ARTE

De atractivos epidérmicos

La crítica pasó a manos de periodistas no especializados confundiendo la vida de un artista, muy querible, con su obra, más discutible. Y así anémicos de talento y provinciales en el tono refuerzan, para regocijo, la gran fraternidad de la vulgaridad inculta nacional.

La invención de Artigas

Es sabido que no hay ninguna imagen verdadera de Artigas. El presunto dibujo directo de Demersay está definitivamente descartado. Y la imagen más próxima a ese supuesto testimonio la ejecutó Eduardo Carbajal en su ovalado retrato del héroe en Paraguay. Por lo tanto, la imagen de Artigas es una licencia pictórica sin fundamentación documental y los sucesivos retratos de Blanes, Carlos M. Herrera, Zorrilla de San Martín, deseosos de crear una iconografía para la mentirosa historia oficial, poco cumplen con la veracidad y se afilian al terreno de la invención. Quizá la mejor sea la borrosa estampa de Figari pintada a la luz de un recuerdo.

Alejandro Sequeira plantea en la instalación Mausoleo (Galería Lezlan Keplost) la legitimidad de los inciertos homenajes históricos. Parte de una idea feliz: aprovechar el sótano que constituye la galería en una parodia del mamotreto arquitectónico del mausoleo en la Plaza Independencia hecho por la dictadura para hinchar la retórica de la orientalidad. Compuesta de tres partes, la instalación tiene su acierto en la sala vacía iluminada por una potente luz. Pero al yeso monumental de la supuesta nariz de Artigas le faltó audacia: debió ser una gigantesca entrada por las narinas donde el espectador penetrara y viera los referentes literarios y plásticos sobre el héroe, y sacar sus propias conclusiones. Es una investigación de corto aliento aunque interesante pues supone una reflexión y el manejo de ideas que no suelen habitar en la obra de sus colegas.

Reconstrucción renacentista

Es muy loable el intento recuperativo de la moda renacentista italiana en El esplendor del Renacimiento (Palacio Taranco), un título excesivo para la minuciosa restauración artesanal. Hubo un empeño enorme por confeccionar el vestuario a partir de cuadros de la corte de los Gonzaga en Mantua. Sin contar con la vestimenta original, el proyecto se centró en posibles aproximaciones de color, hilado, tejido y corte que movilizó un núcleo importante de artesanos. El resultado es una curiosidad de atractivo epidérmico. Son impactantes los trajes que recrean la moda epocal pero sin duda están lejos de la sugestión original y que se puede comparar con las pinturas. Mientras en los cuadros se advierte la densidad y textura de las telas, la reconstrucción es una fría y vulgarizada versión que no acepta la inclusión de perlas y piedras preciosas que, naturalmente, no son verdaderas. Es como ver la copia de un cuadro original. No es lo mismo. Está bien ambientada en las diferentes salas del Palacio Taranco pero faltó una contextualización de la moda epocal y las variantes posibles dentro de la propia exhibición que aunque tiene un itinerario cronológico no surge con claridad. Es otra forma del simulacro histórico pues no se puede imitar la sensibilidad, el gesto, el evanescente clima cultural de un tiempo que fue. Como ya hay un centenar de trajes confeccionados y esta muestra de 23 recorrerá varios países de América (seguramente tendrá éxito de público) la empresa bordea más un emprendimiento comercial que una sólida indagación cultural.

Resumiendo lo hecho

En Territorios (Instituto Goethe) Lacy Duarte recorre, a manera de resumen, su obra anterior con un énfasis intimista que viene pautando desde hace tiempo. Una artista que recorrió el tapiz, la pintura con fuerte audacia expresionista en los años ochenta que abandonará, la instalación (con la memorable Hecha la ley hecha la trampa, 1997) y un regreso a la pintura con un talante romántico. Aquí, en la ingrata sala del Goethe, despliega diminutos tapices, muñecas, objetos en madera y pinturas de mediano formato que revelan una segura sensibilidad, una discreta comunión con los materiales y el receptor, aunque sin el clima adecuado. Es una muestra en tono menor, un refugio individual de la artista ante los embates de la golpeante realidad exterior. Una próxima muestra en el Molino de Pérez habrá ocasión de estimar el rumbo dado a su obra Lacy Duarte.

Entre dos extremos

Desde el Molino de Pérez a la sala Carlos F. Sáez en Ciudad Vieja, la distancia es enorme. En el primero se realiza un homenaje a Raúl Rial (1936-2001), un hombre de vigorosa vitalidad, comunicativo y emprendedor, formado en la Escuela Nacional de Bellas Artes y al lado de Jonio Montiel del cual recibió, fragmentariamente, el sello torresgarciano, aunque prefirió los tópicos temáticos (bares, paisajes) agregando escenas de músicos por devoción propia. El conjunto es monótono y repetido en su formulación plástica (aunque varíe los temas) en una paleta preferencia baja y una pincelada desabrida e impersonal. En un pastel donde predomina el dibujo se advierte una expresión más lograda.

Alejandro Casares montevideano del 42, con sólida formación dentro y fuera del país), fue una de las revelaciones en el dibujo en los años sesenta e hizo una magnífica como fugaz (duró unas horas) exposición individual en 1970. Luego pasó a la pintura donde no consiguió la misma inventiva y ahora en la Sala Carlos F. Sáez (en montaje poco feliz, en un lugar siempre cuidadoso de la presentación) muestra demasiadas variaciones en trabajos pertenecientes a los últimos cinco años. Los más logrados se sitúan en una serie de cinco naturalezas muertas, donde obtiene un aura poética con legítimos recursos operativos. *

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