de «Vos ahora sos lo que sos». Hay un amago de duelo criollo con un personaje (Alejo Albornoz, por Oliver Luzardo) creado por el adaptador, una payada de contrapunto de improbable rima y sobre todo larguísimas escenas de baile.

La música y la danza agravan la situación. Por algun motivo que no acertamos a adivinar, las abrumadoras conversaciones son interrumpidas cada tanto por el baile, que ni prolonga ni perturba la acción. No existen autoridades en materia de tango, donde todo el mundo supone estar bien informado, pero lo que se oyó como música y lo que se vio como baile no concuerda con las noticias de este crítico en el punto. Es claro que el tango no existe hoy ni como música popular ni como música culta, pese a los elaborados esfuerzos de Piazzolla, ni como baile, y que muy pocos, si es que aún queda alguno vivo, pueden interpretarlo como algo distinto de un ballet folclórico. Las connotaciones pecaminosas del tango son, en este «Hombre de la esquina rosada», incomprensibles: la calificación de Lugones como «reptil de lupanar» (la misma razón por la cual Borges – Hyde amó al tango, sin ser correspondido, cosa que le sucedía habitualmente) parece un bufido intelectual. De un modo u otro, la importancia que se da al tango bailado en este espectáculo va mucho más allá de los méritos de los bailarines.

Encontramos la interpretación inconvincente e inconvencida, con las solitarias excepciones de Carlos Rodríguez en primer término y Oliver Luzardo.

Un episodio, la entrada del Corralero, arranca muy bien, con una buena banda sonora; de inmediato, con Real (Javier Lasarte) en escena, el matón parece desinflarse sin remedio, lo que hace más sorprendente su triunfo, entre verbal y gestual, sobre Rosendo Juárez. La escena del regreso de Real y su muerte tampoco está bien resuelta: no se siente la agonía y menos se comprende por qué el pedido del orgulloso agonizante de que le cubran la cara, para que «no le curiosiara la gente los visajes de la agonía», se cumple tarde, cuando el malevo ya ha expirado. En cuanto a la narración, no ha habido forma de conjuntar argumento con tanto baile y tanta música: casi nunca más es mejor. Quizás la empresa no esté mal realizada. Era simplemente imposible.

Hombre de la esquina rosada, de Jorge Luis Borges, en adaptación teatral de Isaac Aisenberg, versión de Walter Reyno. Con Marcelo Pagani, Oliver Luzardo, Angel Medina, Lupe Mesa Deus, Carlos Rodríguez, Patricia Yosi, Marcelo Rocca, Javier Recalde, Alvaro Cabrera, María Houayek, Javier Lasarte, Andrés Genta, Rosemarie Goudschall y Elsa Labourdette. Escenografía de Osvaldo Reyno, vestuario de Juan Mascheroni, música de Fernando Ulivi, iluminación de Pablo Caballero, supervisión coreográfica de Hugo Bardallo, dirección de Walter Reyno. Estreno del 13 de abril, teatro Circular, sala 1.

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