Admirable vitalidad porteña
Hay bolsones del antiguo esplendor entre la mendicidad callejera, los innumerables pozos de las calles («Parece Beirut», comentó un taxista), las eternas veredas levantadas, los comercios cerrados, la vulgaridad del gusto en los escaparates, la inseguridad general que se siente particularmente a partir de las veinte horas, cuando la oscuridad campea hasta en la otrora luminosa avenida Corrientes. Para peor, los pobres roban a los pobres en los tristes secuestros expreso. De noche, lo mejor es no salir.
Esos bolsones atractivos están dispersos por la gran ciudad. En Puerto Madero, además del espléndido edificio del arquitecto César Pelli, se inauguró el elegante puentecito peatonal de Santiago Calatrava, de madera y metal, que compite con los paseos de la costanera entre restaurantes lujosos y un urbanismo desolador. La Recoleta sigue siendo el lugar de los lugares con la estratégica cercanía de centros culturales con punto de irradiación en torno al monumento al general Alvear de Bourdelle, un escultor que expande su fama en otros monumentos por los jardines que rodean el Museo Nacional de Bellas Artes.
La principal pinacoteca argentina mantiene su dignidad e importancia (la mejor de Sudamérica) con su extraordinaria colección de arte europeo (desde la Edad Media hasta el siglo XX) con excelencias de Tiziano, Rubens, El Greco, Rembrandt, Ribera, Goya, los maestros del impresionismo (Manet, Monet, Renoir, Degas, Pisarro, Sisley, Toulouse-Lautrec, Van Gogh, Gauguin), salitas dedicadas a Bourdelle y Rodin, Picasso, Tapies, Burri, entre otros, que hace obligatoria una visita regular y periódica. Además de un panorama bastante completo del arte argentino. Los artistas y críticos uruguayos jóvenes (y no tanto) deberían formarse visualmente aquí.
Los grabados de Rembrandt
Los grabados de Rembrandt constituyen el centro de atención del museo dentro de las exposiciones temporarias. Proceden del Museo-casa Rembrandt de Amberes, Holanda, y el seguro trepó a los tres millones de dólares. Es un esfuerzo extraordinario que también se conocerá en Montevideo en el mes de noviembre. La muestra se integra con 83 aguafuertes (incorporando la punta seca y el buril en varias casos), el agregado de alguna plancha de cobre original y 40 grabados de artistas contemporáneos de Rembrandt y seguidores posteriores, incluso del siglo XX. Quizá este exceso histórico, que distrae inútilmente, junto a un montaje poco feliz (los trabajos están colgados demasiado altos) contribuya al cansancio del visitante. Pues el grabado, al contrario de la pintura, exige una demorada lectura, una cercana aproximación, en un recorrido minucioso de la mirada por los vericuetos de las líneas y las soluciones formales. Que, en el caso de Rembrandt, son siempre sorprendentes y, en muchos casos, de dimensiones pequeñas, en particular los autorretratos. Es de esperar que este error no se reproduzca en el Museo Nacional de Artes Visuales.
Entre la exposición y el catálogo hay diferencias. En el catálogo, de 180 páginas y bien impreso, se publican las cerca de 300 estampas que hizo Rembrandt (¿acaso vendrían todas?) con comentarios adecuados de Coca Garrido, pero faltan los 40 seguidores que están en exhibición. En la bibliografía selecta se omiten los textos fundamentales de Georg Simmel, de 1919, y de Simon Schama, de 1999.
Esos 83 grabados de Rembrandt están distribuidos por temas (Retratos, autorretratos, escenas bíblicas, paisajes, desnudos) acompañados de textos excesivamente detenidos en el tema y poco interpretativos en lo técnico-expresivo que habrían ayudado para una mejor comprensión del artista. Se agregaron dos dibujos y dos grabados pertenecientes al museo porteño, pero debió cuidarse la presentación, con las obras desprendidas del soporte. Claro, que los magníficos grabados de Rembrandt son suficientemente explícitos pero se siente la ausencia de una líneas que ubiquen su mundo y el contexto en que nació. Pero en noviembre habrá ocasión de extenderse con mayor amplitud.
En el Centro Cultural Recoleta, más desolado que antes, se exhiben en la sala Cronopios, muchas obras de Ana Eckell, una pintora que repite hasta el hartazgo los códigos narrativos de los años sesenta, en la actualidad revisitados en París, y cuadros de Raquel Forner del período 1978-88, sobre Gestación del hombre nuevo, donde la sobrevalorada artista fallecida, sin duda figura importante en el arte local, despliega una fuerte dosis de impactante barroquismo retórico e ingenua imaginación.
En otras salas, el holandés Pat Andrea, protagonista eventual del golpe de Estado en Argentina de 1976, recrea en hábiles y enormes dibujos, la situación dramática de esos años de plomo acompañando con ilustraciones un cuento de Julio Cortázar.
