El revolucionario del bandoneón
Dos motivos me condujeron a componer un tango nuevo: haber estudiado y escuchado música y haberme cansado de oír un mismo tango aburrido», se defendía Piazzolla en los agitados años 60 de quienes lo acusaban de traicionar el dos por cuatro, base rítmica del tango.
En el aniversario de su fallecimiento, ocurrido el 4 de julio de 1992, Piazzolla no sólo es recordado por formidables partituras como la legendaria Adiós Nonino, sino por la notable escuela de ejecutantes del bandoneón, de la que forman parte Rodolfo Mederos, Daniel Vinelli, Néstor Marconi, Julio Pané y Pablo Mainetti.
Amigos y seguidores participarán hoy de un acto conmemorativo en el que se descubrirá una placa recordatoria en el Centro Cultural Recoleta, como parte de los homenajes previstos por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
Su mirada reformista e innovadora le valió la admiración y el reconocimiento a nivel internacional donde es considerado como un referente por músicos como Chick Corea, Hermeto Pascoal, Al Di Meola o Gerry Mulligan. La búsqueda permanente de nuevas orillas musicales lo llevó por el camino de la fusión, donde experimentó con audacia los acordes del jazz e introdujo sin temor su bandoneón en una orquesta sinfónica, lo que despertó la admiración en unos y escandalizó a otros.
«Si mi música tiene o no algo de tango, no me interesa; lo que puedo asegurar es que tiene mucho de Buenos Aires», decía el músico nacido un 11 de marzo de 1921 en la ciudad bonaerense de Mar del Plata. Desde su primer contacto con un bandoneón, que su padre le compró en una casa de empeños cuando cumplió ocho años, Piazzolla abrazó ese instrumento al que le arrancó composiciones inolvidables como «Balada para un loco», «Tres tangos sinfónicos» o «Libertango».
A los doce años, gracias a las amistades de su familia, obtiene un papel como canillita en la película «El día que me quieras» que protagonizaba Carlos Gardel, participación que siempre recordó como un episodio emblemático que lo emparentó con el mítico zorzal del tango. El vínculo nacido en esa filmación también pudo haberle costado la vida, ya que Gardel lo invitó a participar de la gira por el Caribe que terminó con su fallecimiento el 24 de junio de 1935. El pequeño Astor no viajó debido a la prohibición de sus padres.
Tenía 18 años cuando sumó su bandoneón a la orquesta de Aníbal Troilo, quien le confió los arreglos de su música y a quien Piazzolla reconoció como uno de sus maestros. Fue en ese período cuando Astor inició estudios musicales con Alberto Ginastera, otro de los que marcaron a fuego su estilo musical.
Gracias a una beca que le otorga el gobierno francés, el músico se radica en París en 1954 para estudiar con Nadia Boulanger, bajo cuyo consejo empieza a componer entrelazando en su partitura el tango y la música sinfónica.
«Astor, sus obras eruditas están bien escritas, pero aquí está el verdadero Piazzolla, no lo abandone nunca», le aconsejó Boulanger cuando escuchó al joven que por entonces ya ejecutaba el bandoneón de pie, apoyando la pierna sobre una silla, rasgo que caracterizó por siempre sus presentaciones en escena.
De regreso en Argentina forma su propia orquesta, el Octeto Buenos Aires, donde incluye dos bandoneones, dos violines, contrabajo, cello, piano y guitarra eléctrica. Era el comienzo del tango contemporáneo donde el cantor y el bailarín ceden el paso a la música de cámara y a las innovaciones más audaces que le valen a Piazzolla el rechazo de los tangueros ortodoxos.
La muerte de su padre lo sorprendió mientras realizaba una gira por Nueva York y es en medio del dolor que compone la pieza «Adiós Nonino» en 1959.
Diez años más tarde y junto a Horacio Ferrer escribe otra de las piezas fundamentales de su trayectoria. La «Balada para un loco» en la voz de Amelita Baltar es presentada en el primer Festival Iberoamericano de la Canción y gana inmediata popularidad y reconocimiento.
En su búsqueda permanente de nuevas fuentes musicales, forma en 1973 el Conjunto Electrónico, en el que mezcla flauta traversa, saxo, bandoneón y sintetizadores en una experiencia que lo acerca a las fuentes del rock. «Ahí estaba mi música, tenía olor a tango y no a rock», definió Piazzolla años más tarde.
Nutrida de todas las fuentes musicales, su obra adquiere una singularidad que la distingue y le otorga el sello propio de su creador. *
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