Federico en Montevideo

El pasaje de Federico García Lorca por Montevideo, en el verano de 1934 dejó para el recuerdo algunas fotografías ampliamente difundidas. Los diarios de la época dan cuenta que en sus conferencias en teatros y salas no cabía un alma, quedando también algunas anécdotas de recintos menos «cultos» que el poeta frecuentó en su visita a Montevideo.

Ahora me siento García Lorca: «Me acuerdo que hablábamos de Ramón Gómez de la Serna.

Hacía poco que Ramón había pasado por Montevideo. A su vuelta, le habló de esto a Federico. Le insistió para que viniese a América, sobre todo a esta parte de América, al Río de la Plata. Y Federico, luego de referirse al talento inmenso del difundido escritor, nos dijo que le gustaba enormemente andar por estos parajes del mundo. (…)

–He venido con Díez (embajador español en Uruguay), y luego de dejar a Antonio Pena y a Emilio Oribe y a los demás que fueron esta mañana a buscarme a bordo, mirando esta maravilla de mar. Te aseguro que yo pensé venir por poquitos días. Pero ahora, ante este mar, voy a tener que quedarme quién sabe cuánto.

–El tiempo necesario para terminar ese tercer acto (de Yerma) que falta.

–No sé… Tal vez más…

–Aquí te será más fácil escribir…

–Sí. Haré todo cuando deba hacer. Y ese tercer acto me saldrá magnífico. Ya llevo esos dos que me gustan de veras. La gente conoce al Lorca del Romancero Gitano, al del Cante, al de Bodas de Sangre. Pero… ¡vais a ver esto! Ahora sí que estoy en García Lorca. Ahora me siento García Lorca. Ahora estoy dando lo que ambicionaba dar. ¡Ya verás!» (Alfredo Mario Ferreiro, publicado en La Razón, Montevideo, 20/02/1945)

En la tumba de Barradas: «El conocimiento personal que tuvimos (con García Lorca), cuando estuvo en Montevideo, no pudo ser detenido (…) Era un ídolo poético para muchos, una maravilla de carne y hueso siempre, una mezcla de fortaleza y fragilidad, con una inquietud de pájaro. (…) Con todo, al tratar con él notamos que tenía un certero sentido de los valores y una distinción sutil, que le impedían aturdirse entre las continuas loas y los agasajos que le ofrecían.

Después de una conferencia nos buscó con verdadera avidez, huyendo de mil personas, y así pudimos tocar la vibrante materia de que estaba hecho, en un aparte que tuvimos con (Carlos) Sabat Ercasty. Fueron breves instantes. Nos lo arrebataron muchas damas y caballeros que lo adulaban y secuestraban entonces, y que hoy no se atreverían a venir a este homenaje por estar ¡ay! en convivencia espiritual con los verdugos. Vimos que también era un alma recia, simple y pura, cuando nos llevó a la tumba de Barradas en el radio más pobre y hermoso del Buceo. Fue un homenaje que no olvidaremos jamás; sus ojos se llenaron de lágrimas». (Emilio Oribe, texto leído en un homenaje póstumo, y editado en el Boletín de Aiape, Nº 2, diciembre 1936).

¡Qué Lorca! «Cuenta Amorim que una tarde asistían a un corso de Carnaval (…) en un coche descubierto. Cuando el público que se divertía lo reconoció empezó a gritar: ¡Qué Lorca!, ¡qué Lorca!, utilizando el lunfardo rioplatense que muchas veces invierte el orden de las sílabas (…) En otro momento de la misma fiesta se acercó una mujer con aspecto de española y con un niño en los brazos (…) y exclamó: ¡Bésalo en la frente Federico! Este así lo hizo y con lágrimas le dijo a Amorim: ¡Oye, chico, esto es un triunfo de torero!». (Hortensia Campanella, «Profeta en toda tierra. Federico García Lorca en Uruguay», en Insula, Madrid, Nº 384, nov. 1978). *

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