Dos horas de perfección constante

Ifigenia

Debemos reconocer que Ifigenia en Aulide de Eurípides, dirección de Ruben Szuchmacher, parece no haberle gustado a nadie. Hemos conversado con críticos y con actores; hemos escuchado reproches de frialdad, de falta de emoción, de producto de laboratorio.

Nosotros vemos a la obra desde el ángulo opuesto: su espíritu de geometría nos parece propio del genio y de la tragedia griegos, la controlada emoción nos parece el fin mismo del teatro y la metáfora del sacrificio de los hijos, en clara alusión a los asesinados por la dictadura militar, tiende hacia el espectador un inolvidable puente de comunicación.

En cuanto a los productos de laboratorio, si bien no podemos elogiar el trabajo por el trabajo mismo, es conmovedor percibir, a través de un par de horas de una perfección constante, el resplandor de los mundos interiores (del director, de la traductora, de los actores) que Ifigenia en Aulide debió atravesar hasta hacerse carne y vivir entre nosotros.

En este punto encontramos en el espectador común una actitud de especial severidad para el drama o la tragedia, del mismo modo que tiene una actitud absurdamente benévola hacia la comedia y sobre todo a su subproducto, la risa.

Si el drama es conmovedor, se dice que es un melodrama lacrimógeno; si la emoción está contenida, la obra es fría.

No es el momento de explicar por qué la pasión no es arte, ni por qué tampoco lo son sus efectos, como el énfasis, la violencia y las lágrimas; pero la distancia que existe siempre, por más que lloremos o riamos, entre el escenario y la realidad, es la esencia del teatro. Si los dramas sucedieran de veras, posiblemente el espectáculo fuera más emocionante, como el circo romano, con su sangre derramada y sus gladiadores muertos en la arena.

Los méritos de Ifigenia en Aulide son muchos. La traducción de Gabriela Massuh, en un lenguaje cotidiano y digno, es uno de los más destacables: ni ridículos coloquialismos que pretendan actualizar, ni lenguaje de museo.

La puesta en escena de Szuchmacher, de una aplicación al detalle admirable, logra una poderosa síntesis. Tuvo una particular felicidad en el activísimo coro, donde actuaron conocidas intérpretes (Maricel Alvarez, Andrea Garrote) que supieron darle vida propia y hasta singular a ese misterioso plural. El coro dice, canta y baila, exactamente como en la antigua Grecia, pero con un sentido actual, directo hasta en los enigmas que plantea el seudolenguaje gestual que ensaya cada tanto.

Szuchmacher es tan inquieto que nada en escena puede dejar de moverse un instante: cuando no están hablando, los actores se mueven, generalmente en círculos, dentro de un ritmo y un estilo procesional, diríamos que religioso, que conviene a los orígenes de la tragedia y, lo que es mucho mejor, significa aquí y ahora algo a la vez mítico, íntimo, valioso, como la voz de una consciencia perenne que al fin se pusiera a hablar.

La escenografía es sobria, la invención del disco escénico blanco, que limita el escenario y lo separa del segundo segmento, donde se abren puertas enigmáticas, hace mucho por acotar el amplísimo escenario de la sala Casacuberta.

Una mención especialísima merece la música, brillante de invención y de ajuste con la acción, ejecutada en vivo por su autor, Edgardo Rudnitzky. Los intérpretes cumplen muy bien sus difíciles partes: destacamos a Patricio Contreras como Agamenón y a Patricia Gilmour como Clitemnestra.

Ifigenia en Aulide de Eurípides en versión de Gabriela Massuh, por el Teatro San Martín, con Patricio Contreras, José María Gutiérrez, Mario Pasik, Claudio Quinteros, Patricia Gilmour, Analía Couceyro y Pablo Messiez. Coro: Irina Alonso, Maricel Alvarez, Karina Antonelli, Paula Canals, Fabiana Falcón, Gaby Ferrero, Berta Gagliano, Ana Garibaldi, Andrea Garrote, Silvia Hilario, Andrea Jaet, Inés Saavedra, María Inés Sancerni, Bárbara Togander. Música en vivo de Edgardo Rudnitzky, escenografía y vestuario de Jorge Ferrari, dirección de Ruben Szuchmacher. En Teatro San Martín, Sala Casacuberta, Buenos Aires.

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