Actor con ideales

ANDRES TORRON

 

Con unas diez películas en su haber desde 1996 a la fecha, Gastón Pauls se convirtió en uno de los actores argentinos más activos en lo que tiene que ver con cine.

En Corazón de fuego, Pauls interpreta al joven capitalista que compra una vieja locomotora para llevarla a Hollywood. La máquina es robada por los tres viejos (Alterio, Luppi y Soriano) integrantes de la Asociación Amigos del Riel, que pretenden que la locomotora quede en casa.

En persona, Pauls parece lo opuesto de ese personaje con aire yuppie. El mismo abre la puerta de la suite donde está alojado, ofrece un café y pregunta interesado cosas sobre la situación uruguaya.

–¿Qué te atrajo de Corazón de fuego?

–Una serie de cosas. Primero un guión que me pareció atractivo, porque era simple. Me pareció que la película podía ser vista y entendida tanto por un niño de ocho años, como por una persona de setenta. Después me atrajo el elenco. Y la posibilidad de filmar en Uruguay. Siempre me siento bien, tengo muchos amigos pero nunca había trabajado acá. La posibilidad de venir y trabajar en Uruguay, con un director uruguayo con el que me sentí muy cómodo, y un elenco excelente, cerró el círculo. También me pareció que el guión contaba algo que yo quería contar. No sé si hablar de «mensaje», pero sí de una postura que a mí me gusta. Ese planteo de qué es lo que se debe hacer con lo nuestro. Hasta dónde regalamos lo que tenemos y cuándo luchamos para decir no. Me pareció algo interesante, sobre todo en este momento de la historia.

–Tu personaje podría ser interpretado como el malo de la película.

–Es algo que hablamos con Diego Arsuaga, el director. A los dos nos parecía que en ningún momento de la historia queda como un mal tipo. Es sin dudas el personaje más antipático, sobre todo porque del otro lado tiene a tres encantadores hombres maduros que realizan un acto muy romántico.

Mi personaje es la contracara de ese romanticismo. Pero lo interesante de la película es que en ningún momento se reforzó o se hizo hincapié en la supuesta «maldad» del personaje. Diego quería contar la historia con las dos posiciones de una manera muy sutil, para que el público decidiera. Que no quedara expuesto que los buenos son los románticos idealistas de izquierda y el malo es el capitalista moderno.

A mí, claro, me costó el personaje, porque cuando leí el guión inmediatamente me identifiqué con los personajes de Soriano, Luppi y Alterio y no con el mío; por mi historia, por mi padre, que es un anarquista convencido. Pero encaré el personaje con gusto, entre otras cosas porque sé que el mensaje de la película no contradice lo que yo pienso. A la vez, tuve que encontrar ciertas razones para hacer lo que hacía el personaje. Tenés que entender al personaje, respetarlo y llevar adelante su ideal. En un momento pude pensar como él, encontrar las razones que lo llevan a actuar así.

–¿Te parece que el personaje refleja de alguna manera el sentir de una generación cercana a la nuestra?

–Sí. Inevitablemente mi personaje es el progreso. Hay muchos ideales sesentistas y setentistas que mi generación ve un poco de costado. No es mi caso, sobre todo por los padres que tengo. Para mí ciertos sueños e ideales tienen mucho sentido, renovándolos, por supuesto.

–En un momento dejaste de hacer televisión para dedicarte por entero al cine, ¿por qué tomaste esa decisión?

–Fue una serie de factores. No me sentía reflejado con ninguno de los proyectos que me ofrecían en televisión y sí me sentía reflejado por lo que me ofrecían en cine. Los proyectos de televisión no contaban nada de lo que yo quería contar, más allá de que me sentía cansado del negocio televisivo que tiene muy poco aire artístico. Quería otro tipo de juego, otro tipo de tiempo. Fue una elección. Recuerdo que me ofrecieron hacer un programa de televisión muy importante al que me negué y al poco tiempo surgió la posibilidad de hacer Nueve reinas. Si hubiera dicho que sí a ese programa, me hubiera quedado sin hacer la película.

–Es difícil para alguien que es actor en esta parte del mundo tener una carrera exclusivamente en el cine.

–Sí, no hay una industria en la que apoyarse. Además cuando yo tomé esa decisión venía de la nada en el cine. Había hecho un par de películas sin mucho éxito. Es complicado, sobre todo ahora. Este año es durísimo y el que viene seguramente será igual o peor. Pero hay algo importante que tiene el cine y es la proyección internacional, y eso me interesa. No sólo por mí, sino por el hecho de que si uno habla de lo que pasa en Argentina o Uruguay en una película, esa película se va a ver en todo el mundo y esa es una manera de retratar o denunciar realidades que se pueden ver en otros países. Con la televisión no pasa eso. Sólo se exportan telenovelas.

–¿Qué proyectos tenés ahora?

–Concretos tengo dos. Uno es una producción española que comienzo a rodar en setiembre en el desierto del Sahara. Después filmaré una película independiente en Buenos Aires, algo hecho a pulmón entre nosotros, con un director amigo. En febrero del año que viene tengo una película a definir en Costa Rica, que estaría muy bien que saliera.

–¿Has pensado en irte de Argentina?

–No. En realidad es mentira, sí lo he pensado muchas veces, pero no me quiero ir ahora. Me parece que este es el momento para estar.

Me gustaría el año que viene hacer algo estable en Buenos Aires, por ejemplo teatro. Si saliera la película en Costa Rica, después me gustaría quedarme todo el año en Buenos aires. Este es el momento para quedarse y poner el hombro. Un país no sale solo, sale con su gente. Es algo contradictorio, porque te digo que me quiero quedar, pero siempre estoy viajando.

–¿Le ves salida a la situación, ya no de Argentina, sino de toda la región?

–Para encontrar una salida hay que buscarla. Y por primera vez en mucho tiempo hay una búsqueda. Por lo menos una mínima intención de no seguir caminando hacia el pozo. Es muy fácil decir que el país está como está por los políticos que nos gobernaron en los últimos años. Hay que hacerse cargo de lo que se hizo mal, como pueblo y en mi caso como persona pública, como actor. Los políticos son el reflejo de una sociedad, fuimos nosotros los que los elegimos. Lo que roban los políticos a gran escala se hace todos los días en la calle.

El pueblo también lo hace. Pero ahora veo una intención de salir y decir basta a determinadas cosas. No sé cuál es la salida, porque además no me parece que la salida sea la de un país solo. Si Argentina está bien y en Nigeria la gente se muere de hambre, igual las cosas no funcionan. El cambio tiene que ser global, si no es como tener bien tu cabeza y mal los pies. *

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