El hombre que sabía lo que quería

Daniel Baremboin me dijo en cierta ocasión: «Astor Piazzolla quería ser el Stravinski argentino, pero la profesora Nadia Boulanger le aconsejó: Haz música de tu país. Nadia Boulanger, una de las profesoras más precisas de todos los tiempos, poseía la virtud de equivocarse poco, y por eso volvió a acertar cuando le dijo al propio Baremboin: «Lo tuyo no es la composición, sino la dirección y el piano».

Piazzolla frunció el seño con disgusto ante la exhortación de la que llamó «su segunda madre», pero tomó nota del consejo y no le fue mal pues revolucionó el tango, lo vistió de largo como Villa-Lobos las bahianas, Lecuona los cantos negros y las danzas, y Gershwin el jazz. Sus influencias eran el jazz, que aprendió en sus días estadounidenses (hay que recordar que actuó como canillita en la película El día que me quieras, junto a Carlos Gardel) y sobre todo el tango.

Astor Piazzolla se marcha a París en 1952 para estudiar con Boulanger y, a su regreso, tres años después, formó tal lío con su Octeto de Buenos Aires, que por nada lo conduce a la ruina, por la hostilidad que suscitó en el auditorio. Este hombre se había adelantado y sus contemporáneos (como es de costumbre) no calibraron su genialidad, por lo que debió soportar otro período de exilio en Nueva York, ciudad donde ofició de arreglista orquestal.

Los porteños, habituados al tango arrabalero de Palermo, expulsaban a los revolucionarios que violentaban los acordes tristes e iniciales del género con armonías que recordaban a Mozart y a Jelly Roll Morton, el mulato afrancesado de New Orleans a quien se le echa toda la culpa de la invención del jazz. Pero Astor Piazzolla sabía lo que quería y trabajó con Jorge Luis Borges aquellas intrincadas letras metafísicas del autor de El Aleph, se unió a Gerry Mulligan, Keith Jarret, Gary Burton y Chic Corea y, sin embargo, dentro de su tronco esencial prevalecían Gardel y Santos Discépolo o el malevo Julio Sosa, un «oriental del litoral».

Dicen que componía «absolutamente concentrado», y poseía la capacidad de brindar, en medio de sus afanes creativos, un consejo culinario. «Cada una de sus obras, recuerda su viuda, Laura Escalada, era un hijo que paría. Aunque, eso sí, una vez que nacía un hijo ya estaba preparando otro», acotó.

Astor Piazzolla murió en Buenos Aires el 4 de julio de 1992, después de que su febril cerebro sufriera una trombosis en París dos años antes. *

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