Esencia musical de la cubanidad
Aclamada por la crítica internacional y aprobada por la crítica rioplatense en su paso por el festival «Europa, un cine de Punta», se estrena finalmente el documental del alemán Wim Wenders, «Buena Vista Social Club». Un placer verdadero para los sentidos.
Cuando en el transcurrir de la década de los años setenta le depositaron esa música al brillante compositor, arreglador y guitarrista estadounidense Ry Cooder, pues había que intentar ese rescate de la cultura más honda del ser cubano y tratar de difundirla, hacerla posible y disfrutable para otros públicos.
No fue tarea fácil para Ry Cooder, un individuo de notable reputación entre sus pares y un experimentador nato, al mismo tiempo que un investigador riguroso de esas sonoridades que hacen (y representan) la idiosincrasia y las señas de identidad de un suelo, un temblor, una temperatura, una comarca.
Cooder, finalmente, logró estructurar un proyecto cultural ambicioso: el fundido de las músicas cubana y argelina (africana), pero todo quedó en la nada, solamente en la intención, y como de intenciones no vive el hombre, decidió hacia 1996 reunir a un grupo de venerables músicos de la isla y grabar un disco denominado Buena Vista Social Club que se transformó en un fenómeno de ventas y a la vez llegó a obtener un premio Grammy.
Así pues, Cooder, quien había construido la memorable banda sonora para la no menos memorable París-Texas (considerado el mejor filme de la década del ochenta), convenció al cineasta alemán Wim Wenders para el rodaje de un documental de esos individuos entrañables, tan hondamente cubanos que habían parido semejante disco.Buena Vista Social Club, el filme, viene a ser una ventana abierta a personajes como Compay Segundo, Rubén González, Ibrahim Ferrer, Guajiro Mirabel, Eliades Ochoa, Cachaíto, Barbarito Torres y la inmensa Omara Portuondo, amante de los boleros y única voz femenina de este combo fascinante.
La película, en rigor, posee la fascinación que le imprime básicamente Wim Wenders a todos sus proyectos. La cámara se detiene tanto en el fluir del relato de experiencias de los personajes (es regocijante ver a los 92 años a Compay, pletórico de humor) y en las gestualidades que hacen avanzar un relato entrañable e insobornablemente cubano, como la paisajística de La Habana que caputar el cineasta alemán para darle nobleza, colorido y entorno a su documental.
Desde los ensayos del grupo hasta sus actuaciones en sitios como Amsterdam o el propio Carnegie Hall, Wenders se permite lisa y llanamente constatar un estado de las cosas y por supuesto se permite –también– hacer fluir la emoción de esos individuos tan apegados a su música, a su cultura, a sus ser y estar irrefutablemente cubanos.
Buena Vista Social Club tiene el impulso intelectual y emoción de la celebración, no hay otra cosa en el largometraje. Una traducción transparente y profunda de la cubanidad a partir de esos músicos que son una forma de la belleza y el regocijo.
Quien crea en oscuras patrañas, como Pablo Milanés, supone desde ya un disparate de enfoque, de reflexión intelectual ya algo paranoica. No en todo lo que se observa desde cerca en torno a fenómenos cubanos como ocurre en Buena Vista Social Club, poseen un componente ideológico, tendiente a desestabilizar vaya uno a saber qué cosa. Ni Cooder ni Wenders han estado en tales situaciones.
En todo caso que los espectadores se manden al cine, y decidan por sí mismos la lectura de la película. Para este caso específico, hay una sola: el placer, el más puro y enriquecedor poder de la cultura en movimiento que se emociona y hace emocionar a sus receptores. Imperdible.
Compartí tu opinión con toda la comunidad