Al comienzo de la degradada peatonal Florida, la Galería Ruth Benzacar tiene Fuegos de artificio de Jorge Macchi (Buenos Aires, 1963) con un minimalismo de raíz neodadaísta utilizando diversos soportes (collage, video, instalación, pintura) y materiales (diarios, clavos, madera, imágenes digitales) para ofrecer una depurada, imaginativa y corrosiva visión en un cruzamiento de realidad y ficción.
Jóvenes brasileños en el Malba
El Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires (Malba), en la cercanía de la Recoleta (Avenida Figueroa Alcorta y Saint Martín de Tours) debió recortar sus proyectos más ambiciosos (la muestra de Roy Lichtenstein) ante la crisis desatada luego de la renuncia de De la Rúa. El curador mexicano (sin mayor interés) abandonó el país y temporariamente fue sustituido por Victoria Noorthoorn, una curadora argentina con estudios y experiencia en Nueva York, que reordenó mejor la colección Costantini y quedó, junto a Marcelo Pacheco, al frente de la orientación artística del Malba. Una acertada y justiciera solución, que reconoce talentos nacionales.
Mientras tanto ofrece una muy buena exposición titulada El hilo de la trama: arte contemporáneo brasileño. Fue presentada hasta febrero de 2002 en el Museo del Barrio de Nueva York con responsabilidad curatorial de Fátima Bercht, curadora-jefe de ese museo de Manhattan.
En el hermoso catálogo bilingüe (inglés-español) Bercht, en el estilo descriptivo propio de la crítica estaounidense, caracteriza semánticamente el empleo del título: el hilo o filamento, la trama de la tela y el tejido, la secuencia de hechos que se opone al título en inglés (The Tread Unraveled, el hilo destramado) como contrapunto al título en español o en portugués (O fio da trama), aludiendo que en cierto momento hubo una unidad y coherencia, y se asigna a sí misma el papel de tejedora, buscando crear una trama suelta hecha con secciones de punto apretado. «Mi deseo» –afirma– «es que la exposición tenga la calidad de encaje, que trasmite tanto el espacio positivo, como el negativo», asumiendo la responsabilidad, inevitable, de ausencia de hilos importantes en el arte brasileño actual. Un auténtico entendimiento de la función de curadora, en ese concretar las ideas a través del hilván de las obras. El hilo de la trama recoge trabajos de veintiún artistas brasileños contemporáneos surgidos en los años ochenta. Provienen de diferentes regiones de Brasil, de centros urbanos y sociedades agrarias nordestinas, entretejiendo una visión de la fragilidad y transparencia, la desmaterialización del arte, donde todo lo sólido se disuelve en el espacio. Hay filmes, fotografías, instalaciones, objetos y ninguna pintura. Son los herederos de Hélio Oiticica, Lygia Clark y Mira Schendel, los maestros indiscutidos de la posmodernidad, los continuadores de Waltércio Caldas, José Resende, Cecilio Meireles, Nelson Leirner, Artur Barrio, Regina Silveira y Tunga, con
ocidos internacionalmente.
La sutileza adquiere su extrema expresión en Laura Vinci (San Pablo, 1962): un hilo casi imperceptible de arena cae de un agujero del techo y va formando un montículo en el suelo, una escritura que se disuelve en su propia trayectoria acumulada en una hermosísima imagen del tiempo que transcurre.
Vera Martins (San Pablo, 1962), deshilacha tejidos y luego une los hilos cuidadosamente sobre pedestales con un sentido rítmico donde se advierte el uso anterior en otra referencia a la temporalidad transcurrida. Los Sudarios de Fábio Carvalho (Rio de Janeiro, 1965) son fotografías ampliadas digitalmente que registran el sudor de sus camisetas como retratos corporales de un momento de su vida. Nazaré Pacheco (San Pablo, 1961) inventa vestidos con hojas de afeitar y bisturíes y hamacas con asiento sólo apto para fakires, de una crueldad insostenible como las joyas similares que mostró en una de las bienales paulistas. Marepe (Bahía, 1970) presenta atados de ropa donde el tamaño y la manera de anudar insinúan su contenido (para ser lavada, ya planchada) o de comida, usos propios de los estados nordestinos por la gente humilde y aquí en un lienzo blanquísimo parece otorgar la incontaminada pureza del gesto. Lina Kim ( San Pablo, 1965) emplea plumas de ave, Leonilson (Fortaleza, Ceará,1957-1993) borda telas y escribe rudimentariamente palabras y números, uno, el 35, remite a su edad y la muerte de sida. Brígida Baltar (Río de Janeiro, 1959) proyecta imágenes sobre una performance en la niebla donde una diminuta figura de mujer se desplaza. Luiz Hermano (Ceará, 1954) usa cepillos de limpieza en una acumulación similar a Arman o une con alambre hojas secas hasta conformasr una escultura muy frágil. Hay otros que sería muy fatigoso referenciar, pero todos están unidos por una frescura inventiva que escapa a los cánones conocidos y presentados en un montaje que permite un disfrute adecuado, dejando una sensación optimista de la creatividad actual en Brasil. *
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