El poeta antiesteta
Federico García Lorca (1898-1936) es el poeta más difundido de la generación vanguardista. Recordado por sus poemas, sus obras de teatro, y por su trágico final en la madrugada del 19 de agosto de 1936 al ser fusilado por militares falangistas.
Su detención (motivada al parecer por causas personales y políticas), y muerte, cuando es fusilado en Viznar, en las afueras de Granada, sigue aún en las sombras. Es enterrado –se conjetura– cerca de la fuente árabe Ainadamar (Fuente de las lágrimas). Este hecho fue registrado por el médico cardiólogo Francisco Vega Díaz recogiendo las confesiones de un chofer, llamado Héctor, que sin saberlo condujo a Federico García Lorca y otros individuos hacia el sitio en Viznar que los franquistas habían previsto para fusilarlo.
«Ya todos fuera de los coches y alumbrados por linternas, Héctor reconoció con susto y sorpresa haber llevado a Federico García Lorca, esposado con un hombre muy canoso y muy cojo. (…) Nada más bajarse de los coches empezaron a empujar a los detenidos para que anduvieran con rapidez, hasta que, pocos metros más abajo, llegaron a unas fosas hechas a diferentes niveles del terreno inclinado, y de distinta profundidad. Héctor se quedó unos pasos atrás y, horrorizado, tuvo que contemplar cómo Federico preguntaba llorando y gritando qué había hecho para que le trataran así, con otras frases reprochantes para alguno de aquellos asesinos a quienes quizá había considerado antes como amigos».
«A Federico le dieron un empujón que le hizo caer en el interior de una fosa, arrastrando a su compañero esposado. Se levantó; y cuando estaba ayudando a levantarse a su inválido compañero, dio un grito desgarrador que Héctor no entendió, pero que pudo ser un reproche insultante para los perseguidores a juzgar por la reacción del que antes le empujara, un sujeto de bigotín, quien, llamándole a gritos ‘maricón rojo’, bolchevique y otras cosas, blandió el fusil por el cañón y le asestó un terrible culatazo en el cráneo que a Héctor le sonó como si le hubieran roto el hueso. Héctor se volvió espantado hacia otro lado al verlos tirados en el suelo, y los dos falangistas dispararon una larga serie de tiros a Federico, mientras verbalmente y en plena exaltación se cagaban en todo lo cagable, especialmente en la madre del poeta. (…) Aquella noche mataron de 10 a 12 presos».
Antiestetismo del poeta
Al cumplirse el primer aniversario de la muerte de García Lorca la editorial Teatro del Pueblo, de Buenos Aires editó una «Antología Selecta» del autor a la que le sumó poemas de Rafael Alberti, Antonio Machado, Pablo Neruda, entre otros.
Las palabras iniciales están precisamente a cargo de Pablo Neruda, así como el poema que cierra el libro «Oda a Federico García Lorca»: «Si pudiera llorar de miedo en una casa sola,/ si pudiera sacarme los ojos y comérmelos,/ lo haría por tu voz de naranjo enlutado/ y por tu poesía que sale dando gritos».
No es común que la muerte de un poeta despierte tanta sensibilidad tan sólo a un año, como ocurrió en 1937, ya que a esta edición bonaerense se sumaron otro «Homenaje a Federico García Lorca» de Norberto Frontini, con página de diversos autores, y la edición publicada en Barcelona por Emilio Prados, «Homenaje al poeta García Lorca contra de su muerte», con página de otros autores, seguido de una selección de obras de poemas, prosa, teatro, música y dibujos, del poeta granadino. Homenaje editorial que incluso se registró en nuestro país, como lo recordara Juan José Quintans el 28 de julio de 1996 en LA REPUBLICA, citando párrafos del poeta Idelfonso Pereda Valdés, en «Cancionero de la Guerra Civil Española», publicación del Comité pro defensa de la República Española.
Un autor reverenciado hasta el presente, incluso por aquellos que creyendo homenajear a García Lorca engolan la voz y acartonan sus actitudes al recitar sus poemas o interpretar sus obras de teatro, cuando el autor precisamente era contrario a toda esa despersonalización de la poesía. «García Lorca era el antiesteta, en este sentido de llenar su poesía y su teatro de dramas humanos y tempestades del corazón, pero no por eso renuncia a los secretos originales del misterio poético –opina Neruda–. Su antiestetismo es tal vez el origen de su enorme popularidad en América». *
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